Lunes, 11 de diciembre de 2017

Dinamarca

Me cuesta procesar todo lo que veo durante estos días. Las preguntas se suceden sin que atine a balbucear mentalmente respuesta alguna. A veces, concateno explicaciones causales manidas: la ética protestante, la homogeneidad cultural y lingüística, el tamaño adecuado, la ubicación geográfica, instituciones... Son argumentos muy conocidos de la literatura sobre el desarrollo que coinciden al unísono en este país. La evidencia de que Dinamarca siempre ocupe uno de los primeros puestos en las diferentes clasificaciones a cerca del desarrollo humano, de la calidad de la democracia, del nivel educativo, y muchas otras referidas a una amplia gama de aspectos muy diversos, coincide con lo que se aprecia en las calles: ciudades con redes de transporte público eficiente que se combina con un uso masivo de la bicicleta; espacios en los que el cableado aéreo ha desaparecido; y las plazas, así como las muy abundantes calles peatonales, están cuidadas con un mobiliario funcional exquisito para el solaz de la gente.

La vida corriente pareciera haber logrado la quimérica yuxtaposición del capitalismo más moderno con un nivel de preocupación social elevado y de atención minuciosa al equilibrio medioambiental, asimismo la sociedad de consumo alcanza patrones muy sofisticados donde el diseño en los aspectos más nimios de lo cotidiano está permanentemente presente.  Los interrogantes siguen inquietándome: ya que no solo se trata del cómo se llega sino del cómo se sostiene. Un país, miembro de la Unión Europea, pero que no se encuentra en la zona euro, sin que ello tenga, aparentemente, la menor repercusión toda vez que el ochenta por ciento de las transacciones se hacen mediante tarjetas. Sus cinco millones y medio de habitantes son también ajenos al ajetreo turístico ya que apenas si les concierne el tráfico de cruceros que tiene a Copenhague como un punto de visita en el circuito báltico dejando al resto del país a un lado.  Todo resulta tan modélico y equilibrado que no me parece raro que el país haya sido soñado como el referente para el independentismo catalán.

No obstante, de lo que veo en Dinamarca hay dos elementos de naturaleza muy diferente que llaman mi atención. El primero tiene que ver con el hecho de ser un país con un grado muy alto de suicidios, lo cual genera una paradoja recientemente estudiada que vincula a sociedades satisfechas, rayando la felicidad, con las que tienen altos índices de suicidio. Los investigadores parecen colegir que el nivel de felicidad de los demás sería un factor de riesgo de suicidio porque la gente descontenta que vive en lugares donde el resto de individuos son felices tiende a juzgar su propio bienestar en parangón con el de las personas que les rodean. El segundo procede de la comparación que realizo entre imágenes de la vida rural danesa con las que he visto en lugares de Estados Unidos, en Illinois o Indiana, donde el parecido es notable. Una clara influencia de ida y vuelta proyectada en las altas cotas de americanización de la vida actual danesa.