Sábado, 18 de noviembre de 2017

Hydria y Suso, elogio de la librería y del librero

Salamanca pierde un espacio que confiamos lleno de música y letras, y así lo fue durante muchos años, un lugar en el que se remansa el tráfico cotidiano y los libros reverberan con una luz especial

Interior de la librería Hydria

Una vez mi hija le preguntó a Suso por el nombre de la librería, y el librero, este hombre grande lleno de bonhomía, envuelto en el humo de la sabiduría y de la risa constante le dijo que, sencillamente, cuando abrió su librería, le gustó la palabra. Una palabra que siempre evocó para mí agua y luz, la luz que me envuelve cuando me detengo, detenía, buscando entre anaqueles y expositores. “No te lleves ese. No merece la pena”.

La voz que lo sabe consigue que mi magro presupuesto para libros merezca la pena. Sabe que es un botín que cuesta mucho conseguir y que me llevo envuelto en esa dama morada que se sienta en un sofá, emblema de la librería, con el mismo deseo con el que salía de Portonaris deseando pararme ante un semáforo para sacar el libro recién comprado y mirar su portada de nuevo. Carlos Barroso, mi amigo librero de Portonaris, Suso, mi librero de Hydria, Rafa, mi cómplice de Letras Corsarias siempre fueron atinados con sus consejos, sagaces en sus búsquedas y sobre todo, pacientes conmigo y mi pasión por la biografía, por la novela negra y por tirar el presupuesto por la borda. “Llévatelo”, me dijo Suso la penúltima vez que fui a la librería y dudaba ante un libro de la Editorial Impedimenta. “Yo sé en qué casa acabarán estos libros, y eso es una satisfacción” me dice la última vez que entro en Hydria y le miro a los ojos con toda la tristeza de la noticia. Salamanca pierde un espacio que confiamos lleno de música y letras y así lo fue durante muchos años, un lugar en el que se remansa el tráfico cotidiano y los libros reverberan con una luz especial. Libros que hemos amado, acariciado, tomado y recibido más allá de una intercambio económico entre un librero sabio y un comprador enamorado que no es capaz de leer en la extraña página en gris de un libro electrónico.

Sin embargo asistimos al signo de los tiempos, no a la desaparición del libro en papel, sino a un modelo de negocio que requiere de tantos esfuerzos que, al final, no merecen la pena. Sin embargo, como bien dijo esta mañana mi librero “Me siento orgulloso”. Orgulloso de que todos los clientes amigos, amigos clientes pasemos, tristes e incrédulos no a buscar el buen precio de la liquidación, sino a buscar el abrazo, la constatación de que estamos ahí, como siempre lo hemos estado. La columna del debe y el haber no tiene nada que ver con nosotros, los clientes del corazón, suma y sigue del volumen que pesa entre los dedos y que nos ayuda a ser mejores. El libro como descubrimiento, el libro como forma de vida… un librero de casi cuarenta años de librería salmantina creando en sus lectores esa sabiduría que aprendió, como alumno de la facultad de filosofía, José Rodríguez Iglesias, Suso, quien pronto supo que quería ser librero y abrir una librería de lectores para lectores. Su trayectoria, impecable, plena de amigos, de discípulos que aprendieron a ser libreros a su lado, no termina aquí, la hidria griega, ánfora de dos asas para contener agua, sigue plena, llena de afectos y sobre todo, de incondicionales no solo de estos dos hermanos valientes amantes de los libros y de sus lectores. Salgo de nuevo al sol y al tráfico del que sigue llamando mi madre el Caño Mamarón, otra vez cargada de libros, la voz de Suso resonando en las páginas inacabables que le debo. Y sí, es una lágrima.

Charo Alonso

Fotografías: Fernando Sánchez Gómez / Jot Down