Martes, 25 de julio de 2017

Despolitizar la sociedad

En España manda la política en todo, para lo bueno y para lo malo. Nada se mueve sin que intervenga la política y los políticos. Nuestra sociedad, por tanto, es una sociedad política, aunque haya muchos ciudadanos que dicen no querer saber nada de la política. Quieran o no, se ven envueltos por la política. Y no debería pasar nada, porque la política, bien ejercida, es el más noble de los cometidos que pueda realizar un ciudadano. Pero la realidad actual, a pesar de su imprescindible importancia, deja mucho que desear, especialmente por la corrupción, el mayor pecado que puede cometer un político con el pueblo. Por eso, de tarde en tarde, vuelve a hablarse de que es necesario potenciar la sociedad civil. Ya es moneda común decir, cada cierto tiempo, que hay que potenciar la sociedad civil.  Pero ¿qué es la sociedad civil? Esta pregunta forma parte de algo que necesita ser matizado y reflexionado, porque sea cual sea la respuesta a esta pregunta, la realidad lisa y llana, es que la sociedad civil existe, asociada y por libre, pero con poca influencia.

      Y es que los españoles siempre hemos preferido que se nos proteja con el maná del cielo, que es lo más parecido al mando político. Nos encanta que alguien, otro, el que sea, solucione todos nuestros problemas. Las instituciones políticas son el armazón del Estado, pero estas instituciones, compuestas y dirigidas por hombres con corazón e ideologías particulares, no siempre cumplen las expectativas que exige esa sociedad formada por hombres y mujeres del pueblo, de más amplio espectro, mezcla de muchos corazones e infinidad de ideologías. Por eso la política genera tantas decepciones.

       Ante esta realidad nunca falta alguien que reclame el imperio de la llamada sociedad civil. Esa  que  forma parte del otro armazón, el formado por instituciones privadas que tienen misiones nobles y que contribuyen al desarrollo de la sociedad en general y son, o pueden ser, el contrapunto necesario a la política. Cuando el político, gobernante o en la oposición, no responde, porque o no quiere o no puede, tiene que llegar un empresario, una fundación, una ONG, una asociación de vecinos o un mecenas para contribuir a arreglar las cosas.

        La sociedad civil tiene su principal valedor en el mundo anglosajón, pero se ha ido extendiendo a otros países, entre ellos España, aunque aquí, desde hace más de cien años, hay instituciones que contribuyen a mejorar la sociedad, como las históricas fundaciones de las cajas de ahorro, que siempre han dedicado una parte de sus beneficios para causas sociales, asistenciales o culturales. Incluso ahora, a pesar de que la crisis las ha dejado para el arrastre. Debemos seguir protegiendo ese modelo para evitar que el gusano político lo destruya del todo. De hecho, cuando los políticos se metieron a mangonear en las cajas estas se vinieron abajo. En Castilla y León las seis que había pasaron a otras manos, y a otros mandos, lejos de aquí, donde justamente se genera el ahorro. En este caso nuestros políticos consiguieron ser un “godzilla” contra este modelo económico y financiero de sociedad civil.

        Hasta no hace mucho los empresarios estaban mal vistos, representaban el egoísmo, la maldad, la insolidaridad; se les representaba como tipos gordos con sombrero bombín, usureros, triperos y déspotas. Y ahora, sin perjuicio de que los pueda seguir habiendo de ese tenor, el empresario, no sólo es valorado de forma positiva, sino que se considera imprescindible para que la sociedad se modernice y avance, para que se cree riqueza y aumenten los puestos de trabajo. Sin empresario no hay empresa, y sin empresa no hay empleo. Así de sencillo. Las instituciones sólo fabrican funcionarios, que es otra cosa.

        La sociedad se divide en dos: la política, de reyes y gobiernos, presidentes, alcaldes y cargos mil - que cargan sobre el presupuesto público - y la civil, que hace de contrapeso. Dos sociedades distintas y una sola verdadera: el pueblo. Pero el problema llega cuando la sociedad civil sólo se preocupa de la subvención. ¿No es eso lo que pasa en España, en Castilla y León, en Salamanca? Si uno hace un repaso a las entidades “civiles” veremos que todas, o casi todas, “pillan” algo. No saben despegarse de la política. Papá Estado, mamá Junta y tío Ayuntamiento tienen que meter en sus partidas presupuestarias ayudas a las instituciones civiles para que funcionen. Si no es así, se caen, desaparecen las actividades que desarrollan.

    ¿Es sólida, por tanto, nuestra sociedad civil? No. Se necesita mucho tiempo para cambiar la mentalidad, para ir generando unas estructuras que no sólo provengan de la política. La sociedad civil necesita de ciudadanos participativos, democráticos, que se impliquen en los asuntos de todos, que trabajen desde sus sectores por conseguir recursos sin esperar siempre que lo resuelva el gobernante de turno. Hay que cambiar, por tanto, la mentalidad, esa barrera insalvable si no acertamos a ver más allá, más lejos. Un ejemplo: la Asociación de Empresa Familiar de Castilla y León, compuesta de grandes empresarios, vive de sus propias cuotas, no admite, por tanto, ingerencias políticas, lo que les permite una libertad extraordinaria para hacer y decir lo que consideran sus socios a las administraciones públicas.

      La sociedad civil viene a ser un modo de hacer política por otros medios; sin la presencia agobiante del político profesional y los partidos, tan acaparadores, tan sectarios o de tendencia exclusiva a sus intereses. Con la fuerza del ciudadano corriente y moliente las cosas pueden ser de otra manera. Para despolitizar nuestra sociedad no queda otra que implicarnos todos en asociaciones “laicas”, en organismos donde no se necesite de un presupuesto público. Crear una estructura amplia, heterogénea, abierta y democrática en esta línea es una deuda pendiente de la sociedad. Pues a ello.