Martes, 17 de octubre de 2017

La sofisticación de la miseria

Los millennials o cómo hacer precaria a toda una generación sin resistencia

Estamos en pleno verano. La gente, de vacaciones, buscará el mejor selfie para subirlo a las redes sociales. La distopía reflejada en la serie de televisión Black Mirror ("Sonríe: te están puntuando") no está tan lejos, por eso da tanto miedo. Ajena a casi todo, la juventud se lanza a una vida en la que la presunción de la felicidad se torna en obligación, pase lo que pase a su alrededor. Y cuándo esto no es posible: ansiedad, depresión. Las otras caras de esta sociedad. Asistimos a una sofisticación absoluta de la miseria. Si se vive mal, lo importante es que no lo parezca, construir un escaparate que nos proteja de esa sensación de vacío. ¿Sueldos bajos? ¿Inseguridad? ¿Precariedad? Somos capaces de sustituir una situación de explotación laboral, exilio económico y discriminación como la que viven tantas personas cercanas en países como Inglaterra o Alemania en una bonita instantánea (de ¿Londres, Múnich...?) El capitalismo ha puesto a nuestra disposición toda una serie de herramientas que nos permitirán -a los trabajadores precarios- disfrutar de todas sus ventajas a un bajo precio (es la sociedad low cost). Viajar sin dinero, sin expectativas, aprovechar las oportunidades que se nos ofrecen a los pobres, como si fuésemos ricos (pero sin serlo). Si no tenemos dinero para el taxi, tenemos Uber (yo no sé de qué se quejan tanto los taxistas, ¡qué demonios es eso de la solidaridad de clase! no te digo nada la empatía). Si para el viaje, bla bla car, Amovens...lo importante es no quedarse sin ir al festival y seguir subiendo fotos. Hay de todos los gustos, también para la izquierda más radical que, al fin y al cabo, no suele ser tan alternativa como se le supone, al menos desde el punto de vista sociológico. La lógica del mercado se adapta a todos nuestros perfiles (disponibles vía nuestros dispositivos móviles, donde las grandes empresas podrán encontrar toda la información que necesitan sobre nosotros, para seguir vendiéndonos más productos). Incluso cuestiones interesantes que nos ofrece la última revolución tecnológica relacionadas las apps de economía colaborativa como Wallapop reflejan esta lógica basada en la obtención de beneficio: regatear, sacar unos euritos más de aquello que estarías dispuesto a regalar, a tirar a la basura, pero que ya no ¿Para qué, si puedo venderlo? Si al otro lado hay personas dispuestas a pagarlo... Es la lucha del último contra el penúltimo. Adaptarse o morir, darwinismo social; a pesar de que en algunos casos pueda ir contra nuestra salud, pero: ¿Quién se resiste a esos dos menús por siete euros? Lo importante es que la foto quede bien, como las que suben las personas famosas a Instagram. Creamos una realidad paralela (virtual) que es más importante que nuestras propias vidas, después de todo, tan aburridas: con grasa (¡malditos menús!), sin filtros, vacías. Y nos refugiamos en ella ¿Para qué? ¿Para protegernos de nuestra miseria? ¿Para ocultar que nuestros sueldos no nos permiten llegar a final de mes? Pero...no, no, eso quedará fatal en las redes (dejaré de ser cool y pasaré a convertirme en un looser; yo no soy un obrero, que eso suena a pobre). Lo importante es aparentar que todo va bien, que somos felices.