Miércoles, 26 de julio de 2017

Primera palabra: la tierra

La Editorial PPC quiso lanzar el año 1995 una gran colección de testimonios cristianos, bajo el título y formato de siete palabras.

Cada autor debía ofrecer su experiencia y tarea eclesial partiendo de siete palabras que fuera claves en su vida.

En la colección participaron personas bien conocidas, con aportaciones que siguen siendo fundamentales 22 años después. Entre ellas recuerdo las sietes palabras de:

Mons. R. Buxarrais y Mercedes Navarro,
J. M. Castillo y Mons. A. Iniesta,
José I. González Faus y Raul Berzosa,
Mons. Nicolás Castellanos y C. G. Vallés...

Hubo alguno más, pero no logro recordarlos... Fue una colección espléndida, y empezó pisando fuerte. Pudo haber sido el retrato vivo de la iglesia española de aquellos momentos pero se desinfló pronto, porque su director, D. José María (q.e.p.d.) encontró dificultades en conectar con obispos que quisieran colaborar (además de los citados: Buxarrais, Iniestra y Castellanos; por entonces Berzona no lo era)... y tampoco quisieron hacerlo otros personajes significativos a quienes se lo propuso (quizá tenían miedo a decir su vida en público).

No fue posible ofrecer una radiografía significativo de los hombres y mujeres de la Iglesia española del fin de siglo. Fue una pena, porque era un tiempo rico en realidades y promesas... pero había empezado a entrar el miedo, y muchos no querían decir lo que vivían y sentían.

Entre los libros de aquella colección estaba el mío... que conservo (hace tiempo agotado), con mucho cariño. Verá el lector las palabras que escogí en aquel momento:

Tierra, libertad, libro, mesías,
palabra, comunidad, carne.

Volveré quizá en algún momento a las palabras de ese libro, y quizá a otras nuevas, entre las que deberán estar iglesia, Mabel, ternura... No sé si será posible encontrar el tono y el humor/amor de aquel momento, pues el tiempo se ha vuelto para muchos más duro, la iglesia más triste.

Aquí me complace recoger la primera palabra, que es tierra (a la que seguirá libro), por si alguien quiere acompañarme y leer lo que digo, en clave personal, teológica, ecológica. Hablé de libro el otro día, al referirme al árbol de la vida. Aquí recojo (al pie de la letra, sin cambiar palabra) mi experiencia y perspectiva de la tierra, tal como la ofrecí el año 1995, con una foto introductoria de lo que se vería desde el balcón del caserío, sobre el valle alto de Orozko, de San Martín a la Peña de Lekanda (del Gorbea).

Quien quiera puede entender el tema en clave de religión (tierra sagrada, dioses de la tierra) o de ecología (como ha hecho el Papa Francisco en Laudato si). Quise que la tierra mi primera palabra, y así quiero señalarlo ahora, recogiendo también una de las imágenes más bellas de la tierra que he podido contemplar, en la llamada Tierra Santa, con Maqueronte en primer plano, y el Desierto de Moab (y de Judá) al fondo.

Gracias a todos los que quieran seguir leyendo.

Un caserío vasco.

Nací tras la guerra española, en 1941. Mi primer recuerdo es la tierra: el balcón del basherri (caserío de montaña) del abuelo, con vista hacia la peña de Lekanda, duro pecho del Gorbea sobre el valle de Orozko (Euzkadi). Con la peña se vinculan los arcos de la casa, uno cegado por el miedo o por el frío, el otro abierto sobre landas de nogales y laderas donde crece ((crecía!) un año el trigo, el otro la borona. Y en el centro del basherri, como vida de la tierra, se elevaba el fuego de la tarde y de la noche en el sukalde, convocando en invierno a la familia, cociendo o calentando siempre la comida.

Nací tras la guerra, repito. Mi madre, sancionada por los triunfadores, tuvo que dejar la escuela y refugiarse en el hogar y tierra del abuelo, con los niños que nacían en ritmo regular, cada dos años. Mi padre navegaba sobre un barco que evocaba extraños continentes ((América, América!), acercando lejanías, prometiendo días buenos de encuentro, placeres sosegados de presencia. Cuando llegaba con su boina y traje oscuro ((dicen que vestía en Inglaterra!) la gran casa se ampliaba: había más sonrisa, sonaban nuevamente los relojes de pared, rodábamos su carro de juguete y de colores por las landas.

Pero el padre retornaba pronto al mar, dejando en el oído un eco sordo de sirena repetida, con las manos tristes de adioses y los ojos húmedos de olas y más olas, cuando el buque se alejaba y se perdía lejos de los muelles de Bilbao. Se iba el padre, pero quedaban los abuelos y los tíos con la madre. Fueron viniendo los hermanos: somos seis varones, todos vivos, amigos y distintos, a Dios gracias. En el comienzo de mis recuerdos éramos dos: yo el segundo, dura copia respondona del primero, siempre juntos, siempre en lucha.

Me han dicho después que quería cumplir siempre mi capricho, empeñándome en ganar siempre al hermano mayor, para imponer así mi ley y conseguir la primogenitura. Es posible. Pero Joserra, hermano bueno, mi primer amigo, me lo ponía muy difícil: no era de esos que se dejan ganar. Me conocía, nos conocíamos; me vencía de ordinario, otras me toleraba y a veces me dejaba hacer, aunque es claro que yo nunca pude suplantarle.

Vuelvo a la tierra con la casa. Este es el recuerdo: un inmenso caserío, con muchos cuartos, grandes salas, camas altas y desvanes misteriosos. Era fortaleza y cuna: paredes firmes y brillante fuego a cuya vera descansaba en la tarde el abuelo mientras ella, la abuela, trabajaba. Las costumbres pervivían desde siglos ()era el neolítico?) y así marcaban las costumbres las cosas de la vida, llenas de viejo sentido: los campos cultivados con los bueyes y las vacas lecheras, las ovejas más lejanas en los pastos (debajo de la peña Arrugaeta) y las vacas de monte (basabeiek, de raza pirenáica), aún más lejanas, en las altas cotas del Gorbea.

En ese mundo entraba de forma natural la referencia a Dios, la misa del domingo y el rosario de la noche, lo mismo que el tañido de oración del mediodía y de la tarde, marcando con su toque el ritmo del trabajo y del descanso. Dios formaba parte de esa vida, antes de toda discusión y era el sentido de la madre tierra, con la casa y las labores de labranza y pastoreo.

Sé que este retrato es algo idílico y no expresa lo que fueron los dolores de la casa y la familia: la guerra perdida, la madre sancionada, el padre lejos... Ciertos son esos quebrantos, con la angustia flotando en el ambiente. Pero miro más al fondo de aquel tiempo y lo que llega hasta mi alma es el latido de la tierra y de la casa de montaña, dentro de una sociedad patriarcal, organizada conforme al modelo euzkaldún: quien reinaba en la casa era la abuela y con ella su hija mayor, mi madre. Es como si los hombres (mi abuelo, mi padre) estuvieran obligados al trabajo externo, para que en la casa dominaran con amor materno las mujeres.

Sobre ese fondo, mi primera experiencia de Dios va vinculada al sabor de la tierra, a los colores y frutos de la vida. Es como si Dios lo fuera todo. Era lo sagrado en general, sin mucha distinción entre personas, formas o figuras. Ciertamente allí se veneraba a la mujer/madre María y al Jesús sufriente de las cruces con los santos entrevistos como signo de un misterio omnipresente. Pero lo divino se expresaba sobre todo en sacralidad universal: era la misma experiencia de conjunto de la vida.

Cuanto más pretendo distinguir mejor recuerdo que al principio de mi verdadera experiencia religiosa no existía diferencia de monoteísmo, panteísmo o politeísmo. )Existía un sólo Dios? ¿Había muchos? Hubiera respondido que era uno, pues así me lo decían, pero eso no importaba luego: Dios era lo sagrado, como el mismo fondo y campo misterioso de la vida y de la tierra. Bastaba con bajar de día hacia las tierras inclinadas de la aldapa o contemplar por la ventana del Labaurre los reflejos del sol moribundo en las duras paredes del Gorbea; bastaba con salir de atardecida y caminar bajo la luna (luz de muerte, illargi) sobre el campo; o calcular en noche clara las estrellas; o correr en la tormenta, sintiendo que los rayos jugaban a esconderse y perseguirnos, hasta que lográbamos llegar cansados al basherri, para encontrar allí a la abuela, cerradas las ventanas, rezando su trisagio

Era Dios, no había duda. Estaba en todo, como había estado por siglos y siglos en los campos y las gentes de las tierras como aquella. Mi padre era un marino de ideas liberales, nacionalista vasco y hombre universal. Mi madre maestra ilustrada y devota, llena de amor hacia los libros. Pero yo nací a la vida y pensamiento en un basherri cuya vida podía remontarse al neolítico. No necesito esforzarme por volver hacia el pasado de las religiones antiguas. Lo llevo dentro.

Recuerdo aquellos tiempos y me extraña el descubrir que Dios no estaba demasiado vinculado a la exigencia del deber y al miedo del pecado. Sin duda, me dijeron y sabía que existían mandamientos muy relacionados con premios y castigos. Pero ese no era el centro ni motor de mi experiencia religiosa. Para decirlo con palabras de hoy : había un espacio de misterio y realidad por encima o fuera de la ética; Dios o lo sagrado resultaban valiosos por sí mismos, existían de un modo gratuito, sin imposiciones, ofreciendo espacio y garantía de valor a cada cosa. Sólo más tarde, con eso que pudiera llamar transformación cristiana, vine a interpretar a Dios como una ley relacionada con tabúes y castigos que más tarde he vuelto a descubrir que forman parte de la deformación eclesial del evangelío.

Muchos compañeros me han jurado que su primera educación religiosa fue alienante o mala. No digo que la mía fuera inmejorable, pero debo confesar que en principio fue buena. Posiblemente no era (ni pudo ser a ese nivel) muy evangélica o cristiana en el sentido confesional del término, pero fue muy respetuosa con la tierra, muy sentida, muy humana.

Religión de tierra. Raíces paganas.

Por eso no me cuesta revivir mis raíces paganas, entendiendo esa palabra en su sentido original, como ha visto por ejemplo A.Pieris cuando dice que las grandes religiones postaxiales o modernas (budismo, cristianismo) sólo pueden crecer en la medida en que mantienen firmes sus raíces sobre el suelo de las religiones cósmicas, primera, divinizadoras de la tierra. Hoy sé que el mundo no es en sí divino y por eso rechazo aquella forma "natural" de panteísmo que suele atribuirse a B. Espinosa. Pero supe desde niño y sigo sintiendo todavía que las cosas de la tierra o, mejor dicho, el mundo entero (sol y estrellas, plantas y animales, los campos cultivados y el basherri, la familia y el recuerdo de los muertos) son símbolo o presencia de Dios para los hombres.

Lo que digo es un axioma o dogma de mi vida, no una simple teoría que se aprende un día y que después se olvida. Sólo conozco de verdad lo que yo mismo experimento. En ese aspecto afirmo que yo era y sigo siendo (desde la verdad más honda de mi cuerpo y de mi encuentro con el mundo) un hombre religioso, un buen pagano. Por eso no he sentido gran dificultad en empalmar con las tradiciones judías más antiguas, las de Abraham y su promesa de la tierra, tan cercana al paganismo; tampoco me ha costado mucho asimilar las religiones cósmicas que llevan a divinizar el ritmo de la vida y de las estaciones, el conjunto del misterio en que se incluyen los cielos y la tierra, tanto en Asia (culturas semitas de Mesopotamia, Siria y Palestina) como en Europa (dioses griegos) o en América.
En un determinado nivel de mi existencia sigo estando cerca de los pastores vascos (euroasiáticos) del neolítico. Lo que ellos fueron, las piedras que elevaron sobre el bosque, la luna que adoraron, sigue siendo verdad en mi experiencia. Lo siento así, no debo demostrarlo.

He tenido ocasión de celebrar ritos cristianos en Jerusalén y Atenas, en el Sinaí y en Roma.... Me he sentido más cerca del Dios vital, Dios del cosmos hecho cielo (luna y sol), tierra sagrada, en la ciudad sagrada de Teotihuacan (México) o entre las ruinas vivas que bordean el lago Titicaca (Perú, Bolivia). Pero mi betilu, casa o campo de Dios por excelencia, siguen siendo las colinas floridas de Arrugaeta, junto al caserío del abuelo, una tarde de San Juan.

He dicho San Juan, pero podía ser también tiempo de Pascua (primavera) o las témporas de otoño, el día de las rogativas, no recuerdo ese detalle. Lo cierto es que era tarde y, cayendo ya las sombras, mi abuela y yo salimos para consagrar los campos, con la luz de una farola y la vasija de buen agua bendita. Como sacerdotes de una religión eterna, campo tras campo, pieza a pieza, anciana y niño juntos, en pareja sagrada, fuimos desgranando las plegarias, conduciendo la luz sobre el sembrado y fecundando la tierra con el agua santa. Al otro lado del valle, en otros tantos caseríos y heredades, muchos sacerdotes de Dios como nosotros fueron consagrando paso a paso todo el campo en la solemne y gozosa fiesta grande de la tierra.

Alguien pensará que eso era magia, inofensiva quizá, pero inútil. Secamente le diré que no era inútil (el recuerdo de aquel gesto sigue iluminando mi vida); y tampoco era magia en el sentido que se suele dar a esa palabra: yo no quería influir sobre Dios, ni comprar su beneficios, ni obligarle a conceder buenas cosechas en los campos. Nunca he pensado que quisiera atar o manejar a Dios con la plegaria de la luz y el don del agua bendecida. Simplemente gozaba, me sentía muy dichoso, caminando sobre el campo, con la luz en la mano, el agua en el hisopo, la abuela rezando a mi lado. En ese momento la vida alcanzaba su sentido.
Lo de menos era la respuesta material de Dios. Estoy absolutamente convencido de que entonces, aquel gesto, que era nuestro y de otros muchos labradores de la tierra, desvelaba algo muy hondo y religioso: nos hacía descubrir y recrear el contenido sagrado de la vida y de la muerte, del verano y del invierno, de las plantas y animales, al débil resplandor de las estrellas que nacían sobre el cielo en el momento en que seguíamos llevando el agua y luz de la promesa de Dios (vida) en nuestras manos.

Aquello era liturgia natural del cosmos: la historia de los hombres más antiguos y la misma energía de la tierra nos hacían sacerdotes, al niño y a la abuela. Todo era sacral, irradiación y promesa de Dios, aquella tarde de plegaria que me introducía en el más hondo continente de la vida. He aprendido después muchas verdades en libros y encuentros. Aquella fue quizá la primera y más importante de todas las verdades de mi vida, sobre la cátedra abierta de la universidad del campo, bajo la guía sabia de mi sabia abuela.
Aquel gesto venía de los siglos, como símbolo que nosotros mismos (simples aldeanos del basherri, sacerdotes del Dios Alto, como el viejo Melquisedec de Gén 14) podíamos y debíamos recrear, en honda misa cósmica. Faltaba vino en aquella liturgia, pero había abundaba todo lo restante: trigo y maíz, frutales llenos de promesa de sagardua (vino de manzanas), gallinas, corderos y vacas. Esto es lo que recuerdo de verdad, mientras se pierden en olvido las misas parroquiales del domingo. Sé que me llevaban y recuerdo sobre todo el sudor sobre la ropa bien planchada, cuando subíamos volviendo por la dura cuesta de Atzkarai.

De la misa en cuanto tal recuerdo poco, casi nada. Sólo sé que el sermón se hacía eterno, que volvía la cabeza para atrás o me ponía a correr por el pasillo y me reñían y volvían a pegarme al duro banco de la dura iglesia donde ardían ((eso sí que veo todavía!) las velas enroscadas (argizaris) de los muertos. La liturgia cristiana no llegó a ser plegaria en mi vida, no fue ni siquiera catequesis. Enseñanza muy profunda y oración verdadera fue en cambio la de bendecir con la abuela los campo sembrados; nadie tuvo que enseñarme nada, no hubo necesidad de catequesis. Del fondo de los siglos llegaba el sacramento del niño y de la abuela con la tierra.

A ese mismo nivel de experiencia pertenecen las fiestas del otoño cuando en la larrena (las eras) de Goikiria, acabadas las faenas más duras de la tierra, venían a juntarse los cofrades, propietarios o renteros de los campos. No recuerdo la misa, pero aún puedo describir el techo de madera de la ermita y el rostro de la Virgen aldeana de mi tierra. Entorno más los ojos y la fiesta se hace baile de aurresku en la larrena sagrada, tan cercana en mi memoria a la larrena de Arauna, rey o sacerdote de Jerusalén, que el rey David compró para edificar allí su templo (cf 2Sam 24).

Este es quizá el más antiguo recuerdo religioso (humano, familiar) que vuelve a enriquecer mi vida en días de nostalgia: no soy experto en colores, pero aquí sí que los veo, el vuelo de faldas de las chicas bailando en liturgia de fiesta, desde el kolko o pecho de Abetxús, tía querida que me sube, me mece y revuelve, mientras ella misma baila. Esta es la fiesta primera, la liturgia hecha danza que llega del fondo de los siglos.

Dios en la noche. Navidad entre pasiegos.

Me vuelve insistente otro recuerdo. Del caserío del abuelo fuimos a la tierra de sanción de la montaña más hermosa y dura de Cantabria donde enseñaba mi madre maestra. De nuevo la tierra a flor de corazón, en el centro de los ojos: las peñas salvajes, los prados cayendo a pico hasta el torrente, las cabañas salpicando el campo verde. Fueron años duros, hermosos tiempos en un pueblo de pastores trashumantes, entre muda y muda, sin tierras de cultivo, descalzos en las brañas, durmiendo juntos sobre el heno.

Había un letrero en la cocina del piso superior de la Casa consistorial, la única gran casa del pueblo en que vivíamos, puerta contra puerta, las familias del secretario falangista y de la madre antifranquista: Etxean Euzkaraz (= en casa se habla vasco). En la plaza y la bolera convertida en breve campo de fútbol aprendí el buen castellano de los niños pasiegos, muy pronto mis amigos. Peor en casa seguimos siendo diferentes.

Eran diferentes los pasiegos, quizá huraños al principio, pero buenos de fondo y leales, aquellos montañeses de alto Riomiera, bajo el puerto misterioso de Lunada, hoy campo de esquí y entonces simple camino de herradura agreste y serpentina para machos y mulos que, semana tras semana, se arriesgaban a cruzar la nieve para traer harina al pueblo. Había vuelto otra vez al neolítico, a la vida errante de los pastores trashumantes de ganado mayor, en la alta montaña. Parecían esclavos del trabajo, pobres de dinero y quejumbrosos, pero los recuerdo libres y llenos de vida en la montaña, sin más ley que sus vacas, sin más riqueza que su leche y mantequilla, mudando de cabaña a cabaña, con sus mulos y sus cuatro trebejos de cocina, con las mantas y la ropa colgada a la espalda. Allí ejercía mi amá como maestra de montaña, con setenta escolares mezclados, de todas las edades (niños y niñas, de los seis años a la mili o servicio militar que muchos lograban evitar fingiendo ataques de epilepsia).

En el pueblo había tres jefes, venidos de fuera. Uno era el secretario del ayuntamiento, falangista bueno; otro el médico, liberal y cumplidor al que habían hecho alcalde; el tercera era el cura, tratante astuto y bueno de ganado. Todos los demás eran pasiegos, sin más ideología que las vacas y los prados, sin más política que el corte de la hierba renovada cuatro veces cada año. Volveré a tratar del pueblo, pero antes quiero evocar una experiencia religiosa.

Fui monaguillo con mi hermano mayor. La iglesia había sido saqueada por la guerra y estaba siendo enriquecida con altares que llegaban poco a poco para gozo de las cuatro o cinco familias observantes del lugar, pues las demás no iban a misa, porque, según supe después, el pueblo había sido desde antiguo campo de destierro para curas castigados y la gente se fue haciendo anticlerical. Era una iglesia de pueblo muy pobre en altares y servicios. Ni siquiera había medios para celebrar la liturgia del Sábado de Gloria, de forma que bajábamos temprano a la iglesia de Los Barrios, para bendecir allí las aguas pascuales sobre el mismo río. Aquí vuelve a pararse mi memoria: subíamos del el río con los baldes del agua pascual, fría y gozosa, para encender el fuego en ante el portón, mientras iba creciendo el día. De nuevo en sintonía espontánea con la naturaleza; esta es mi pascua.

Pero vuelvo a la iglesia parroquial. Me esfuerzo y no consigo recordar ninguna celebración litúrgica. Una sacristía llena de cajones viejos de madera esparcidos por el suelo, con las vestimentas para el cura. La luz de las velas, la gente en los bancos oscuros y luego la obligación de estar quietos, de callar y no mirar. El cura era cordial, duramente bueno con nosotros, generoso, pero muy capaz de volverse y pegarnos un sopapo en plena consagración si nos oía hablar más alto.
Hubo un día especial. Por la cuerda que colgaba del techo, sosteniendo la lámpara del Santísimo, bajaba y subía un ratón para beber el aceite sagrado. Mi hermano mayor lo vio primero; observamos y gozamos. Nunca habíamos oído una misa más entretenida.

Evidentemente nos olvidamos de alzar la casulla y tocar la campanilla en el momento de la consagración. El cura se volvió y nos vio riendo, absortos en los equilibrios del ratón que bajaba, bebía y subía por la cuerda. Se oyó el sopapo desde el fondo de la iglesia. Con el ruido se marchó el ratón. Nosotros quedamos en silencio riguroso, sin derramar una lágrima, aunque a veces siento que me duele todavía la mejilla por la fuerza del tortazo. Evidentemente, no le guardamos ningún rencor al cura, que acabando la misa nos dio las dos pesetas de ritual y luego se puso a inventar trampas contras los ratones religiosos.

Retorno al motivo central y descubro otra vez, con cierta sorpresa, que no logro evocar o no conservo ningún recuerdo específicamente cristiano de ese tiempo de mi infancia (entre los cinco y nueve años). Lo que vuelve siempre y llena mis ojos de nostalgia religiosa es la manera en que se unían y rompían la roca y la pradera. Todo era empinado, no podía encontrarse ningún prado liso en el entorno. Ni siquiera un campo de fútbol se podría hacer en aquel dédalo agreste de prados en cuesta y roquedas que se alzaban en picado.

Recuerdo una noche de Navidad. Habíamos salido a correr sobre la nieve antes que tocaran a misa de gallo. Se alzó sobre las rocas de Parracolina una espléndida luna llena que brillaba en las praderas colgadas del cielo, cegando los ojos. Me sentí sobrecogido, muy pequeño y a la vez muy grande. Sé que tuve que pararme para respirar, pisar el suelo, asegurar que todo estaba en orden. No dije nada, nadie se dio cuenta. Quizá todos estábamos transpuestos esa noche de gran luna de la Navidad. Esta ha sido la experiencia "mística" más honda que nunca en verdad he tenido. Era como si el mismo Dios bajara hasta la tierra, llenándola del todo con su luz nocturna: Dios naciendo en la nieve, hecho luna, hecho roca, en el más fantástico y real de todos los posibles Nacimientos; Dios madre querida en la noche de nieve y misterio.

Sé que pronto fuimos a la iglesia, pero no recuerdo nada. Mi misa verdadera del primer canto del gallo de esa noche de cantos, la más honda liturgia de mi vida en la montaña, fue aquel Nacimiento de Jesús en la luz de una luna de noche brillando en la nieve. No solían dejarnos salir a esas horas. Esa noche pudimos caminar bajo la luna, esperando la misa sagrada del gallo navideño. Se apresuró bajo la clara luz, sobre la nieve, entre la sombra de las rocas, el claro sacramento de la noche y celebré como nunca he celebrado el nacimiento de Dios sobre/en la tierra. Sé que sonaron las campanas. Estaban llegando las doce. Después no recuerdo nada. Todo había pasado.

Estas sensaciones no se pueden entender como experiencia del Dios de Jesucristo, el Padre de la pura gracia, el amor creador del evangelio. Pero estoy seguro de que había mucho de Dios en todo aquello. Sin que nadie me hubiera preparado, sin pasar por ninguna larga catequesis, nacía y brotaba en mi vida la experiencia primordial de lo sagrado, como había brotado y brotarán en cientos y cientos de generaciones humanas. Me he/han hecho cristiano más tarde. Nací y sigo siendo pagano en un la raíz de mi existencia.

Era experiencia de admiración. Estaba allí lo divino, no hacía falta demostrarlo. Por encima de todas las razones, antes de toda discusión, expresándose a sí mismo, estallaba sobre el mundo el poder de lo sagrado. Yo no podía disentir: me sentía bien así, yo consentía, como si estuviera naciendo del gran Dios dentro de un mundo enamorado, emocionado en gesto hermoso de participación sagrada.

Tierra-madre, tierra-esfuerzo

He dicho que nacía. Eso significa que el misterio de Dios se iba mostrando en mi existencia como madre. En euzkera decimos Ama-Lur, madre tierra, y añadimos Jaun-Goikoa o Señor del Alto para referirnos a Dios. Las dos realidades se hallaban vinculadas en clara paradoja. En el fondo de todo brotaba sin duda la experiencia concreta de mi amatxu (madrecita) Carmen, nombre que más tarde, al estudiar hebreo, ha vinculado a Jardín (viña) de Dios. Ella era sin duda ese jardín o Tierra Edén donde se cruzan, vinculan y fecundan los símbolos ya vistos de la casa y tierra, del mar y montaña, de la luna en la noche y la aurora.

Era, y sigue siendo, mi madre una mujer de fuerte personalidad. La sigo viendo hermosa, como recuerdan las fotos antiguas y el mismo perfil de su rostro de anciana. Era mujer de cariño protector intenso, con fuerte voluntad de vida y cultura: (Hay que estudiar! repetía, ofreciéndonos a todos el ejemplo de su dedicación total a la enseñanza. Subía cada día hasta la escuela de alta montaña, recorriendo en una hora el camino de la vera del torrente, para bajar a media tarde, rodeada largo trecho de niños que cantaban a corro los deberes o aprendían los últimos detalles del problema ya explicado. Era su escuela un largo cuarto oscuro de cabaña, con troncos de madera sobre el suelo como sillas, con troncos aún mayores como mesas, y sesenta o setenta niños/jóvenes de todas las edades aprendiendo a leer, echar la firma y resolver las cuatro cuentas.

Ciertamente, mi madre ha sido y sigue siendo más que eso, pero a ella la recuerdo como tierra sagrada. De un modo normal, la vinculaba desde siempre con la casa grande de mi abuelo euzkaldún, con los bosques y labranza de mis tíos. Pero también la relaciono desde aquellos duros años con la dura montaña pasiega, con la vida hecha tarea, madre casi viuda, con marido ausente sobre largos mares, desterrada en la alta sierra y sin embargo amiga y señora de los padres y los niños de la escuela. Pero de eso he de tratar después. Ahora sigo con la tierra.
La tierra de mi infancia era lugar donde el esfuerzo parecía natural y necesario. Más tarde he conocido el esfuerzo del deporte innecesario convertido ya en competición, pero el trabajo de la tierra vasca o la pasiega resultaba necesario para producir y mantenerse. Esfuerzo y competición era la vida misma del niño que crecía: aguantar el día entero ante los bueyes cuyo arado tensaba atrás mi tío; acompañar el burro hasta el molino, sosteniendo el saco ladeado, con lágrimas hirientes en los ojos. Trabajo era cargar el maíz en las espaldas y llevarlo de la pieza hasta la casa.

Pues bien, en un momento dado, el día de la fiesta, el mismo esfuerzo duro del trabajo se volvía competición gozosa y ritmo lleno de arte. Nacía así el deporte de baile del dantzari que elevaba el pie sobre su mismo rostro en la anteiglesia de Albizu-Eléxaga; también eran deporte las carreras de pasiegos zancudos en la recta de San Roque, y el juego de los bolos grandes que nosotros niños no podíamos mover con una mano, lo mismo que el jadeo de los bueyes y los hombres arrastrando la piedra mayor del proba-leku de Abadiño.

Nuestra vida estaba llena de deporte, esfuerzo duro, fuerte competencia. Jugábamos a todo: nadando en la presa, corriendo en bici y sobre todo disputando partidos de pelota. Participábamos todos, niños y niñas, en el frontón en la semana, ante la iglesia, hasta que se hinchaban nuestras manos y caíamos rendidos por el suelo. Jugábamos los pequeños y el domingo tras la misa veíamos jugar a los mayores en partidos tensos de silencio y gritos que marcaban con su resultado toda la semana. El mismo trabajo del campo se expandía así a manera de lucha y competencia deportiva. Parecía natural aquella forma de vida que exigía esfuerzo, buscando siempre la victoria pero aceptando igualmente la derrota.

Pienso que aprendí a vivir en clave de competición. Eso es lo que en el fondo sigo siendo: un deportista, alguien que quiere arriesgar y sabe que sólo se puede ganar allí donde puede perderse. Jamás me han gustado las cosas seguras, las imposiciones superiores, las victorias decididas de antemano. En la competición vital estábamos y estamos todos embarcados; no hay lugar para espectadores que sólo miran y deciden las cosas desde fuera.

De un modo especial me han interesado los deportes que destacan el esfuerzo individual y la exigencia de vencer los riesgos de la naturaleza. Pienso que soy un deportista nato: la vida es para mí competición, un juego fuerte en el que debo superarme para conseguir aquello que deseo. Me sigue apasionando la montaña, he coronado en bicicleta casi todas las cumbres del entorno de mi infancia, he nadado alejándome de tierra largas horas, arriesgándome quizá en forma excesiva, he caminado...

En el fondo del trabajo hecho reto he sentido también una especie de experiencia religiosa. La misma naturaleza que antes era madre sagrada se me ha vuelto así campo de prueba. No nacíamos ya hechos; teníamos que hacernos, naciendo del esfuerzo. Por eso, más valor sagrado que las mismas oraciones de la noche que la madre nos hacía recitar al acostarnos han tenido para mí los tensos ejercicios corporales (integrales) que llenaban de sentido la jornada.
No logro recordar las oraciones que rezábamos sin duda por la noche, aunque recuerdo bien el cuadro del ángel de la guarda femenino presidiendo nuestra cama, agarrando nuestra mano y guiándonos seguros sobre un frágil puente de madera extendido entre los lados del barranco. El rezo que conservo, sin embargo, bien guardado en mi memoria es el esfuerzo religioso o deportivo de gran parte de los días de mi infancia: subir al árbol alto, cruzar el río bravo, alcanzar la cumbre de la peña o coronar el puerto tras un duro ascenso en bicicleta.

Evidentemente me guardaba un ángel de la guarda, porque había gran riesgo de barrancos en mi infancia. Sobre la emoción del riesgo vencido se fue tejiendo la trama de mi vida. Sólo arriesgándome sentía mi valor me podía valorar como persona: (Aquí esto yo, lo he conseguido!. Pero también podía añadir (ha estado Dios, estoy acompañado!. Dios aparecía así en la misma rama de mi infancia, como vida del mundo hecha esfuerzo en mi esfuerzo!

Así debo afirmar que el esfuerzo, entendido como trabajo y deporte (competición), ha sido un momento fundamental de mi encuentro con el mundo. Posiblemente iban surgiendo allí elementos nuevos que hoy podría interpretar a modo de transformación (o negación) religiosa. Donde estaba antes la madre iba emergiendo mi yo inquieto. Despertaba mi curiosidad de pequeño héroe que sale en busca de sí mismo, haciendo camino entre los riesgos, superando los "dragones" de un mundo que de pronto empezaba a presentarse amenazante.

Cuento de dragones. Muerte del padre.

Posiblemente, la misma madre tierra me obligaba a cambiar el rumbo. Nadie me lo tuvo que contar, lo fui sabiendo por mí mismo, en proceso de maduración casi insensible. Pero hubo un momento de especial intensidad. Me hizo sufrir, hoy lo recuerdo agradecido.

La Delegación de Enseñanza, de tipo falangista, controlaba la escuela y pedía a los maestros cuentos, dibujos y adhesiones nacionales para sus concursos. Un día mi madre no tenía cuento preparado o juzgaba que eran malos todos los escritos en su escuela. Pensó en mí: (Escríbelo esta tarde, pues mañana tengo que mandarlo!
Me encerré esa tarde, sin frontón ni bicicleta. No pensé en los árboles ni el río. Todo el universo se me había concentrado en un lápiz y cuaderno. Escribí en el cuento mi secreto personal, con las preguntas de mis once años, expresadas en la eterna leyenda que luego he descubierto en muchas culturas de la tierra: Salía el héroe de la casa segura de la madre, llamado por la voz de su destino; sangraban sus manos en duras montañas, cruzaba desiertos, mataba dragones y al fin encontraba en la cueva a la dama, para rescatarle del riesgo de muerte en que se hallaba y así salvarse a sí mismo en el amor de la mujer amada.

Lo leyó mi madre y dijo: (No me gusta! (no vale tu cuento! No sé si lo dijo por ella o pensando en la Delegada falangista. Lo cierto es que dejó es noche sus trabajos, se sentó, tomó el cuaderno y escribió directamente un relato también bello y eterno pero más didáctico y propio de lo que querían las señoras delegadas: Estaba la niña buscando en el prado las flores más bellas; vino su amiguito y dijo te ayudo y luego buscamos juntos mariposas!.... Así seguía la historia de una Heidi ejemplar, convertida casi en maestra de ingenuidad y ciencias naturales. Ese era el cuento que querían en su escuela. Pienso que no era el suyo. Tampoco era el mío. Pero ella tenía que cumplir su función y así me lo indicaba.

Fue una decepción. Yo había escrito para ella; le había contado mi drama, exponiendo en mi vida la vida de muchos muchachos que están rodeados de fuertes dragones y quieren salvar a su dama. Pero ella respondió aquel día: No te había pedido tú cuento, sino el cuento que yo puedo mandar para la escuela. Otro día hablamos de eso, de dragones y doncellas. Sé que me madre tenía razón, que hay que escribir de encargo y decir lo que los otros quieren que se diga. Pero aquel día me hubiera gustado discutir con ella de dragones.

Repensando aquella historia descubro que mi cuento era (y es) machista, en el sentido fuerte: Yo (héroe) debía demostrar mi hombría, enfrentarme a los dragones de la naturaleza dura y realizarme entre los riesgos de la tierra, para liberar de esa manera a la perla amenazada (la doncella). En ese trance estaba, en ese sigo todavía: tengo que salir de la madre buena tierra, luchando con dragones, reales o inventados, para así encontrarme entre los brazos de la dulce doncella que es mi parte femenina o la mujer divinizada que busco de algún modo todavía.

Sé que esta versión machista del cuento era verdad entonces, pero ya no es toda la verdad ahora, pues algo he crecido en el camino de la gratuidad y la nostalgia humilde. No soy el héroe que pensé, no salgo por ahí a liberar doncellas como nuevo don Quijote (aunque es posible que esa vena mane fuerte todavía). Necesita también que ellas, las doncellas, convertidas es mujeres reales, personas concretan, me digan lo que soy y me liberen, como han hecho a lo largo de mis años. Pero en aquel momento la historia de aquel cuento me había parecido importante. Hubiera deseado que mi madre lo reconociera entonces y me ayudara a interpretarlo de otra forma. Lo ha hecho más tarde a lo largo de mi vida y de alguna forma lo sigue haciendo todavía con su sola presencia.

Si mi padre hubiera estado en casa quizá me hubiera dicho (Está bonito, Txabi, pero esa no es tu vida! No todo han de ser dragones y doncellas liberadas en tu historia. Pero él no estaba y mi madre, con otro tipo de sabiduría superior, pensó que la lección me la daría en sí la vida. Ella no era Heidi. Era femenina siendo masculina; también ella tenía sus dragones que matar. Pero me quiso decir que no me apresurara, que la vida iría haciendo su camino; que supiera pactar, que encontraría tiempo y forma de resolver la dura lucha de mi vida, advirtiendo al final que los dragones son quizá fantasmas, molinos de viento y no gigantes deseosos de doncellas. Pero este ha sido un camino largo, un capítulo aún abierto de mi vida.

De la tierra madre al héroe que sabe liberar doncellas: esta podría ser mi primera palabra. Nada había de específicamente cristiano en ella. Todo era normalmente humano, quizá vulgar. Pero ha sido importante para mí. Tuve y sigo teniendo una buena madre tierra, una buena madre Carmen en el fondo de la pelea de mi vida. Por ella he sabido después soy más que un héroe: son un frágil y sensible ser humano al que también ellas, las fuerte doncellas, deben liberar.
Pero sigamos adelante. Yo tendría unos once años; habían levantado en parte la sanción de mi madre, vivíamos de nuevo en Euzkadi y viajaba cada día en el tren desde Abadiño, para estudiar bachillerato en una academia de Durango, con mi hermano, pues no había allí instituto. Es curioso. Al principió me enseñó mi madre o los maestros amigos de los montes de Cantabria, pues la escuela oficial de la plaza del pueblo no funcionaba. Luego me enseñó el cura abulense hecho pasiego o D. José María, director de la academia, antiguo presidiario del penal político de Ocaña cuyos recuerdos evocaba con paciencia bondadosa; más tarde entré convento y estudié en los centros de la Iglesia o en Italia. Nunca he cursado en los centros oficiales del Ministerio español de enseñanza.

Retomo el hilo de la trama. Al mismo esquema de ruptura pertenece la experiencia de muerte. La tuve ya cuando murió mi abuelo materno. Pero yo era más pequeño ()nueve años?) y entendí su duelo casi como algo que está dentro de los ciclos de la vida. Nevaba. No me dejaron bajar al cementerio. Sonaban lejos las campanas; se escuchaban los rezos enlutados de vecinos y parientes en la aldapa. Quedé sólo allá arriba, con el criado de la casa, procurando arrancar nabos de la dura madre tierra, también muerta pero fértil, bajo el manto de nieve.
Después fue muy distinto. Enfermó mi padre lejos (creo que en Sevilla), le trajeron demacrado y la casa se llenó de miedos silenciosos. Fue como una losa de fatalidad: Alguien debería responder y no lo hacía; Alguien tenía que escuchar y luego hablarnos, curando al padre enfermo, pero sólo hubo silencio. Fue el final de la ruptura. Tenía necesidad de mi padre, liberal y amigo, lleno de humor sabio, pero él se iba apagando en su tristeza cariñosa, rodeado del amor impotente de su esposa y de los niños.

Para mí perdieron su sentido los cuentos hermosos, con Heidi y mariposas. Allí estaban los dragones de la muerte y nadie los mataba. Como doncella inerme moría mi padre. Por su parte, la buena madre tierra ocultaba sus ojos, velaba sus pechos fecundos, se hacía madrastra. Si hubiera Dios las cosas tendrían que ser diferentes. Quedé solo, entre dragones.

En el duro silencio sin lágrimas (sentí que alguien me acusaba, diciendo: ¡Muere tu padre y no lloras!) supe para siempre que la travesía sería difícil. Se secó mi primera ingenuidad. No pude llorar ni rezarle al buen Dios de la tierra y de los niños. Sólo sé que no pude rezar. Eso y el silencio vacío es el recuerdo aún no curado de la muerte de mi padre. Le llevaron a Orozko donde su madre (mi abuela) murió a la misma hora; les enterraron juntos y estoy viendo todavía el lugar donde los pusieron; allí esperan la pascua, a la sombra del viejo San Juan (Donibane).
Esa noche dormí sobre el vacío, en un silencio sin lágrimas. Ha quedado en mi vida aquel silencio, me rodean las tinieblas. Iba a cumplir trece años, era en mayo de 1954.

Nadie ha respondido a las preguntas que la vida me estaba planteando. Sólo más tarde, mucho más tarde, sobre el hueco de la tumba de Jesús he presentido el rumor del joven blanco de la pascua (Mc 16,1-8) que decía: (no está aquí, vete a Galilea y allí le encontrarás!. Estoy con las mujeres de la resurrección del Cristo. Ellas me han dicho que que el Señor se acerca, que hay futuro de esperanza en mi camino. Se me había cerrado la ruta de la tierra y la doncella encadenada. Sólo podría responderme el Dios de Cristo en Galilea. Es claro que a ese nivel no podía acompañarme nadie. Estaba condenado (o llamado con amor inmenso) a realizar la travesía de la vida a solas, al menos por un tiempo .