Miércoles, 26 de julio de 2017

Adhesiones inquebrantables

Que la totalidad de la prensa informativa que podríamos llamar “tradicional” (radios, televisiones, periódicos en papel) y gran número de los informativos digitales, se han convertido en este país en órganos de propaganda de un sistema económico-político putrefacto y en voceros de los espurios intereses de  la codicia y la peor cara de la desigualdad, es algo que no se oculta a quien aprecie las exigencias de lo que debiera ser la auténtica labor periodística, casi desaparecida en España y cuyos restos de probidad y profesionalidad (y prestigio) malviven en publicaciones de Internet que a duras penas respiran en el inmenso tráfago de la tendenciosidad.

Esta conversión de lo informativo en panfletario y de las noticias en armas arrojadizas de propaganda, ha reavivado algunas de las más antiguas servidumbres de la prensa en la dictadura franquista, como las unanimidades, las adhesiones inquebrantables o aquellas uniformidades pastosas e indigeribles cocinadas por la manipulación de aquel Ministerio de Información y Turismo que ordenaba temas, imponía titulares y creaba la realidad para los españoles. Mintiendo.

La actual “coincidencia” de titulares en periódicos, informativos de radio y televisión y temas de tertulia, y la uniformidad en el ‘tono’, los límites y los pedestales, convierte en ejercicio de melancolía el intento de contraste, la busca de disidencia o el mero afán de acercarse a la orilla de la verdad; y ni siquiera queda aquél consuelo de “leer entre líneas”, verdadero ejercicio del ansia libertaria, para tratar de sortear la asfixiante papilla de ordinaria conformidad que recuerda la censura, la imposición y los dictados del franquismo. Hoy, ni eso, porque los filtros a lo publicable, la mercantilización de la información, la incapacidad de muchos llamados periodistas y el sometimiento al poder empresarial dueño de los medios, hace imposible, más que el ansia de saber, la aventura de creer.

Asuntos tales como el rechazo frontal a los proyectos independentistas en Cataluña, la incondicional adhesión al reciente homenaje a las víctimas del terrorismo personalizado en Miguel Ángel Blanco, el enfrentamiento unánime al llamado ‘Brexit’ en Gran Bretaña o los casi autos de fe de los ataques al gobierno de Venezuela (por no citar la permanente sumisión a la monarquía, las servidumbres a lo religioso o la veneración por lo militar), concitan tal nivel de unanimidad, incluso en los insultos, descalificaciones y anatemas a quienes no comulgan con las unanimidades de “lo correcto”, que se torna definitivamente vano  tratar de obtener una información fiable e independiente de cualquier tema distinto a los dictados por un cada vez menos oculto Gran Hermano de la información en España, juez, parte, inquisidor y verdugo en un páramo de voces huecas que repiten el mantra de lo correcto y la letanía del conformismo.

Más grave aún que esa repetida fotocopia de lo que dicen que debe interesar,  es que esa repetición ocupa espacios, anula debates y propicia la ocultación de temas de capital importancia que generan en millones y millones de personas tales niveles de evitable sufrimiento, que deberían avergonzarnos  para siempre como seres humanos; temas tales como, por ejemplo, la realidad del exilio y las condiciones de vida en los cientos de campamentos no reconocidos de refugiados en todo el mundo, abandonados a su (mala) suerte; el hambre en numerosos países africanos y asiáticos, también abandonados a la (peor) indiferencia; la violencia institucionalizada en grandes zonas del planeta donde reinan el crimen, la violación y el salvajismo consentidos por todos; la ausencia de derechos elementales de miles de millones de personas sometidas a reyezuelos, visionarios y dictadores amigos de los adalides de la libertad de expresión  y dueños de las agencias de información; la geopolítica del hambre o el lucrativo negocio de mantener la enfermedad para vender sus antídotos y las plusvalías que genera mostrar la miseria para conseguir la sumisión de la cuasimiseria y que, gracias a esas periodísticas unanimidades, esas “coincidencias” informativas y esos silencios cómplices, mantienen muda la verdad.