Lunes, 23 de octubre de 2017

Comentando la internacional.

Algún sabbath Rubén y la pequeña Shara se desplazaban desde Balham, al sur de Londres, hasta Golders Green, al norte. Diecisiete estaciones de metro. Una larga hora que aprovechaban para mirarse a los ojos agarrados de la mano y hablar de sus vidas, en francés. Ella, judía tunecina, emigrada a Francia quince años atrás. Vivía en Paris y al igual que Ruben se desempeñaba como lectora de francés en el mismo grammar school. En Hampstead nos reuníamos en algún coffe shop con otros colegas: una pareja oriunda de Israel y Daniel, judío asimilado al igual que Ruben. Asimilados en su total existencia, ambos y sus padres y los padres de sus padres educados en liturgias diferentes. En otras palabras, para el primero: “aquello fue hace mucho tiempo”; y para el segundo “fui nuevo, pero ya viejo” Eso sí, los dos llenos de curiosidad e inseguridad. Infinitas y apasionadas discusiones organizadas desde dos frentes y una tierra de nadie. A saber, frente sionista revisionista, Rachael & boy friend; frente sionista socialista, Shara; tierra de nadie: Daniel & Rubén (este último espacio era objeto de un solapado desdén). Rubén habla poco. Más bien escucha los encontrados argumentos que pueden resumirse en: a) “echarlos al mar”; y b) “no echarlos al mar”. Por suerte Shara, la rebelde, defendía desde su HaOlam HaZeh esta última alternativa. Rubén piensa que unos y otros, judíos y palestinos, tienen el mismo derecho de vivir donde viven. Piensa. Sólo lo piensa. Hasta que coge carrerilla e interviene: ¿estoy leyendo a Martin Buber y me gusta? Shara lo mira con ternura, Rachael & boy con desprecio, Daniel ¿y ese quién es? Desandan las diecisiete estaciones. Se hacen el amor underground con los ojos y más tarde in bed con sus cuerpos. Ich und du, I and thou, yo y tu, por siempre jamás. Al siguiente fin de semana visitan al viejo de las barbas Viajan hasta Highgate Cemetery y Rubén roba una flor que coloca en su tumba (“Workers of all lands unite”). A propósito de los workers. Algunos años después nuestro protagonista dará su testimonio de fe ante el tribunal militar que le juzga. Se le acusa de cargos muy graves: treinta años de reclusión más quince de medidas de seguridad. Cinco militares en ropa de paisano le miran con odio. Ruben ha tenido tres abogados defensores, dos particulares y el último de oficio. El primero le asistió hasta que fue encarcelado durante cuatro años por extralimitarse en la defensa de “comunistas y subversivos”. Una vez recuperada la libertad, fue expulsado del país exiliándose en Suiza. Allí ocupó el cargo de secretario de la International Commission of Jurist.Y allí, años después, se encontraron ambos junto al lago Lemán. El segundo, abogado defensor, un hombre aterrorizado, trató de mediar entre las fuerzas del bien y del mal. A saber: “sí te arrepientes públicamente rebajarán la pena”. Su fracaso le llevó, por unos días, a una celda del penal militar. El tercer abogado defensor fue un coronel. Ruben nunca tuvo el “placer” de departir con él. Ya en el Juzgado militar el presidente del tribunal pregunta a la defensa: “algo que alegar”; respuesta del coronel: “la defensa hace suyas las alegaciones de la acusación”. Por último, apurando el rito forense, el presidente pregunta a los acusados si tienen algo que decir. Ruben hace uso de la palabra: “estoy aquí por defender a la clase obrera”. Horas después, ya en el penal, Rubén es sacado de su celda y conducido a la “isla”. A una celda de castigo de cuatro metros cuadrados, sin ventana, una reja primero, una puerta metálica después, el agujero para hacer las necesidades, un caño de agua situado encima, manejado desde el exterior, quince días. Pues eso: “¡arriba parias de la tierra!”