Jueves, 17 de agosto de 2017

El porvenir es una especie de charlatán...

Para hacerse una vida feliz, se puede en primer lugar, razonar con sangre fría, como conviene a las inteligencias puras, y moderar una imaginación que exagera los males. Cuando se trata de crearlos, somos de una habilidad infinita; los aumentamos, los creemos singulares, y además insondables; hasta tendremos un cierto amor por el dolor, y lo queremos. Otro inconveniente que tiene esa imaginación traidora es el tender hacia alegrías inaccesibles; nos decepciona multiplicando espejismos que corremos para alcanzarlos; y engañados siempre no paramos de contar nuestros sinsabores.

Sepamos ver la vida como es; no le pidamos demasiado. Tenemos el presente en nuestras manos, pero el porvenir es una especie de charlatán, que  deslumbrándonos los ojos nos lo escamotea.

Pérez-Reverte en su libro el “Sol de Breda” define claramente lo que es un cobarde y transcribiendo sus palabras en boca de Alatriste: “Quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en los ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que se pierde”.

Estamos en España muy acostumbrados a matar de lejos. A tirar la piedra y a esconder la mano, a ir poco con la cara limpia y desnuda. Últimamente se ha convertido en un deporte permitido para muchos ciudadanos, incluso para la clase política, que es la que lo ampara.

Esta crisis institucional, social y económica no hace más que resaltar, día tras día, la crisis de valores que nos afecta. España como Estado y como Nación que lo es, y una sola, desde que la geografía nos encerró en esta península en forma de piel de toro, mal que les pese a ciertas minorías, de todo tipo y corte, que sólo persiguen cobardemente sus fines, sólo saldrá adelante como tal, como Estado y como Nación. Con una fuerte unidad social y por ende política, en el sentido de remar en pro del bien de común. No se llega muy lejos legislando leyes estatales que luego interpretan y desarrollan las comunidades autónomas según los votos o sus intereses particulares. En España falta cada día más la idea que tenemos que trabajar todos los ciudadanos juntos y convencidos en una misma dirección, que es la del sentido común y el bien de todos. No se pueden tolerar conductas partidistas, totalitarias, al margen de la ley por lo que dirán o por aquello que dejándolo pasar se olvida. Los ovillos se hacen cuando no se para de dar vueltas a la misma lana.

El bien común debe estar ante todo, y la ley se debe aplicar sin demoras, para poder forjar así las bases de un futuro común en el que no se pierdan los recursos y energías en temas que no aportan ni riqueza ni bienestar a los ciudadanos. No dudando en denunciar cualquier cosa que vaya en contra de la más mínima decencia, y el derecho de todos los ciudadanos del Estado. Defender a España es siempre sinónimo de democracia.