Jueves, 17 de agosto de 2017

Sed en Las Arribes

El embalse de Almendra es un socavón al sol de los lagartos. El Tormes serpentea con achaques de riachuelo moribundo el reseco y enorme hueco que ha dejado la presa seca como preludio de su triste muerte en el Duero. Entrar en las Arribes sin ver su particular mar interior desde Sardón de los Frailes, impresiona. La memoria sensorial asociada a un viaje tantas veces repetido se cuartea y se resquebraja como el lecho del embalse sin agua.

Las encinas calcinadas en las riberas de Aldeadávila tiznan la memoria reciente de incendios repetidos. Piedras negras alineadas delimitan las fincas donde el ganado no tiene nada que comer. Ni de beber. Las pezuñas de las vacas se tiñen de negro y presagian la peor de las suertes. Los buitres, con la sequía, ni siquiera respetan el ciclo de la vida esperando la muerte para seguir vivos. 

Turistas rurales en busca de senderos junto a cascadas y saltos de agua regresan con las botas envueltas en polvo, saliva seca en las comisuras de los labios y una teja por lengua pegada al paladar. Boca de lija. Ni un hilo de agua en el Pozo Airón. Ni rastro de río Uces en el Pozo de los Humos. Ni desde el frente de Pereña, ni desde lo alto de Masueco. Sólo piedra lisa, agua verde estancada, el sol blanco quemando a fuego los campos amarillos. Ni gota de brisa transparente. Sólo el sonido desquiciante de las chicharras.

En Pereña han recuperado la fuente de La Noguera, en el camino a Cabeza de Framontanos. Y la del Brinzal, en el arranque de la carretera a La Peña. Pero el agua escasea. A nadie le extrañaría ver de nuevo la cisterna abasteciendo al pueblo con su pipa de agua. 

A la noche, con la luna casi llena y las lágrimas prematuras de San Lorenzo en el cielo, me sumo a los vecinos que toman el fresco en la calle. Todos sentados en sillas de playa. Ya no pasan coches. Hace tiempo que no se ve ningún grupo de esas vecinas que aprovecha la luz de la luna para sacar la húmeda de paseo con el saludo propio del lugar. Un “bueno” pronunciado de modo cantarín e inconfundiblemente charro que suple el “buenas noches, cómo estáis, nosotras bien”.

Le pregunto a Manolo por sus campos, por sus vacas, por el agua. Después de dar otra calada a su Ducados me contesta con la sabiduría del hombre que se sabe dependiente de los caprichos del cielo. “La Almendra está como nunca antes la había visto. No corre un regato por las arribes y las fuentes se están secando. Este año no ha caído una gota. Si seguimos a este ritmo tendré que darle a las vacas una cocacola”.