Domingo, 22 de octubre de 2017

La necesidad de compartir

Desconozco el momento en el que nos volvimos locos por las redes sociales. Me incluyo. Vivimos con esa necesidad imperiosa de ver, de saber y de compartir. Convivimos a diario con esas herramientas tecnológicas tan potentes como peligrosas. Nos hemos acostumbrado a las vidas perfectas a través de Facebook, a los amaneceres con encanto o a los selfies entre amigos en Instagram. Ahí, en 140 caracteres, o en las publicaciones que se limitan a una visibilidad de no más de 24 horas, todo es de color de rosa. Nos vemos obligados a convivir y a tener vidas perfectas, unas vidas virtuales que algunos exceden al máximo exponente y que se alejan en demasía de la vida real. Con la explosión de las redes sociales ha llegado el concepto de ‘oversharing’, que no es más que la ruptura con todos los blindajes que teníamos con nuestra privacidad haciendo de nuestra rutina algo público en la red.

El problema radica en la diferencia del uso de las redes sociales como afición o en el uso de éstas como imposición, por necesidad o por adicción. En los últimos tiempos la adicción a las redes sociales se está convirtiendo en algo cada vez más común. El simple hecho de olvidarse el móvil llega a producir ansiedad a aquellos que no son capaces de mantenerse ni un segundo alejado de él. Nadie, hoy en día, sería capaz de poner en entredicho los beneficios que han traído consigo las nuevas tecnologías, sin embargo, condicionar nuestra vida a un dispositivo móvil puede afectar incluso a la salud, y eso es ya más preocupante.

Hace unos días escuchaba en una tertulia de radio las siguientes cifras. Los trasladaba el Presidente de la Asociación de Usuarios de Internet. Actualmente, el 33% de las consultas de pediatría tienen que ver con temas cibernéticos, con el uso de Internet o del móvil. El 50% de los niños menores de 10 años ya tiene un smartphone y con 14 años, este porcentaje se eleva al 90%. El 40% de los niños de entre 10 y 12 años accede a contenidos de carácter sexual explícito y más del 30% comparte imágenes suyas o de otros sin ser conscientes del riesgo que eso conlleva.

Los datos son solo eso,  datos, pero la realidad se ve solo con poner un pie ahí fuera. Salgo a la calle y veo niños adictos a las pantallas, adolescentes agresivos porque sus padres les privan de sus smartphones y pérdida de las relaciones interpersonales porque no somos capaces de soltar el dispositivo móvil de nuestra mano. No me considero adicta a las redes sociales, pero sí confieso que ocupan un papel importante en mi vida tanto en el área personal como en el profesional. Hemos aprendido a convivir con la inmediatez y la transversalidad. Me quedo con todo lo positivo que las redes sociales aportan, pero me niego a que se genere en mí esa “segunda personalidad” de la que los expertos hablan por esa necesidad permanente de compartir una vida de ensueño. Las relaciones humanas son las que son. Con días buenos y días que no lo son tanto. Me marco como objetivo priorizar las relaciones personales antes que las virtuales. No me gusta que se inculque en los más jóvenes que un mayor éxito social le corresponde a quien deja constancia en internet de cada uno de sus pasos. No se debe priorizar la apariencia a la realidad. Vivamos por y para nosotros.