Sábado, 18 de noviembre de 2017

El hombre parado cría malos pensamientos

Hoy diríamos los seres humanos o los hombres y las mujeres, pero yo crecí con este dicho popular. Y me viene a la cabeza, porque un lector me dice que si la solución al problema de los adolescentes y jóvenes está, como sugería, en lo que en el último texto llamaba “tiempo de sufrimiento” (dependencia y sumisión de familia, profesores, etc.), ¿Por qué no seguía arriesgando esta reflexión? Allá vamos.

La adolescencia y juventud que conocemos hoy es una creación moderna, como lo fue la escuela. Una necesidad de las industrias y profesiones para las que hay que preparar a los hijos y una necesidad de los padres, para que el hombre y la mujer se pudieran incorporar al trabajo industrial o profesional. Una necesidad que dio lugar a unas instituciones educativas que han sido un gran acierto. Con ello se les liberó a los menores y muchos jóvenes del trabajo infantil, adolescente y juvenil y se creó una generación de beneficiarios del nuevo estado del bienestar. Los padres y la sociedad los alimentan, visten, cuidan e incluso les hacen consumidores preferentes en la sociedad de mercado. Las ventajas y aciertos de estas sociedades son evidentes, no pretendemos volver hacia atrás.

Pero no todo va bien. Hemos alargado esta etapa, que no deja de ser artificiosa; les convertimos en los hijos de la abundancia (aunque no llega a todos, claro está), y les obligamos a seguir siendo adolescentes, dependientes, hasta edades impensables hace unas décadas. ¿Qué les pedimos? La mayor parte de los padres dos cosas: que estudien y no den problemas de conducta. Lo demás les viene dado. Incluso hemos prescindido en muchas familias de la colaboración en las tareas domésticas, antes asignadas de forma discriminatoria a las mujeres, y ahora en manos de la madre (algunos padres también) y personal de servicio, si la economía va bien. Es decir, la igualdad se alcanza por la rebaja de exigencias: ni los hijos, ni las hijas tienen responsabilidades más allá del deber de formarse. Lo tienen todo, pero no participan en las decisiones ni responsabilidades familiares, ni se les da un rol significativo en las instituciones escolares.

En cuanto a la disciplina hemos pasando del autoritarismo (provocaba conformismo o rebelión), a una supuesta relación de amistad (olvidando la ineludible asimetría entre padres e hijos, maestros y alumnos) o “abandono de exigencias y límites”, por lo que no son pocos los padres que pierden el control educativo de los hijos. Una generación de adolescentes que muy pronto se hace dueña de su tiempo de ocio, que convierten, con frecuencia en tiempo de “locura”. Único tiempo en el que supuestamente toman decisiones libres, aunque estén inteligentemente manipuladas por el mercado.

El proyecto: aspirar a unas buena profesión formándose bien, no quedarse marginado del sistema educativo, no tener problemas personales o sociales relevantes y llegar a tener un trabajo bien remunerado. Como hay tiempo para todo, mientras tanto, el ocio es mi tiempo, nadie me lo puede controlar. Bastantes lo consiguen, a pesar de tener  una etapa de “ocio loco”.

La realidad: un número importante fracasan en la escuela, instituto, formación profesional o universidad, una minoría se queda marginada por asumir riesgos de diferente tipo, en torno al 10 ó 15 por ciento crean dificultades en familia o las instituciones educativas, y, en el caso de los más cumplidores, el horizonte laboral no es bueno, de forma que muchos tienen que alargar forzosamente su adolescencia.

Los adultos tenemos que repensar con ellos la adolescencia y juventud que les ofrecemos, salvando lo bueno de nuestra sociedad y las familias que es mucho, pero haciéndoles más responsables  de su vida, exigiéndoles que la casa familiar no sea un hotel, sino un lugar de colaboración igualitaria, convivencia y experiencia amorosa. Además del estudio, deben participar en tareas familiares y comunitarias, trabajar en cosas que le permitan ayudar a la vez que adquieren experiencias vitales, educarles en una disciplina razonada, pero exigente, ser útiles a los demás y aprender a cuidar su salud, desde la primera infancia.

No puede ser una generación que “no trabaja”, no colabora”, se pasa el tiempo no escolar ante las pantallas, haciendo el vago, sin más responsabilidad que la de planificar su ocio. No lo olviden: “la gente parada cría malos pensamientos”: los que quieren trabajar y no pueden, y los que pudiendo creen que han nacido para trabajar solo en lo que les gusta o supuestamente se merecen están en peligro y son un problema para todos.