Lunes, 20 de noviembre de 2017

La muerte de Diana y la persecución de los paparazzi

(Artículo publicado en La Gaceta de Salamanca el 1 de septiembre de 1997, el día siguiente de su muerte )

         El hecho de que Diana de Gales y sus acompañantes huyeran de la persecución de unos reporteros gráficos cuando sufrieron el accidente que les costó la vida añade un factor muy interesante a los aspectos sentimentales, sociales, políticos y dinásticos del acontecimiento: Vamos a asistir a un largo debate sobre los límites de la privacidad y la intimidad, sobre el derecho a la información y sobre la actuación de los medios.

        Lo primero que conviene decir es que si el agobio o la presión de los reporteros influyó decisivamente en el desenlace fatal, los responsables deben ser juzgados y castigados en la estricta medida de su culpabilidad. La búsqueda de la noticia no justifica saltarse las normas de la ética, la convivencia ni la justicia. Los reporteros o informadores no están exentos de cumplir la ley. 

       Es cierto que quienes eligen una forma de vida que conlleva vivir cara al público no pueden tener el listón de su privacidad a la misma altura que el hombre común, el trabajador anónimo o el ama de casa. Se ha dicho ya hasta la saciedad que son incoherentes aquellos famosos que cuando les conviene alquilan su intimidad, considerándola poco menos que un bien público, y luego se ofenden si es algún pappaarzzo avispado el que la desvela... sin pasar por taquilla. Ni son respetables los políticos, artistas o candidatos a cualquiera de las dos cosas que pretenden sin pudor alguno estar en candelero mediante insustanciales ruedas de prensa, filtraciones y denuncias... salvo que el asunto que se airee les perjudique a ellos mismos en el escalafón o el bolsillo. Y tampoco, quienes no tienen empacho en utilizar recursos públicos vedados al ciudadano medio para garantizarse la tranquilidad privada. Valga como ejemplo Naomí Campbell escoltada por fuerzas de seguridad del Estado.

         Pero no parece que estos casos sean aplicables a Lady Di, quien, independientemente de la altura de su cuna, es muy dueña de cenar o acostarse con quien le apetezca sin tener que darse de bruces en cada esquina con el objetivo de las cámaras. La integridad física, que cualquier legislación moderna añade como bien digno de protección al de la vida, incluye también la integridad psicológica, el respeto a no ver invadida ni contaminada la burbuja de la intimidad.

         No todo lo que hacen o dicen los personajes famosos es intrínsecamente interesante, ya sea porque se trata de actitudes o acciones comunes y compartidas con el resto de los mortales, ya porque su conocimiento carece de beneficio individual o social alguno. Lo que convierte en atractivos algunos temas para determinada audiencia es su machacona aparición en los medios, sobre todo, en la televisión y en las revistas rosas. La curiosidad pública no es un fenómeno nuevo, pero sí son nuevos los procedimientos de alimentarla y el fomento de la adicción. Hoy por hoy predominan los subproductos informativos, que han generado una auténtica industria, posiblemente la que más dinero mueve en los medios, a pesar de que, paradójicamente, tenga su más fiel vehículo en la prensa barata. Lo que ocurre es que las ventas son sustanciosas –véase el liderazgo de Hola! entre las revistas españolas de cualquier género–, lo cual acarrea mucha publicidad, y sus contenidos están estrechamente vinculados al espectáculo; los protagonistas proceden en buena parte de la moda, la publicidad, los escenarios, las canchas deportivas y la pequeña pantalla, y  lo mismo en la prensa escrita que en la radio y la televisión, los formatos en que se difunden son más propios de las variedades y el show que del periodismo. Tanto los reporteros gráficos como los telecámaras de programas del corazón son temporeros de esa industria. Normalmente persiguen imágenes que puedan vender al más alto precio posible y contribuyan a engordar el círculo vicioso del morbo. Gracias a ellos los editores y los programadores alardean de índices de audiencia y captan más anuncios. No parece razonable calificar de derecho prevalente a la información el satisfacer la curiosidad morbosa (enfermiza), aunque sea la de millones de clientes, ni el ánimo de lucro.

      Equiparar la actividad de los paparazzi con el derecho a la información o la libertad de expresión es confundir el culo con las témporas. Como también lo es el confundir esa clase de mensajes con el auténtico periodismo, el que tiene como objetivo el interés social, incluido el sacar a la luz actividades delictivas, abusos de poder y actitudes hipócritas de personas con autoridad y relevancia pública. Esta es una nueva ocasión para exigir sentido de la responsabilidad a quienes deciden en los medios de comunicación. Tienen a su alcance un método eficaz y viable: requerir que los profesionales de la información posean formación ética, académica y tecnológica. Créanme si les digo que muchos de los que se rasgan las vestiduras contra la inmoralidad y la falta de calidad de los periodistas están haciendo lo posible para que la profesión continúe sin regulación y se nutra en un alto porcentaje de mercenarios, espontáneos y analfabetos.