Martes, 26 de septiembre de 2017

Despertando soledades

“...le arranquen una sonrisa por la cual le merezca la pena seguir aferrada a esa vida aislada y solitaria que se marchita lentamente entre el recuerdo esplendoroso de lo que un día fue y los miedos e incertidumbres de lo que hoy es”

Plaza de los Basilios de Salamanca, en plena ola de calor con una temperatura de 37 grados en la calle. Son las 18:50 horas y paseo con mi compañero de fatigas llamado Lolo por ese lugar. Pues bien; después de que hayan pasado varios días, aún no puedo dejar de recordar cierta escena que sigue tan presente en mi cabeza como grabada en mis retinas. Cuatro bancos y cinco árboles ocupan uno de los laterales de esta plaza. De esos cuatro bancos, tres de ellos estaban ocupados en ese instante: el primero de ellos con una señora que seguramente en su curriculum vital atesoraba más de noventa veranos y mirando al escaso horizonte que esa plaza permite ver. En el segundo banco, un abuelo con bastón entre sus manos, sombrero a lo Bogart y la mirada también perdida en ese limitada visión frontal cuya vista conduce a una clínica dental.

El tercer banco albergaba a una señora de muy avanzada edad, de complexión diminuta, pelo blanco recogido en un moño con horquillas negras de las de toda la vida y sosteniendo algo entre sus manos. A medida que me iba acercando a ella, intuía por la postura de sus manos que podría ser un teléfono móvil lo que miraba con manifiesto interés, aunque he de reconocer mi estado de confusión, pues a mi esquema mental le sigue sorprendiendo ver a personas tan mayores manejando tecnologías tan adversas.

Mi curiosidad solo podía apaciguarse viendo qué es lo que esa anciana sostenía entre sus manos y pensé que si no era un móvil, podría ser una carta de esas antiguas y amarillentas que en algún momento lo significó todo en su vida recibiendo, por ejemplo, una grata noticia de aquella persona amada. O un retrato de alguien que marcó su vida de manera significativa y que inevitablemente le acompañará hasta el último de sus días; o una medalla regalada con una emocionante inscripción grabada en la parte posterior de la joya cuyas letras le siguen emocionando como el primer día que las leyó. Pero no, nada de eso sostenía entre sus manos. Era un reloj despertador. Sí, un simple y vulgar despertador de esos que todos hemos tenido alguna vez presidiendo nuestras mesillas de noche. Un despertador cuadrado tan rojo como enigmático. ¿Qué pensaría la mujer mirando de manera tan absorta aquel reloj?

Aquella escena estaba plagada de metáforas y simbolismos que aún resuenan en mi conciencia: tres mayores en tres bancos distintos sosteniendo como podían sus soledades bajo un caluroso silencio, en una sociedad que provoca que esto sea así y que se plasma en cuestiones tan sutiles como en la propia manera de colocar esos bancos en la plaza para que la gente que allí se sienta ni se vean las caras, ni se provoquen las conversaciones. Pensaba también en el ocio y la calidad de vida de nuestros mayores, en las pensiones de miseria con las que tienen que vivir muchos de ellos justo en esa época de la vida donde los autocuidados tienen que ser aún más minuciosos y exquisitos, en la tristeza que siempre me evoca ver escenas de soledad en edades tan avanzadas, en la estación de tren en invierno donde los abuelos van allí los domingos a echar el rato con el transistor en la mano y el “carrusel deportivo” en el oído, en las escenas de residencias de mayores donde inevitablemente la salud física y mental se van desligando a poquitos de una vida digna, autónoma y normalizada. Tristeza. Todo tristeza. Y aquella anciana en la plaza de los Basilios mirando un despertador rojo, viendo correr el paso del tiempo de manera inexorable y aceleradamente en su contra, o tal vez contando las horas con la esperanza de que alguno de sus nietos o biznietos la visiten y le arranquen una sonrisa por la cual le merezca la pena seguir aferrada a esa vida aislada y solitaria que se marchita lentamente entre el recuerdo esplendoroso de lo que un día fue y los miedos e incertidumbres de lo que hoy es.

Yo me fui alejando lentamente con mi compañero de fatigas y pensando que esa escena merecía ser escrita, sin tener muy claro si lo hago desde mi faceta de trabajador social que, en conciencia, siempre me pide luchar por una sociedad mejor y más justa para todos y especialmente para los más vulnerables, o como ese observador inquieto y apasionado al que una escena como esta siempre me provocará las ganas de sentarme con urgencia frente al ordenador y dar rienda suelta a mi imaginación. En cualquier caso…estas letras van por ustedes abuelos, con todo mi respeto y reconocimiento a esas arrugas que evidencian vidas llenas de años, y quién sabe si años llenos de vida.

Toño Villalón