Martes, 26 de septiembre de 2017

Cataluña como problema

     O como solución. Cuando desperté a eso que puede llamarse “conciencia política” Cataluña era para mí, como para muchos en España, un oasis de libertad, de creatividad artística y cultural, de iniciativas pedagógicas a la última, de prosperidad económica y promesa de libertad política.

     Andando el tiempo y los viajes, mi percepción ha ido cambiando, haciéndose más compleja, como la vida misma, como España –perdón por sacar la palabra-. Reconozco que, a lo largo de estos decenios yo partía con ventaja a la hora de hacerme una cosmovisión no monolítica, sino plural, no uniforme, sino matizada. La ventaja es aquella de la que gozan y sufren los pobres, pues un pobre siempre mira hacia arriba, más allá del horizonte, al otro lado del muro donde admirar formas de vida y estilos de pensamiento distintos de los míos y, aparentemente, en aquel entonces, mejores.

     La libertad política era entonces, hace más de cincuenta años, un sueño para envidiar. Y así, mis viajes a Francia empezaron a crearme dudas y crisis intelectuales. Citaré sólo algunas: en el paraíso de la libertad, en la Francia de la Revolución Francesa y los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la patria de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, había un letrerito pequeño en los jardines de Montmartre que rezaba: “prohibido cantar después de las doce de la noche”. Yo no canté aquella noche porque me tuve que ir al Metro a las doce menos cinco. Pero mis compañeros, sesudos cargos eclesiales en la actualidad, durmieron en Comisaría. ¿Por qué? Porque resultaba que la añorada libertad, en democracia, tenía límites que se cumplían, a veces, a rajatabla. Y, en otro viaje de turisteo por el interior de la Francia profunda, acompañado de un amigo catalán, pariente de un escritor famoso y muy galardonado, mimetizado a su vez con el Marruecos profundo, nos costó Dios y ayuda encontrar una abuelita que hablase algunas palabras de la Langue d’Oc. Recuerdo que le comenté, escandalizado, que en nuestra Cataluña había millones de personas que hablaban catalán y, en tiempos de Franco todavía, no se lo impedían mucho que digamos.

     No voy a remontarme a 1714, ni menos aún a los tiempos de Jaume I el Conqueridor. Mi escándalo actual es, como no podría ser de otra manera, postmoderno: no veo fundamento racional, histórico, económico, cultural, social y político que justifique el afán de crear un estado independiente, separándose de España. Si no veo fundamento racional, entonces es que el afán de independencia tiene, para mí, otro fundamento: el puro deseo y voluntad de una parte de la población, el sentimiento de no querer pertenecer a lo que pertenecen. O sea, un fundamento postmoderno, es decir, sentimental, no del todo racional, romántico.

     Ese sentimiento de desafección –incluso de odio- a lo español es un hecho. Y como hecho, hay que tenerlo en cuenta. ¿Cómo tenerlo en cuenta? Lo suyo sería dialogar entre todas las partes. Pero ¿se puede dialogar acerca de los sentimientos y de los deseos? Seguramente sí, pero entonces los psicólogos deberían jugar un papel importante.

     Mientras tanto, el camino recorrido en estos lustros hace que se apodere de mí otro sentimiento, quintaesenciado de la sustancia de mi terruño, si es que ello existe, y que se podría formular aproximadamente así: “Mire, a los de mi tierra no nos gusta que nos obliguen a hacer ni siquiera lo que nos gusta hacer, cuanto más lo que no queremos hacer”. Y es que me gusta estar con Cataluña en España, no quiero que me separen de Cataluña. A mí, como zamorano, descendiente de antiguos hijos d’algo del Reino de León, heredero del Primer Parlamento con representación del pueblo llano celebrado en Europa, no me gusta que me impongan nada. En este caso: no me gusta que me separen de Cataluña.

     Creo que tenemos tema para decenios.

(en la imagen: mapa del reino de León en 1037)