Jueves, 17 de agosto de 2017

Valor educativo del campamento de verano

Los campamentos de verano desempeñan una función cultural y pedagógica importante. Hasta ahora se planteaban como temporadas educativas con las que aproximar a nuestros hijos a la naturaleza, descubrir el valor de las diferentes especies vegetales o animales, convivir en contextos diferentes a los habituales, descubrir dimensiones nuevas de uno mismo y realizar múltiples actividades fuera de los hogares, la aulas habituales o las rutinas académicas. Podríamos seguir enumerando los objetivos e incluso podríamos reconstruir nuestras propias trayectorias vitales haciendo memoria de los diferentes tipos de campamento que uno ha conocido.

Ahora bien, los campamentos no solo educan a los hijos sino a los padres. Los manuales de educación para el tiempo libre y los cursos que capacitan para tener la titulación de Animación Juvenil (los famosos AJ) sólo instruyen y capacitan a los educadores para tratar a los niños, pero no dicen nada de los padres. Tan importante como plantear el valor educativo de un campamento para los niños es plantear su valor para los padres. Por ello, refresco aquí una tipología con la que vengo trabajando desde hace varios veranos y en la que ahora deberíamos preguntarnos, ¿cuál de estos se ajusta mejor a la figura de un “padre Laudato Sì”? Quien lo encuentre tiene un tesoro:

Hay un primer tipo de padres que podemos llamar románticos, padres convencidos del valor educativo de la naturaleza. Los campamentos son casi la única ocasión que tienen sus hijos para acercarse a la naturaleza y disfrutar de ella. Acostumbrados a jornadas urbanas estresantes y maratonianas donde todo es ruido, contaminación y aparente civilización, el campamento es una ocasión privilegiada para escuchar el canto de los pájaros y los grillos, percibir el frescor de las acequias y conocer todo tipo de fauna salvaje. Son padres que se admiran hasta la extenuación y sorprenden, cuando se acercan a la zona afirman : ¡no había ni cobertura!”

Un segundo tipo son los cínicos, un tipo especial de padres que han anhelado este momento durante todo el año. Han esperado la quincena veraniega para programar esa escapada romántica que sólo pueden hacer cuando las criaturitas no están. El campamento de verano les recuerda que el orden familiar es un pequeño infierno, útil, necesario y soportable porque disponen de esos pequeños momentos únicos y singulares de paraíso conyugal. La felicidad no se consigue con los hijos sino cuando estos no están. Aunque dejen a los niños con natural pena y lloren amargamente cuando suben al autobús, a los pocos minutos exclaman: “¡por fin solos!”.

El tercer tipo lo componen los padres escépticos, los llamo así porque no creen que el campamento resuelva educativamente nada. Consideran que sus hijos van a venir igual de salvajes que cuando fueron, incluso con más ganas de lanzarse a las redes, a los juegos on-line, a la Wii o simplemente las pantallas de las que son adictos. Como mucho, las criaturitas habrán añorado la comodidad del colchón, el frigorífico familiar, una ducha que funciona o unas letrinas en condiciones. Hay una variante de este tipo de padre que son los pragmáticos, padres que consideran útil el campamento porque en él desarrollan nuevas competencias, aprenden nuevas habilidades instrumentales y descubren cierta inteligencia instrumental para espabilarse, es decir, se enfrentan a situaciones donde tienen que “buscarse la vida”. Ni unos ni otros añoran al buen salvaje de Rousseau.

Los nostálgicos son un quinto tipo de padres que se manifiesta de manera especial en el ecuador del campamento, el momento que llamamos “día de padres”. Ese día los padres comprueban que los campamentos de ahora no son como los de antes. Antes, casi se dormía en el suelo, se hacían duras marchas con las irrompibles Chiruca, se aprendía a utilizar la brújula y las únicas instalaciones existentes eran rústicas y artesanales construcciones autofabricadas con hilo de pita. Ahora, por el contrario, no sólo se llevan esterillas impermeables de microfibra, sino ultraligeros sacos de plumas sintéticas, con calzado y equipamiento Gore-tex donde las coordenadas de encuentro o marcha se establecen con el preceptivo GPS. Para colmo, por si la vida no fuera por sí misma una actividad de riesgo, estos padres aprovechan el día anterior o posterior al día de padres para disfrutar de una jornada multiaventura o hacer “deportes de riesgo”, llámanlo “puenting”, “rafting” o simple escalada sin niños.

Por último, hay un sexto tipo de padres que podemos llamar heroicos. Son padres entregados a la causa de organizar los campamentos, padres que colaboran con la vida del grupo juvenil durante todo el año. Además de acompañar el proceso de los grupos, están dispuestos a responsabilizarse en la petición de permisos a las preceptivas consejerías de medio ambiente, la administración de cuotas mensuales para mantener el grupo de Juniors o Scouts, y se encargan de gestionar la intendencia. Buscan los proveedores más baratos en la elaboración de unos menús cada vez más complejos, sacrifican sus vacaciones, su tiempo y sus ilusiones para que sus hijos se entreguen al descubrimiento de la naturaleza, al conocimiento de sí mismos en situaciones extraordinarias y al reconocimiento del sentido cooperativo de la vida. Sus hijos los llaman pesados y les gustaría que se olvidaran de ellos durante quince días, no entienden por qué sus padres no cobran nada por hacer esto. Algunos no se explican por qué nadie cobra nada por dirigir, gestionar y administrar las actividades. Alguna criatura ingenua, metiéndose donde no la llaman, recuerda que las actividades más valiosas de la vida no tienen precio.