Lunes, 23 de octubre de 2017

Pan y circo

Creo que un pequeño alto en este camino sobre las reglas del juego nos vendrá bien a todos, a mí desde luego sí, por eso hoy mi colaboración versará sobre algo tan popular y veraniego como el deporte rey, el fútbol, de triste actualidad[i].

Es innegable que estos últimos años nuestro país es el centro mundial de la cuestión. Exportamos jugadores, porteros, entrenadores. Nuestro equipos están presentes en los todos los grandes torneos, pero los intereses deportivos – también los comerciales y políticos – se continúan doblegando al poder de los “dineros” lo que vacía de contenido aquellos sentimientos que incluían valores como “rivalidad regional o local” “orgullo de vestir la camiseta” “gol del honor” “prestigio del club” o “dignidad de participar” Cierto que algunas de estas expresiones aún se escuchan pero ya carentes, casi por completo, de su original significado.

Y es que hoy el deporte se ha transformado en un espectáculo, en un negocio más. Un negocio con mucho ánimo de lucro. Los socios son ahora accionistas y las competiciones deportivas, de cierto nivel, son entretenimientos carísimos, aunque algunos aún se empeñan en seguir defendiendo que es un “arte”, si así fuera ¿por qué no está gravado con el 21% de IVA?.

La farándula futbolística es cada día más esperpéntica. Los jugadores son comprados y vendidos por cifras astronómicas, los “petrodólares” y las fortunas chinas o rusas se adueñan de equipos que eran, ya no, enseñas nacionales. Por poner algún ejemplo, el Paris Saint Germain (PSG) pertenece al emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al-Thani; el Inter de Milán cuenta con un 70% de capital chino; el Olimpique de Marsella vive de capital estadounidense y el Mónaco es propiedad del ruso Dmitri Rybolóvlev. En nuestro país, el empresario chino Wang Jianlin ha adquirido el 20 % de las acciones del club. Más del 70% de capital del Valencia está en manos de Peter Lim, empresario de Singapur y el jeque de Qatar Abdullah ben Nasser Al Thani, posee el 96% del Málaga.

Pero como reza el refrán, siempre hay una excepción que confirma la regla, en este caso se trata de la liga alemana, que a diferencia de otras, cuenta con una barrera legal que impide que las grandes empresas y los inversores extranjeros se hagan dueños de los clubes de fútbol del país.

El fútbol mueve millones de millones en todo el mundo. Los “astros de balompié” y los dirigentes disfrutan de salarios a todas luces desorbitados, en muchos casos ofensivos para el común de los mortales, gozan de ventajas en sus impuestos, cuentan con la atención sanitaria de prestigiosas y lujas instalaciones con tecnología de vanguardia y son cuidados por los mejores profesionales.

Y por si el negocio no fuera suficientemente lucrativo para los protagonistas y los dirigentes de este grotesco, absurdo y alejado de lo convencional y de la realidad del mundo – que ese y no otro es el significado de “esperpéntico” - realizan contratos de dudosa legalidad con menores de edad, se desvían fondos a cuantas particulares, se escamotean impuestos, se venden y comprar partidos nacionales e internacionales, se trafica con entradas, mientras con la otra mano financian campañas para promocionar el “fair play”.

¿Juego limpio? ¿Acaso es juego limpio la falta de honestidad de ciertos jugadores y altos responsables inculpados, cuando no cumpliendo ya condena, por delitos de estafa, falsedad documental o evasión de impuestos? ¿Acaso es juego limpio, por parte de las federaciones mundiales o las europeas de los distintos deportes conceder la celebración de juegos, torneos o campeonatos a países que no se distinguen precisamente por el talente democrático de sus dirigente o con regímenes que violan de forma permanente y consentida por la Comunidad Internacional, los derechos de muchos de sus ciudadanos? ¿Acaso es juego limpio, el tráfico y uso de sustancias dopantes?

¿Juego limpio? No. Más bien free play, juego libre porque hacen lo que les da la real gana sin que nadie de momento les pare los pies, parece que todo vale para rentabilizar las inversiones y la continuidad del espectáculo.

Pan y circo, en estas semanas casi más circo que pan. Tal vez el Barón de Montesquieu tenga razón y: "El deporte gusta porque halaga la avaricia, es decir, la esperanza de poseer más."

 

[i] Actualización del artículo publicado en 2014