Domingo, 17 de diciembre de 2017

Veinticinco años

Un truco. El encendido de la antorcha, que pareció tan espectacular a ojos de aquellos espectadores ingenuos que éramos todos hace veinticinco años, no fue otra cosa que un truco. La eclosión del deporte español que sobrevino a aquella acción, puede que algo más, no lo tengo claro.

 

No cabe duda de que los planes ADO y el impulso a los Centros de Alto Rendimiento contribuyeron a profesionalizar una estructura muy precaria, heredada del franquismo, una de las pocas dictaduras populistas que no volcaron –o no supieron– sus esfuerzos en promocionarse a través de sus deportistas. Sin embargo, el impulso de aquellos Juegos tuvo más que ver con una recuperación de la autoestima, con una demostración de eficiencia con la que ni siquiera nosotros contábamos.

 

Barcelona ´92 nos situó en el mapa, lejos de la frontera sur de los Estados Unidos, más cerca del corazón de Europa. Tras aquella Expo y aquellos Juegos, obviando los excesos presupuestarios y las comisiones que a buen seguro se cobraron en la adjudicación de las infraestructuras, fue posible escuchar en nuestro país el sonido de la modernidad. España pasó a ser algo más que una mera conjunción de clichés, el último destino de los viajeros románticos, una verbena continua que termina en un encierro taurino a la primera luz del alba.

 

Los Juegos contribuyeron a crear una cultura que situó al deporte como uno de los ejes principales del ocio del ciudadano medio. Ello incrementó la oferta televisiva de eventos y cada vez más jóvenes tuvieron un espejo en el que mirarse, ya fuera el de un tenista, ciclista o piloto de motos. El sueño de los Ballesteros, Santana o Nieto se hizo real por el simple hecho de ser visualizado, materializado. Los patrocinadores vieron una oportunidad de publicitarse y la burbuja comenzó a crecer de manera imparable.

 

Y entonces, tras la sombra de los grandes deportistas, de sus familias y entrenadores, surgió una clase de dirigentes que, aunque en un pasado remoto pudieron tener un vínculo con el deporte, aunque en la infancia lo practicaran por el mero placer de jugar, ya solo querían servirse de los beneficios asociados, vivir de forma parasitaria acumulando toda suerte de cargos y lujos, una visibilidad y un poder muy por encima de su trabajo y catadura moral. Como es habitual, la acumulación de dinero generó un caldo de cultivo propicio para que formas de corrupción, tan antiguas como el hombre y su codicia, se impusieran como protocolos y formas de actuación que ni siquiera la crisis pudo reformar.

 

 

A pesar de todo, lo último que quiero es cerrar esta columna con esta mención velada a los señoritos del fútbol, el baloncesto u otras federaciones más modestas e igualmente enfermas. No sería justo para un país que en estos veinticinco años ha visto cómo sus deportistas, la mayoría humildes, orgullosos y agradecidos españoles, han levantado campeonatos del mundo y de Europa en múltiples disciplinas deportivas, trofeos de Wimbledon, el US Open o Australia o chaquetas verdes en Augusta. Hechos, como tantos otros, que no sé si hubieran posibles sin Barcelona ´92.