Jueves, 17 de agosto de 2017

Aceptar la muerte

Breve reseña biográfica

El P. Felipe a la derecha, en una concelebración en su comunidad.

            El P. Enrique Llamas moría el 24.7.17 en Madrid. El ha sido  historiador de teología, maestro de dogmática, director de la Sociedad Mariológica Española, de la Academia de Doctores de Madrid, un investigador nato.

            El P. Felipe Sainz de Baranda moría también el 26.7.2017. Fue  Prepósito General de la Orden de los Carmelitas Descalzos desde 1979 hasta 1991.

            Con la muerte de estos dos insignes carmelitas he hecho alguna reflexión sobre la muerte, a todos nos cuesta morir y, sobre todo, a todos nos resulta difícil aceptar la muerte en cada momento y al final de la vida.

            La muerte es otro de nuestros fantasmas y, aunque la muerte está presente en todas partes, tratamos de maquillarla, endulzarla, ignorarla. Todos deseamos triunfar, vivir y nos causa dolor el saber que tendremos que morir, aunque morimos un poco cada día, no nos acostumbramos. La única manera de preparase para la muerte es la de saber vivir. La muerte convive con cada uno de nosotros y su presencia se hace cada vez más evidente e imperiosa. La exclamación de San Agustín ante un niño recién nacido, “tampoco éste se escabullirá de ella”, nos toca a todos, lo sabemos, y los escritores proclaman que esta vida es “un correr hacia la muerte”, una pura “espera de la muerte”. “La muerte nos acosa” (Camus y Sastre). Se nos presenta, a veces, avisando cuando estamos en plena madurez; otras, en plena juventud como ladrón que nos sorprende y arrebata ilusiones y alegrías. Casi siempre llega temprana e inoportuna, cuando todavía nos quedan proyectos por realizar.

            La muerte iguala a todos: a los altos cedros y a las bajas encinas, a las cumbres y a los llanos, al rico y al pobre. Caminamos por la vida y hacia la Vida y el paso necesario es la muerte. Nuestro amor a la vida nos hace temer la muerte. Ésta se nos presenta como un ladrón que nos arrebata todo lo que hemos adquirido y almacenado durante los años. Y los que pierden un ser querido, sufren enormemente.

Ante la muerte guardamos silencio, el misterio nos rodea y parece que el paraíso que se nos ofrece en cada momento, se esfuma y no lo logramos alcanzarlo antes de morir. Muchas personas se dan cuenta al morir de todo el daño que han hecho en la vida, de que no han vivido y no han dejado vivir a los otros. No han comprendido que cada existencia es preciosa o, al menos,  así debe serlo para los demás.

La muerte vista cara a cara, nos resulta un tanto lejana, pues siempre son los otros los que se mueren, nunca tenemos conciencia de que somos nosotros los que morimos. Según es la vida, así es la muerte. La muerte no es sólo el último acto; es, de algún modo, compendio de una vida.

El cardenal de Chicago, Joseph Bernardino, dos semanas antes de fallecer de cáncer, escribió en su libro “El regalo de la Paz”. “Lo que quisiera dejarles es una simple oración, de que todos encuentren lo que yo he encontrado –ese regalo especial que Dios nos da a todos: el regalo de la paz. Cuando estamos en paz, nos sentimos libres para ser más plenamente quienes somos, aun en los peores momentos. Nos vaciamos y así Dios puede trabajar dentro de nosotros más profundamente. Nos convertimos en instrumentos en las manos de Dios”.

En “El séptimo sello” de Ingmar Bergman se cuenta de un caballero que regresa de “las cruzadas” vuelve hundido, amargado por la experiencia de la guerra y las calamidades sufridas y en un momento se le aparece la Muerte, en una figura negra y espigada que produce en el espectador un escalofrío. Como el caballero no quiere morir, juega con la Muerte al ajedrez, inventando nuevas jugadas para ir retrasando el “jaque-mate” que la muerte le tiene planteado.

Desgraciadamente, no podemos retrasar la muerte, cuando nos ha llegado la hora. A veces vivimos inconscientes, en la rutina de cada día. Es una enfermedad, un problema en el que trabajo, cualquier fracaso, los que nos despiertan de la monotonía y nos llevan a recordarnos de que somos mortales y de que tenemos que superar el miedo al cambio y abandonar el camino acostumbrado si algo les está presionando.

Es de sabios aceptar lo que no se puede cambiar, como lo es el fracaso, la enfermedad y nuestra hermana muerte. Dichosos aquellos que aprenden cada día a vivir, a dejar vivir, a dar vida y, sobre todo, a aceptar la muerte que se presenta en cada momento en miles de acontecimientos pequeños. No cabe duda de que a todos nos cuesta morir y, sobre todo, a todos nos resulta difícil aceptar la muerte en cada momento y el final de la vida. Es un don, pero también es una tarea que requiere el querer hacerlo y un esfuerzo continuo, sin prisa y sin pausa.