Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Despiadados liberalismos.

Leía en la prensa, días atrás, informaciones sobre uno de esos encuentros universitarios y veraniegos. Uno de los ponentes, no recuerdo el nombre, quizás fuera Vargas Llosa o Albert Rivera decía: “el liberalismo no admite recortes. Uno no puede defender al liberalismo económico y dejar de hacerlo en asuntos sociales”. Esa declaración, estimo, resulta consecuente. No es ecléctica. Todo eclecticismo incluye argumentos que impiden su consistencia lógica. Una de las causas del declive de los partidos socialistas europeos ha sido el eclecticismo de sus programas y, en consecuencia, su falta de viabilidad. Si Vd. propugna el liberalismo económico y simultáneamente permite la intervención del Estado a efectos asistenciales incurre en flagrante contradicción. En tiempos de bonanza económica se puede contemporizar, en los malos, el gasto social desaparece o se recorta de forma drástica las partidas presupuestarias destinadas a esos efectos. El Estado de bienestar se diluye en pura retórica. Ahí, en estas situaciones, es cuando los partidos socialdemócratas se quedan inermes y desnudos, como le sucedía a aquel rey.  Por lo tanto, la aseveración “el liberalismo no admite excepciones” resulta en la teoría congruente. No obstante, las consecuencias derivadas de la aplicación de sus principios son perniciosas para la salud democrática. Propuestas esenciales de cualquier programa liberal incluyen el irrestricto derecho a la propiedad individual y la mínima intervención del Estado en los ámbitos económico y sociales. De esta guisa, por poner un ejemplo, el tímido artículo 33.2 de la CE, “La función social de estos derechos (propiedad privada y herencia) delimitará su contenido, de acuerdo con las leyes”, constituye para aquellos una restricción inadmisible. Si bien, tal cortapisa no les quita el sueño, dado que, el acento social se condiciona a la letra de la ley. Y las leyes, la legalidad que no la legitimidad, sirven para todo. Sirven para instituir una salvaje reforma laboral, unas leyes racistas como las de Nuremberg o las propias del apartheid sudafricano. Todas ellas “legales”, todas ellas “ilegítimas”. Recordemos que la legalidad es una condición necesaria, pero no suficiente, para la existencia de un Estado de Derecho. La suficiencia reside en que tales legalidades sean conformes con la Declaración de los Derechos Humanos. En suma, para un genuino liberal el hortera que se gaste cien mil dólares por pernoctar en un hotel de lujo de Macao, está en su derecho. Lo mismo para el Consejo de Administración que logra evadir impuestos domiciliando la sociedad en un “paraíso fiscal” o el banquero que obtiene un millonario finiquito a pesar de la quiebra de su banco, unos y otros están en su derecho. Podíamos seguir y seguir poniendo ejemplos. Uno más, no obstante, uno en extremo significativo. Me refiero al escandaloso milagro de la conversión del agua en vino perpetrado por las autoridades propias y europeas: convertir la deuda privada en pública. En otras palabras, que las gentes de a pie paguen y sufran por la inmensa ineficacia, derroche y corrupción de sus gobiernos y administraciones. Pero que nadie se inquiete, un “Chicago boy”, un neoliberal de casta, no se arredra fácilmente ante el sufrimiento ajeno. Ellos se dicen y dicen a los “pichis”: “Buscaros la vida como yo me la he buscado. Pagaros, redomados vagos, vuestros estudios, medicamentos y asistencia médica”. Aún más, cuando estos liberales se ponen magníficos exclaman: “Limpiemos Badalona”. Limpiar quiere decir devolver al mar o a la África profunda o a las sirias de turno, a todo refugiado. Si ello resulta imposible les encierran en algún lager o centro de confinamiento, siempre situados al sur, al sur de la “humanista” Europa, y allá se pudran. Leía la excelente monografía escrita por Donatella di Cesare, “Heidegger y los judíos”. La autora comenta que la Shoah fue posible, entre otras razones, por la cosificación de algunos seres humanos. Por desgracia esa música vuelve a sonar en los tiempos que corren. La música de la selección natural, del darwinismo, de la ley del más fuerte. Entonces unos eran de la raza superior y otros muchos simples Stücken, pedazos, trozos de algo, prescindibles. Hoy los criterios de selección son económicos, tienes o no tienes. Las razones económicas han suplantado a la política. Los políticos han dejado de gobernar. Gobiernan otros. Otros que nadie ha elegido. Los políticos son sus intermediarios. La democracia se vacía de sus genuinos contenidos. Deseo con todas mis fuerzas que las afirmaciones hechas sean inexactas. Sin embargo, me temo lo contrario. Me temo que EE.UU y detrás Europa caminen hacia el neofascismo; sutil de momento, a la larga desembozado. Los liberales de turno, tan ricos, tan atildados y resolutos son los que están abriendo la puerta a una nueva época de oscuridad.