Sábado, 18 de noviembre de 2017

Palabra sembrada en la tierra de Dios, historia humana

Dom 15. Tiempo ordinario. El evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23), tomado básicamente de Mc 4, 1-20, presenta la historia de los hombres como siembra de Dios y consta de tres partes:

a. Parábola de la semilla y las tierras, que Jesús proclama ante la muchedumbre (Mt 13, 3b-9), presentando el camino del Reino como siembra del mismo Dios, que se arriesga a introducir su vida en la tierra de los hombres.

b. Una teoría detallada sobre la enseñanza de Jesús en parábolas (Mt 13, 10-17) y sobre la dureza de oídos y corazón de muchos que no quieren escuchar ni entender su palabra.

c. Una explicación posterior de esa parábola a sus discípulos (13, 18-23). Es una especie de interpretación teológica del tema, distinguiendo las tierras, es decir, la respuesta de los hombres a la siembra de Dios.

Estas tres partes, miradas de un modo unitario definen la esencia parabólica del evangelio, que no es un simple modo de hablar, ni un recurso literario, sino la verdad del Reino, entendido como siembra de vida en Cristo y como apertura del hombre a la Palabra, en clave de diálogo con Dios y de comunicación interhumana.

Presenté ayer el tema de la tierra, como experiencia y lugar de sacralidad, desde la perspectiva de mi propia vida. Hoy hablo más bien de la tierra como lugar de siembra de la Palabra de Dios, en la historia humana, según el evangelio Se conecta así esta postal con la de ayer, y con la que presentaré un próximo día sobre la Palabra.

En la reflexión que ahora sigue voy a prescindir del intermedio (Mt 13,10-17), que desarrollaré en mi comentario de Mateo, para detenerme sólo en la parte primera y en la última. Buen domingo a todos.

A. SALIÓ EL SEMBRADOR... PARÁBOLA (13, 3b-9)

El texto nos sitúa al principio de la historia bíblica, allí donde Gen 2-3 ofrecía al ser humano la posibilidad de “comer de todos los frutos de la tierra”. El mismo Dios había sembrado en el jardín muchos árboles, y el hombre debía cultivarlos, comiendo de sus frutos, aunque sin adueñarse del “conocimiento del bien y del mal”, como si fuera creación de su propiedad. Ahora se nos dice que la siembra de Dios por su Mesías es la Palabra, como iré indicando paso a paso, presentando primero la parábola (13, 3b-9), reflexionando y destacando luego su sentido dramático (13, 10-17), para fijarme finalmente en la interpretación de mismo Jesús (13, 18-23). Empieza la parábola;

13 3b Salió el sembrador a sembrar, 4 y, al sembrar, unas semillas cayeron al borde del camino; y vinieron los pájaros y las comieron. 5 Y otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; 6 pero, en cuanto salió el sol, se quemaron y por falta de raíz se secaron. 7 Otras, en cambio, cayeron entre zarzas, y crecieron las zarzas y ahogaron la semilla. 8 Pero otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien; otras sesenta; otras treinta. 9 Quien tenga oídos oiga .

En sí, como he mostrado en ComMc 4, 1-9, la parábola (contada desde la orilla del mar) evoca las propiedades de la siembra y crecimiento de las plantas. El narrador supone que la semilla es buena (todos los granos iguales, con capacidad de prender, crecer y dar fruto), y que las condiciones atmosféricas son apropiadas, con agua de lluvia y sol de cielo como dones de Dios (cf. 5, 45). La diferencia depende de la tierra, que muchas culturas interpretan en línea femenina (con cielo masculino), pero que aquí aparece de manera universal, y así puede aplicarse a varones y mujeres, a individuos y grupos (Mateo alude básicamente al judaísmo).

Este motivo de la siembra, la tierra y la cosecha se encuentra vinculado desde antiguo a la visión de lo divino, al Dios Baal (o El) que siembra la semilla y riega con lluvia lo sembrado, y a la diosa Ashera de la tierra acogedora femenina. Pues bien, aquí la tierra pierde ese matiz universal materno de gran diosa para presentarse en perspectiva humana. En esa línea, la parábola nos pone en un contexto de agricultura responsable (siembra y cosecha), que ha determinado la historia humana desde el neolítico. Quedan atrás otros tiempos de recolectores y cazadores nómadas, o incluso de pastores trashumantes de ganado; en conjunto, la vida de los hombres más recientes aparece vinculada a la cosecha anual de cereales (trigo) .

El sembrador puede ser cada uno de los hombres y mujeres, y la tierra donde siembra su propia vida (los hombres siembran en sí mismos). Pero, en otro plano, el sembrador parece el mismo Dios que interpresa la creación como una siembra. En el contexto actual de Mateo (igual que en Marcos), el sembrador parece ya una figura mesiánica (la alegoría del trigo y la cizaña le identificará con el Hijo del Hombre). Pero sea quien fuere, el texto dice que su semilla “cae” (cayó: epesen) sobre tierras muy distintas, lo que plantea inmediatamente dos preguntas que quedan sin respuesta (12, 35):

‒ ¿Por qué hay diversas tierras, y algunas son malas para la semilla: el camino, el pedregal, el zarzal? ¿No hizo Dios todas las tierras buenas (Gen 1)? El problema no se resuelve simplemente diciendo que las tierras son los seres humanos que deben hacerse buenos, como en la forma actual de la parábola, sino que debemos preguntar: ¿por qué hizo Dios o permitió que hubiera tierras malas, hombres y mujeres que parecen incapaces de acoger la semilla?

‒ Si el sembrador es Dios ¿por qué actúa de esa forma, como si no conociera su oficio? ¿Por qué ha dejado que parte de su semilla cayera en la tierra dura del camino, en el zarzal o el pedregal? ¿Por qué no ha hecho primero que todos los terrenos (hombres y mujeres) fueran buenos? En esa línea, el texto parece estar suponiendo que Dios (o el mesías sembrador) no conoce bien su oficio, pues malgasta semilla en terrenos al parecer poco aptos. ¿O es que Dios quiere que todos los terrenos sean aptos?

Esto significa que el mesías de Dios no realiza su obra a solas, desde arriba, de manera que todo dependa solamente de él, pues su acción/palabra está condicionada por otros agentes, que interfieren, no de un modo fatal, pero sí muy intenso, que puede y debe ser positivo (¡buena tierra!), pero también negativo (¡mala tierra!). Eso sigue significando que la obra mesiánica se entiende en forma dramática y dialogal, condicionada no sólo para bien, sino también para mal, por la acogida-respuesta de los hombres, conforme a la división de las diversas tierras, que no parece paritaria, sino desigual (pues hay tres tipos de mala tierra, y sólo un tipo de buena):

‒ Camino duro y pájaros (13, 4). Sembrar en el camino, sin que la semilla pueda hundirse en la tierra, es dejarla a merced del viento o de los pájaros. Jesús ha de saberlo, y sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, un riesgo para la obra de Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado. Éstos son los pájaros de Dios de 6, 25-34 (señal de su providencia generosa), pero mirados desde otra perspectiva, son signo del peligro que corre la semilla cuando no penetra en la hondura de la vida humana, quedando así a merced de esos pájaros, que comen todo lo que encuentran. ¿No se podría decir, en esa línea, que las semillas del camino son bendición para los pájaros, pero no sirven para la cosecha?

‒ Pedregal y sol que quema la semilla (13, 5-6). El sol es necesario para que madure la semilla, como saben bien los agricultores. Sin tierra con agua (¡aquí ausente!) y sin luz-calor de sol no hay cosecha. Pero allí donde la tierra carece de profundidad y no acoge en hondura la semilla, y no permite que las raíces de la planta penetren y se arraiguen, por ser pedregosa, en vez de tener profundidad y ofrecer un “humus” (lugar de alimentación y crecimiento para la semilla), calienta el sol y se convierte en fuego que calcina y quema la planta recién nacida. Dios mismo es semilla, pero si el hombre no tiene profundidad y no le acoge ni Dios puede germinar en su tierra.

‒ Campo de espinas que ahogan la semilla (13,7). Además de los pájaros del aire y del sol ardiente, que quema las pequeñas raíces de las plantas en tierra pedregosa, la siembra puede y en algún sentido debe crecer en un espacio de “competencia biológica”, en un contexto de enfrentamientos vitales donde actúan también otras plantas que estaban ya allí, que (en sentido externo) pueden ser más poderosas que la semilla sembrada. Frente a la planta buena de Dios hay otras, que parecen más adaptadas y más fuertes y pueden ahogarla. También las espinas tienen derecho a crecer, también los cardos, todo tipo de variedades agrarias. Ciertamente, si quiere sobrevivir como especie “inteligente”, el hombre debe quitar espacio a las espinas y cardos, para que brote la buena semilla, pero si destruimos toda la inmensa variedad de especies vegetales que parece inútiles (con pesticidas…) corremos también el riesgo de destruir la vida humana.

‒ Semilla buena en tierra buena (13, 8). Aquí se expresa el “milagro” de la siembra: buena semilla en buena tierra. ¿Tierra buena “de Dios”, es decir, en estado natural, o tierra buena roturada y preparada, limpiada y regada cuidadosamente por los hombres? A pesar de todos los enemigos que pueden actuar y actúan, desde fuera y desde dentro de la tierra, el sembrador se arriesga, y prepara la tierra, y una parte de su semilla cae sobre un lugar adecuado, de manera que su obra resulta positiva, tiene éxito. Aquí también peguntamos: ¿Por qué es buena la tierra, en qué medida es obra suya y en qué medida es resultado del esfuerzo del labrador que la cuida y prepara?

Mirada desde sí misma, esta parábola no puede razonarse, está ahí, como una visión previa, para que aprendamos a pensar, para que respondamos. En ese contexto debemos plantear la función del mesías sembrador, cuya obra es necesaria y buena, pero que depende de una serie de condicionamientos que él ha de aceptar: Debe sembrar en la tierra tal como ella es, no puede prepararla a su gusto, y hacer que sólo exista tierra buena para la labranza, pues también los caminos, los pedregales y zarzales pertenecen a Dios, como elemento complementario (¿oscuro?) de la tierra. Normalmente pensamos que Dios puede y debe actuar de forma soberana y caprichosa, transformando a la fuerza los modelos y las condiciones de la historia (la vida) de los hombres, como si él lo hiciera todo (como si la redención debiera elevarse en contra de la creación, por utilizar un lenguaje tradicional).

En contra de eso, este pasaje supone que la redención mesiánica se introduce en las claves de la misma creación, debiendo actuar desde dentro de ella, respetando la identidad de cada tierra, de cada persona. El texto nos pone ante un mesías que actúa entre condiciones adversas o quizá mejor conflictivas, propias de un mundo y de una historia con matices y rasgos múltiples (donde existe no sólo aquello que es bueno, sino también lo malo), conforme a un tema que se puede interpretar desde los principios del realismo mundano y desde la experiencia histórica de los profetas.

El mesías de Dios no busca un mundo ideal para realizar su obra, sino que actúa en este mundo concreto y conflictivo. Así podemos hablar de una experiencia profética de Dios en la misma historia humana: Jesús se arriesga a sembrar la semilla en los diversos tipos de tierra, ofreciendo su salvación a unos y, conforme a la palabra ya evocada del Bautista: “Dios puede suscitar hijos de Abrahán de entre estas piedras” (3, 9). Eso no implica indiferencia, sino todo lo contrario: Es una llamada al cuidado y tarea de los hombres, que han de preparar no sólo la tierra externa, sino, y sobre todo, la tierra interna de su propia vida, sembrando así en el propio “huerto” bien preparado la semilla de Dios. Dios no quiere sembrar a la fuerza, sino a través de aquello que nosotros sembremos. Por eso nos invita a colaborar con él. Cuanto más nuestra es la semilla más de Dios será, pues el mismo Dios siembra en y con nosotros .

C. INTERPRETACIÓN (13, 18-23)

Tras el intermedio hermenéutico sobre la comprensión de las parábolas (sobre el lenguaje de Jesús y su revelación), siguiendo a Mc 4, 13-20, Mateo introduce la interpretación concreta de la parábola del sembrador (Mt 13, 3-9), que ha venido a convertirse así en una alegoría mesiánica de la palabra. Parece que el nuevo texto ha de entenderse como un anti-clímax: Después de la fuerte “oposición” de 13, 10-17 que divide a los hombres y mujeres en dos grupos (los que entienden y los que no), Mateo nos sitúa de nuevo ante cuatro tipos de tierra.

Quizá el aspecto más significativo de esta explicación sea descubrir que Satanás (cf. Mc 4, 15), al que Mt 13, 20 llama el Maligno (o` ponhro.j, cf. Mt 5, 37; 6, 13), es enemigo de la Palabra. No es un Diablo-Dragón de mito, que amenaza por fuera a los creyentes (como en Ap 12, 1-5), sino un Anti-palabra, al que podemos entender como perversión de una humanidad, que no acepta la revelación, sino que se encierra en su misma “mentira” absolutizada. En esa línea debemos destacar la debilidad de la Palabra, expuesta a la persecución y al rechazo (tema que ha destacado Jn 1, 10-13). Por eso habla Mt 13, 21 de la tribulación y persecución que brota de la Palabra (vinculada al Mesías de Dios), amenazada por el Maligno:

13 18 Vosotros, pues, oíd la parábola del sembrador: 20 A todo el que escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. 20 Lo sembrado en terreno pedregoso es el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; 21 pero no tiene raíces, es inconstante, y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. 22 Lo sembrado entre zarzas es el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan queda sin fruto. 23 Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

Mateo ofrece esta interpretación, siguiendo el esquema de Marcos, elaborando una catequesis o explicación cristiana de la parábola, según las cuatro tierras. Evidentemente, al lado de esta división e interpretación (alegorización) de las tierras podrían darse otras, pero ésta ha sido importante al comienzo de la historia cristiana. Ella puede inspirarse en la historia y mensaje de Jesús, pero reproduce y recoge el mensaje de la Iglesia antigua:

‒ La Palabra del Reino. Mc 4, 15 había dicho simplemente el logos (o` lo,goj, en absoluto), en una línea que desemboca en Jn 1, 1.14, identificando así la Palabra con Cristo, revelación de Dios. Mt 13, 19 dice, en cambio el logos del Reino (to.n lo,gon th/j basilei,aj), que, ciertamente, se condensa en Jesús, pero tiene un sentido más amplio, identificándose con “los misterios del reino” (Mt 13, 11), en plural (no en singular como Mc 4, 11, donde la expresión tenía un sentido más cristológica). No se trata, pues, de la Palabra que podría absolutizarse (separarse del Reino), sino de la Palabra que se expresa, siembra y actúa como Reino.

La Palabra es, según eso, el Reino que se ofrece, el mensaje de Jesús hecho Vida (o rechazo de Vida) en la historia de los hombres, en el contexto muy preciso del despliegue de la comunidad de Mateo. Estamos en la línea de eso que pudiéramos llamar el desarrollo del evangelio, tal como ha sido interpretado de manera clásica por Marcos (cf. ComMc 4, 13-29).

‒ Tierra camino, campo impenetrable (13, 19). La imagen del camino donde no penetra la semilla, de manera que vienen los pájaros del cielo para devorarla (13, 3-4), se interpreta desde Satán a quien se llama el Malo (o` ponhro.j), que aparece así como enemigo de la Palabra del Reino. Esta interpretación nos sitúa ante el hombre que no acoge, no entiende… Deja de ser lo que debía (oyente y realizador del Reino), y se vuelve suelo plano donde el maligno (pájaro perverso) devora la palabra. Ése es el hombre que no acoge, que no escucha… que no quiere que Dios entre en su vida y fructifique, el hombre vacío, sin intimidad, sin oído personal y social para la Palabra que pueda transformarle.

Éste hombre oye externamente la Palabra del Reino, no está sordo ni impedido. Pero se encuentra a merced del Maligno, que acecha y roba, devorando la semilla de Palabra, que no ha podido calar en la tierra que se ha vuelto impenetrable. El Sembrador ha regalado generosamente la Palabra del Reino, incluso en el camino, pero viene el Maligno, el primer “enemigo” del hombre (del Reino de Dios), ladrón de la palabra, y la roba (la come, traga).

Este Enemigo no cultiva ni siembra (a diferencia de lo que hará el de Mt 13, 39), sino que vive de robar lo que otros han sembrado, como las aves de la parábola (Mt 13, 4), que están esperando el momento para devorar el grano. No se alimenta del grano abundante de la tierra, como los pájaros del cielo de 6, 26-27, sino que vive de robar la siembra ajena del Reino en los hombres, que son tierra donde Dios siembra su Palabra, pero que, si no la acogen y cuidan, acaban a merced de la pasión devoradora del Pájaro Satán… Éste es un Diablo de Parábola, que existe y actúa como devorador de la semilla, es el Diablo anti-vida (anti-Reino) que emerge y aparece como oposición a la obra de Dios, que se arriesga a sembrar en tierra amenazada.

‒ Tribulación, hombres sin hondura (13, 20-21). Estos son los que acogen quizá con alegría, pero de un modo superficial, sin tierra de fondo, y de esa forma resultan incapaces de resistir la tentación del Maligno, que les manipula (cf. 13, 5-6). En este contexto podemos seguir hablando de un Diablo interior, vinculado a la negativa del hombre, que, morando en un plano superficial, prefiere quedar sin Palabra, a merced de su frivolidad, en medio de un mundo conflictivo donde no puede ni quiere oponerse a los males que le amenazan.

Estos hombres pedregal reciben la semilla e incluso se alegran de que germine… Pero carecen de raíces; son tierra sin interioridad donde la semilla pueda arraigarse, no tienen fondo para que la raíz penetre y mantenga (despliegue) su vida desde el seno de la tierra. Ellos son pros-kairos (pro,skairo,j), a merced de los cambios del tiempo, y no dejan que la Palabra sembrada se afiance, de manera que puedan ser dueños de sí mismos. El sol es necesario y tiene que salir, para que la semilla germine, pero si la tierra es superficial, si no mantiene humedad (humus)… la planta se seca.

En este contexto, Jesús habla de dos peligros especiales: la tribulación y las persecuciones. (a) La tribulación (thlipsis, qli,yij), en general, puede expresarse de diversas formas, en un plano social y personal, como falta de salud, terror y miedo, algo que el libro del Apocalipsis ha vinculado a la gran crisis del fin de los tiempos (cf. Ap 1, 9). Ciertamente, las tribulaciones pueden ser valiosas, y ayudan a madurar. Pero si uno carece de fondo le queman. (b) La persecución estricta (diôgmos, diwgmoj) viene promovida por aquellos que se oponen de manera activa al evangelio .

‒ Hombres zarza, vendidos al dinero (13, 22). Las espinas de la parábola (13, 7) aparecen ahora como expresión de los cuidados de la vida y el ansia de dinero, que enturbia a los hombres, haciéndoles esclavos de su entorno social, incapaces de vivir en verdad y transparencia, a partir de la Palabra, a merced de su propia conflictividad social y monetaria. Éstos son los hombres del “diablo monetario”: Los que escuchan y en un plano no se escandalizan (no dejan la comunidad), pero están inmersos en un mundo de preocupaciones y deseos que ahogan la Palabra, como las espinas y zarzas ahogaban la semilla e impedían que fructificara. De esa forma pasamos de la persecución externa del pedregal al ahogo interno de una vida que se disipa, perdiendo su fuerza, de manera que triunfan en ella otras semillas, que impiden que germine la Palabra.

Dos son los significados de estas zarzas. (a) Las preocupaciones (merimnai) del mundo. De ellas hablaba Mt 6, 24-33 diciendo “no os inquietéis por aquello que habéis de comer o vestiros”… (cf. Lc 12, 22-24 par). Ciertamente, no todas las inquietudes se oponen al Reino, pero algunas que brotan de poderes de este mundo (aiôn) contrarios a la Palabra del evangelio. (b) El engaño de la riqueza (apatê tou ploutou), que hace al hombre esclavo de aquello que ansía tener. Más que el riesgo del dinero en sí (a pesar de la Mamona: 6, 24), el Jesús de Mateo ha destacado la experiencia y exigencia de la entrega generosa de la vida al servicio de los demás; y así sabe que un hombre que vive al servicio del dinero no puede hacer que fructifique la Palabra. Ciertamente, ni Jesús ni el resto de la tradición cristiana han condenado sin más el deseo (como puede suceder en el budismo), pero han puesto en guardia contra los deseos que irrumpen y ahogan la Palabra, haciendo al hombre esclavo de ellos, juguete de poderes que le traen y le llevan.

‒ Los frutos de la buena tierra (13, 23). El Mesías sembrador no puede imponer su Palabras, sino ofrecerla gratuitamente, de manera que ella fructifique allí donde los hombres la reciben, como tierra preparada, creando en ella una comunidad de oyentes del Reino. Los primeros (hombres camino) no llegaban a formar parte de la iglesia; los segundos (hombres piedra) abandonaban la iglesia ante las persecuciones; los terceros (hombres zarza) podían vivir en la iglesia, pero como si no formaran parte de ella, pues ahogaban la Palabra. Sólo estos últimos, los hombres-fruto son para Mateo verdaderos oyentes de Jesús, pues la Palabra fructifica en ellos.

Sobre la cantidad externa del fruto hay poco que comentar. En general, en tiempo de Jesús, cada grano solía producir menos en torno al treinta por ciento, de manera que la cifra del ciento por uno resulta claramente exagerada y apenas se alcanza en el tiempo actual (con semillas y terrenos escogidos). Es posible que Mateo vincule ese número con el ciento por uno en familiares de que habla Mt 19, 29. Pero más que la cantidad importa la calidad de la cosecha, la experiencia del evangelio como semilla de Dios que da fruto, pero dependiendo de la tierra de los hombres que la acogen o rechazan .