Sábado, 19 de agosto de 2017

“Papa, ¿viste caer esa?”

Durante todo el año las estrellas cubren nuestros cielos, asomándose al balcón celeste en las horas nocturnas, buscando esa mirada que las busque y quede prendada de la belleza de un cielo estrellado.

Sin embargo, las estrellas parecen pasar desapercibidas durante la mayor parte del año, siendo los días circundantes a San Lorenzo cuando cobran un mayor protagonismo. En estas fechas, se sucede una constante caída de estrellas perfectamente perceptible por el ojo humano, y las radios, televisiones, y prensa escrita o digital se encargan de recordar puntualmente que las denominadas ‘lágrimas de San Lorenzo’ ya están aquí.

Ciertamente, uno de los más bellos recuerdos que guardo tanto de mi niñez como de mi adolescencia, es el de los paseos nocturnos en Guadramiro en busca del teso de la Cruz Alta para poder ver las estrellas.

En los días de las lágrimas de San Lorenzo, al subir a la Cruz Alta, siempre veías a alguien que se había acercado a lo mismo, y saludabas o tenías una pequeña conversación en la cual solían estar ausentes las estrellas, pues todos sabíamos por qué estábamos ahí y a qué habíamos subido.

De pie o habiendo tomado asiento en alguno de los escalones de la vieja cruz (ahora trasladada unos metros al otro lado del camino parcelario que lleva a la ermita desde el teso de la Cruz Alta), no faltaba la mítica frase de “¿Habéis visto esa?”, y el consiguiente dedo señalando a una parte del cielo donde una estrella se había dejado caer.

En la niñez, lo habitual era subir con los padres y la pregunta sobre la visión de la caída de una estrella tomaba un añadido de ternura. Un simple “papa” o “mama” (sin acento final en mi caso) sumados previamente al “¿Viste caer esa?” señalaba que la visión de las estrellas unía a una familia en esa noche.

Poco a poco, esos niños observadores de estrellas fueron creciendo, y en la adolescencia se fueron sustituyendo a los padres por los amigos a la hora de ir a ver las estrellas, que pasaba a convertirse en un recuento para, a la hora de decidir volver de la Cruz Alta, cada uno señalar cuántas estrellas había visto caer, como si de una competición se tratase.

Y es que la adolescencia es esa época de la vida en la que, incluso contar un mayor número de estrellas, parece acrecentar los ánimos de cara a intentar ligar con las muchachas. Y culpa o no de las feromonas, lo cierto es que esos ánimos pasaron en los años siguientes a las discotecas de Viti o a las verbenas, alargando los mozos más las noches pero olvidando que las estrellas seguían ahí, esperando a ser vistas.

Y como la vida son ciclos, muchos de esos rapaces que abandonaron las estrellas por las discotecas o las verbenas en las noches de las lágrimas de San Lorenzo, volverán con el paso de los años a ver las estrellas de la mano de sus hijos, que espontáneamente les dirán también a ellos “Papa, ¿viste caer esa?”.