Domingo, 24 de septiembre de 2017

Sonrisas de niño a escala 1:43

 

Con cinco o seis años conocía prácticamente todos los modelos de coches que circulaban por las carreteras españolas de finales de los ochenta, cuando las autovías por estos lares eran, en tal caso, “a-utopías”. Treinta años después, aunque a diario recorro casi trescientos kilómetros por ellas, apenas reconozco alguno de los clásicos de siempre o de los más actuales que, tan repetidos, como el C4 que conduzco (saldrán buenos), terminan por asimilarse. Entonces no sólo los veía aparcados o me los cruzaba en aquellos viajes eternos por la 620, sino que protagonizaban horas y horas de juego con mi hermano. Un Peugeot 505 gris, un Opel Corsa blanco, un Renault 11 rojo, un Ford Fiesta verde… y así varias decenas, subiendo por el ascensor o bajando por la rampa del garaje de varios pisos que dejaron generosamente los Reyes en la casa de los abuelos, o atravesando alfombras, rodeando patas de sillas y mesas, abriendo sus puertas en algún caso, incluso avanzando veloces de mi mano por el pasillo mientras con la boca imitaba el ruido de aquellos motores que no existían dentro del armazón metálico a escala 1:43.

Mi hijo, aún pequeño, no pone nombre todavía al parque móvil, el callejero y el de su caja azul de los coches, pero ya hace sus pinitos, y sus atascos, y sus circuitos, y sus repostajes. Se emociona con las sirenas de las ambulancias, con las escaleras y mangueras de los bomberos, y distingue perfectamente la Policía Nacional de la Guardia Civil. De momento, hace convivir como si nada coches de diferentes escalas, pero sé que llegará el día de la encrucijada, obligado a emitir uno de los primeros grandes veredictos de la vida, y elegirá 1:43. En su colección ya no predominarán los europeos y los utilitarios como en la mía, hará correr por casa “todocaminos” y asiáticos, pero su sonrisa obedecerá al mismo entusiasmo. Mil historias podrá seguir construyendo al aparcar, al arrancar y al girar el volante con un leve movimiento de muñeca. Y le parecerá que regula el tráfico, y que acorta las distancias entre una punta del mundo y la otra, y que durante un rato el bullicio propio de la M30 transcurre en su “habitación de los juguetes”. Será la suya una alegría a escala 1:43, pues en lo pequeño siempre se halla la más grande y sincera de las sonrisas.