Martes, 26 de septiembre de 2017

Polos magnéticos

En la corte de la reina Isabel I de Inglaterra, entre 1558 y 1603, residió uno de esos científicos que no suele ser conocido, pero que dejó una profunda huella en la ciencia. En este caso me refiero a Sir William Gilbert, médico de la reina, considerado uno de los primeros filósofos naturales de la era moderna que realizó experimentos sobre magnetismo. Fue el hombre que definió qué es la fuerza eléctrica, y quien clasificó los diferentes materiales entre conductores y aislantes, a la vez que ideó el primer electroscopio, un aparato que nos indica si un cuerpo está cargado eléctricamente o no. Además, se dio cuenta que la tierra se comporta como un gigantesco imán, hecho que puso de manifiesto es su obra más conocida: “sobre el imán y los cuerpos magnéticos y sobre el gran imán la Tierra”. Observando, únicamente, el comportamiento de una aguja imanada llegó a conclusión tan brillante, pues, hasta entonces, se pensaba que las agujas de las brújulas eran atraídas por la estrella polar, o por islas magnéticas situadas en el propio polo norte.

Quienes piensen que el campo magnético terrestre es una minucia, que únicamente sirve para que todas las brújulas apunten al mismo sitio, o que muchos seres vivos lo utilicen como mecanismo de orientación, están muy equivocados; su mayor contribución al bienestar terrestre es la protección que nos brinda frente a las partículas cargadas de alta energía que provienen del Sol. Un fenómeno que se puede apreciar es las bellas auroras boreales, pues no dejan de ser el resultado del choque de esas partículas altamente energéticas con nuestro escudo magnético: la magnetosfera.

Un campo magnético que es móvil, que cambia constantemente de dirección e intensidad. Unos cambios que, según afirmó el profesor de la Universidad de Harvard, Jeremy Bloxham, durante la asamblea de la Unión Geofísica Americana, AGU, ha disminuido un 10% en los últimos 160 años, lo que, según dicho científico, podría estar alertándonos de una inversión de dicho campo, algo que ocurre recurrentemente y que tuvo lugar por última vez hace 780.000 años. Según Bloxham, hay una tendencia global de debilitamiento desde hace unos 2.000 años, pero se ha acelerado desde 1840, fecha en que empiezan las mediciones de dicho campo. Digo, y remarco, lo de “la última vez”, porque es un acontecimiento que ha acompañado a la Tierra desde su creación. El hecho de tener un núcleo doble, a 6.000ºC, el interno y en estado de plasma, y 3.500ºC, el externo en estado sólido, provoca movimientos de convección, similares a la del agua hirviendo en una olla, que convierten a nuestro planeta en un majestuoso imán.

Orientarnos con la brújula puede tener sus ventajas, pero también hay que tener claros sus inconvenientes. El principal es que no coincide el polo norte magnético, el que señala la brújula, con el norte geográfico, el punto sobre la superficie terrestre que coincide con su eje de rotación, lo que puede provocar que no terminemos llegando al punto que queremos. Según las últimas mediciones realizadas, el norte magnético se está desplazando a una velocidad de 50 kilómetros anuales, aproximadamente 125 metros diarios. De seguir así, dentro de 50 años, nuestras brújulas nos dirigirán directamente hasta Siberia. Si el calentamiento global continua, que lo hará, bastará con dejarnos llevar por la brújula para llegar a un sitio donde podamos quitarnos los calores de los veranos que vengan… si llegamos nosotros.