Domingo, 24 de septiembre de 2017

La vuelta a las urnas en menos de 60 días

En toda familia con hijos, a pesar de que los padres empleemos el mismo método educativo, puede suceder –y de hecho sucede- que los resultados no tienen por qué ser siempre iguales. Afortunadamente, los hijos no son como las piezas manufacturadas en la cadena de una fábrica, y mantienen sus propias peculiaridades.  Cuando alguno de ellos muestra una temprana disposición a desviarse de las normas que dictan la sociedad y la experiencia, siempre se recomienda aplicar, lo más pronto posible, las medidas necesarias para tratar de encauzar de nuevo su conducta. Si los padres, en un intento de no importunar demasiado al hijo rebelde, procuran mostrarse excesivamente benevolentes, y permiten que la situación se prolongue en el tiempo, estarán criando un pequeño dictador, acostumbrado a que nadie le lleve la contraria, convencido de estar siempre en posesión de la razón. Llegados a este punto, cualquier decisión que tomen los padres, deberá ser más traumática que la que se hubieran necesitado al principio.

Nuestra Constitución del 78 alumbró 17 hijos e hijas que han ido creciendo, con mayor o menor éxito, hasta hacerse adultos. Han sido educados en la tolerancia, el afán de superación, la ayuda mutua y algunas veces el sacrificio. Por sus especiales facultades o por los medios recibidos, unos han conseguido vivir con cierto desahogo y otros han tenido que soportar más estrecheces. El deseo de los padres siempre fue que entre ellos practicaran la solidaridad y dejaran atrás las envidias. Pero claro, somos humanos y, como dice un amigo mío, los hijos, cuando salen buenos, son egoístas. Ya si salen malos, la familia entera sufre las consecuencias, que pueden llegar a ser graves.

Esa hija de España llamada Cataluña, mayor de edad, culta, trabajadora -pero protestona-, siempre se ha quejado de no recibir el trato que se merece, a pesar de que la Madre, a base de disminuir la “paga” a los demás, siempre procuró favorecer su asignación para intentar conformarla. Nunca se ha sentido satisfecha y, en el colmo de la insolencia, lleva muchos años diciendo a todo el mundo que su familia le está robando y que, cansada de aguantar más, quiere marcharse de casa.

Con un hijo así, habíamos dicho que se debía actuar desde los primeros años. Aquí no hemos sabido –más bien no hemos querido- dejar las cosas claras desde el principio. Se ha hablado de castigos que nunca se han aplicado. Unas veces porque los cabezas de familia le han necesitado para dirigir la casa, otras por pensar que iba a cambiar, y –también hay que decirlo- porque siempre ha atemperado sus lloriqueos cuando ha conseguido una nueva “propina”.

Por haber sido demasiado indulgentes con los dirigentes de la Generalitat, hemos llegado a una situación muy difícil. Se han metido en un callejón sin salida. Cataluña ya está claramente dividida en dos bandos: españolistas e independentistas. Los primeros, aun siendo mayoría, se sienten abandonados por el gobierno central y perseguidos por el catalán. Cuando formulan alguna reclamación, no ven atendidas sus quejas, a pesar de que la ley los ampara. Tal vez tengan en su contra lo poco que dejan oír su voz en los momentos que mejor se oye: en las elecciones. Si la abstención fuera menor y su decisión mayor, otra muy distinta sería la situación actual en Cataluña.

También entre los independentistas existen facciones: independentistas con pedigrí e independentistas de conveniencia. Los primeros, en franca minoría, manejan, de hecho, la situación. Convencidos de que democráticamente nunca alcanzarán su empeño, están usando como ariete a sus compañeros de viaje. Han conseguido embaucar a un buen número de catalanes, dispuestos a saltarse todas las leyes que se opongan a sus deseos. Hasta ahora, sus baladronadas han salido prácticamente gratis. Como tienen más picardía –el seny es otra cosa-, han movido los primeros hilos desde un segundo plano, consiguiendo que la responsabilidad recaiga sobre los demás. Si un día consiguieran esa independencia, no sólo abandonarían a su comparsa, sino que le harían la vida imposible.

El Presidente de la Generalidad, un personaje sin peso político, puesto a dedo para recibir los golpes, ha cogido el cargo con tanto gusto que quiere ser más radical que nadie. Sabe que su carrera toca a su fin y quiere morir matando. Acabamos de ver sus primeros tics de dictador fulminando a quien ha tenido la valentía de decir lo que piensa. Está sintiendo en su cogote el aliento de los que le dirigen, al mismo tiempo que comprueba cómo el Gobierno y los Tribunales echan por tierra todas sus iniciativas. No ve salida y, por lo tanto, quiere estrellarse.

Ante esta situación, los que no han dejado de odiar a España, verdaderos motores del procés catalán, no quieren cruzarse de brazos. De cara a sus seguidores, no pueden quedar mal, y buscarán hasta el último día una fórmula que enmascare el fracaso que se avecina. Es cierto que, según se acerca la fecha de su ultimátum, están apareciendo “mediadores” de última hora dispuestos a declararse más españoles que nadie, cuando conviene, y, a la vez, partidarios de emplear el “diálogo político” con quienes, de antemano, sólo están dispuestos a separarse unilateralmente de España. Pero, al mismo tiempo, los secesionistas saben a lo que se exponen y ya dicen que con las cosas de comer no se juega.

Ante lo incierto del momento, alguien podría pensar que una fórmula “decorosa” sería acudir al Artº 75 del Estatuto de Autonomía, que faculta a su Presidente para disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones autonómicas,  que deberán tener lugar entre cuarenta y sesenta días después de su publicación en el Diario Oficial de la Generalidad de Cataluña. De esta forma, y puestos a seguir soñando, en las mismas urnas “reglamentarias”, se podían “camuflar” las papeletas del referéndum, y los secesionistas al menos salvarían sus muebles. Así pues, habrá que estar atentos a ese Diari Oficial, entre el uno y el veinte de agosto. Ojo al dato.