Martes, 17 de octubre de 2017

Ecolojetas

      El incendio declarado el jueves pasado en la Sierra del Segura, que afecta sobre todo al municipio albaceteño de Yeste, ha vuelto a sacar a la luz la influencia nefasta de los falsos ecologistas; o sea, de organizaciones politizadas de la izquierda radical que van de verdes pero que trabajan para un futuro muy negro. Los hay entre ellos que no son conscientes e incluso quienes les secundan de buena voluntad, pero en general no buscan mejorar la vida de los pueblos sino todo lo contrario, el cuanto peor mejor, con el agravante de que –como ocurre en Salamanca con los anti-uranio– sus inductores no suelen ser vecinos de las zonas que dicen proteger.

    Creo que la ilustración del juego de palabras viene otra vez a cuento ante este nuevo siniestro que sufre nuestro ecosistema. Según publicó el domingo el diario ABC, "son muchos los vecinos que culpan a los ecologistas del incendio que arrasa el parque natural. Los veteranos de la zona responsabilizan de la situación al modelo proteccionista que ha sustituido al sentido común en la gestión del medio ambiente. «Aquí mandan los ecologistas y así nos va. Nos denuncian si cogemos piñas del suelo, si buscamos setas o si limpiamos lo arroyos». La prohibición repercute en el estado de la montaña, cuya superficie, repleta de broza y hojarasca, reunía las condiciones idóneas para alimentar el incendio. «El culpable es quien ha provocado el fuego, desde luego, pero si invirtieran en la limpieza del monte, o si dejaran que pastara el ganado, no estaríamos ahora aquí, a la espera de que nos digan si nos desalojan o no».

   Comencé a escribir en defensa de la Naturaleza en 1968 y dediqué especial atención al tema en el primer lustro de los setenta, cuando aún no había nacido en España ninguna de las numerosas asociaciones ecologistas y ecolojetas que viven hoy de la solidaridad ciudadana y los presupuestos del Estado. El 15 de mayo de 1972, hace 45 años, publiqué en el diario Hierro de Bilbao un artículo que comenzaba así: “Al paso que vamos, llegará un día en que para determinar el auténtico grado de riqueza de un país no se hablará de dólares sino de metros cuadrados de césped por cabeza”. O sea, cierta sensibilidad creo que he demostrado. Pues bien, las únicas réplicas groseras a mis artículos proceden de organizaciones de ese pelaje. Se puede criticar con mayor o menor dureza o ironía las actuaciones de determinados hosteleros, docentes de la Universidad o mecánicos del automóvil; a militares, transportistas, criadores de porcino o promotores inmobiliarios... Unos se darán por aludidos y otros no; los habrá que traguen bilis y otros que se pasen las críticas por el forro, pero nunca he recibido una respuesta insultante de ninguno de estos y otros varios colectivos sociales, profesionales y políticos a los que aludo en mis comentarios. En cambio, en cuanto se roza la piel de los adalides de 'la libertad de expresión', saltan como movidos por un resorte. ¿Por qué? Pues porque, efectivamente, ese resorte existe; el rancio manual de instrucciones del comunismo establece que cualquiera que obstaculice sus planes de control totalitario de la sociedad, debe ser descalificado e injuriado sin parar en barras. En el caso de un columnista de provincias, como es el mío, les basta con activar a un par de secuaces indocumentados de los que rastrean internet a la caza de enemigos. Cuando se trata a mayor escala de periodistas que no son de su cuerda o políticos de tendencias distintas, sueltan la artillería mediática pesada hasta conseguir para ellos la pena de telediario o el no menos doloroso cadalso de internet.

     Para posibles replicantes autóctonos, dos ruegos: modernícense un poco, no me llamen facha...  y, si puede ser, identifíquense sin inventar títulos ni currículos.