Lunes, 21 de agosto de 2017

Tolerancia 0, Misericordia 10

 

Escribo desde la perplejidad y no estoy seguro de que acierte a pensar correctamente desde la incertidumbre y desazón que esa situación personal me produce y, lo que me parece aún más difícil, que lo pueda expresar con la precisión suficiente para ser bien comprendido.

Describo el problema.

Por una parte parece intocable lo de “tolerancia cero” para actitudes y hechos que no permiten ni el más mínimo consentimiento; la sociedad, y cualquiera de sus colectivos –jueces, políticos, Iglesia, familia, etc…-, debe mantener una actitud contundente que no ceda ante ninguna circunstancia. Y esto ante todo en los campos de mayor gravedad, como pueden ser, la explotación de las personas, la corrupción económica, la pederastia, el asesinato, la violación de derechos fundamentales de cualquier persona, etc… Efectivamente ante los delitos probados en estos campos de la perversidad humana, tolerancia ninguna. Sin excepción.

Pero entre otros problemas se plantea la cuestión de en qué se aplica el rasero del “cero” y en cuáles se rebaja, porque además en esto la sensibilidad social y hasta la jurídica cambian según épocas y culturas. Y quién decide cuándo sí y en qué no. No es fácil hacer la lista de perversidades máximas en las que no se puede aplicar, nunca y por nadie, ni la más mínima tolerancia.

Y otro problema más fino.

¿Cabe distinguir las actitudes personales, las medidas sociales y las decisiones jurídicas?  ¿Da todo igual y cada uno decide por sí mismo qué hacer con su insulto o con su piedra en la mano? ¿El nivel de in-tolerancia debe ser por definición el mismo en todos esos niveles? ¿Es un valor humano la in-tolerancia personal sobre todo si hay por medio el valor jurídico de una condena? ¿Es humana y justa la intolerancia total y sin consideración alguna por parte de instituciones que tienen suficientes medios para fijar cautelas y límites con absoluta garantía? ¿La sociedad en cuanto grupos de personas en acción tiene porque sí el derecho a “lapidar” a un condenado por el delito o crimen que sea? ¿Un condenado, convicto o no, tiene algún derecho a algún respeto o queda ya liquidado como apestado social?  ¿La Iglesia, tan maestra en misericordia y tan impulsora del perdón, es un grupo social más y debe aplicar las mismas medidas desde sus códigos y sus poderes?  Más o menos así funcionamos, en medio de la imprecisión, de forma que Torquemada y compañía parecen a veces más objetivos y rigurosos que muchas opiniones y actitudes de hoy.

Y un tercer problema, ¿qué hacer con la misericordia? 

La palabra, con cinco sílabas y doce letras, está en franco retroceso, hace años que no la veo impresa en los espacios que maneja la gente a diario. No aparece porque no se ejerce, incluso hasta tiene un aire de cosa superada. Hoy todo es más simple; algo, me refiero a cosas de gravedad ética, se consiente porque sí y lleva incorporado un chip social de tolerancia 10 y otro algo, otra cosa, no se consiente porque no y lleva incorporado un código de tolerancia 0. Y además, porque somos gente hábil y bien dotada, claro, manipulamos el vocabulario como solución bien barata; los ejemplos son numerosos y de plena actualidad. Aborto es palabra prohibida y de mal gusto, suena demasiado mal, pero se arregla el problema con dos toques de photoshop y se presenta la cosa como interrupción del embarazo, ¡y no problem!; si con eutanasia llegas a tener algún problema cámbiala por muerte digna y desaparece la disonancia, ¡y no problem!; si al referirte a madres de alquiler, lo dices tal cual, vas a llegar cerca, pero si hablas de subrogación o sustitución maternal eso ya es otra cosa y se disipa la dificultad, ¡y no problem!; etc…

De esa forma la ética se queda en estética y está bien lo que parece bien. Sin más curvas ni matices. En esa situación la misericordia no tiene papel, ni está ni se la espera. Y ahí la Iglesia, en medio de una sociedad a veces complaciente hasta el extremo y a veces intolerante hasta el linchamiento, tendría que ser fiel a sus principios de acogida y misericordia; y recordar y practicar el “setenta veces siete” (por cierto esto significa siempre y sin excepción), el “perdónanos como nosotros perdonamos” (ay, que estamos decidiendo el nivel de la tolerancia y del perdón que recibiremos ) y hasta el “hoy estarás conmigo en el paraíso” (es justo recordar que la palabra griega del relato de la pasión de Jesús es “malhechor”, “criminal”, lo de “ladrón” es una traducción buenista sin base real. No sea que alguien piense que se merecía el perdón porque era un ladrón de medio pelo. Pues no, era más que un ladrón. Y si merecieron el agravante máximo de muerte en la cruz en las afueras, era sin duda un tipo con algo serio sobre sus espaldas.

Y no porque nos hayan precedido épocas de dureza en el castigo, acordes en buena parte con el estilo de cada época, hay que seguir manteniéndolas. Incluso parece que por varias razones la Iglesia debiera ser en todos los casos ejemplo de indulgencia y misericordia. Las palabras y testimonios de Jesús son sin duda urgencias éticas y morales hasta en el extremo mismo de la conducta humana, sobre todo para el seguidor de Jesús y para su Iglesia.

Y entra aquí una lista de cuestiones siempre pendientes pero ante las que se respira hoy una grave dureza en su consideración por parte de la Iglesia como institución; ahí están las parejas de divorciados sin nulidad por medio, los sacerdotes pederastas, las parejas de hecho o sin más…

No tengo clara la actitud concreta que debe mantener un ciudadano en cada caso ante estos problemas y ante las sensibilidades tan distintas que la sociedad va generando, pero sí tengo claro que la Iglesia Católica debe ser Madre y maestra de misericordia en cada caso. Y siempre, sin excepción. Y tras ella cada cristiano que a ella quiera pertenecer en paz.