Martes, 25 de julio de 2017

Nacionalistas

Sostiene Ernesto que los nacionalistas están enamorados de ellos mismos. Y como todo el mundo sabe, el enamoramiento altera el raciocinio, provoca una distorsión de la realidad y, en muchos casos, ceguera. Esto explicaría, según Ernesto, que los nacionalistas, encantados de haberse conocido, inventen países que nunca existieron y los llamen naciones; hagan suyas las banderas de los vecinos poniéndoles una estrella y nombre propio o, directamente, copien la de un país extranjero, que a fin de cuentas la bandera del Reino Unido “mola mazo”; se apropien de palabras del idioma de “esa gente que ellos desprecian por inferiores”, para designar a la inmensa mayoría de conceptos que en su arcaica y desfasada jerga no tienen, añadiéndoles o cambiándoles algunas letras para disimular el plagio, asegurando que su idioma, que no entienden ni sus hablantes, era la lengua que empleaban Adán y Eva para comunicarse; incluso alardean de sus aburridísimos bailes regionales (cuando no ridículos) creyendo que son la quintaesencia de la belleza, del sentimiento y de la solidaridad. Hago de abogado del diablo y le provoco: Algunos defienden que estos pseudopatriotas montan el tinglado para vivir del cuento. Se equivocan –replica-, fíjese que este enamoramiento llega al extremo de no tener ningún amor por la tierra que les vio nacer; “es un territorio bendito de Dios porque nosotros lo ocupamos” –cuentan a los que les quieren escuchar. Si los cogiésemos y los dejásemos caer en el desierto de Kalahari, por un suponer, a la vuelta de cuarenta años habrían arramblado con todo lo que hubiera de valor en las proximidades y los raposos dirían que su trozo de desierto es mejor que el resto del Kalahari, por lo que querrían independizarse y formar un nuevo desierto ellos solos. Incluso los más enamorados afirman poseer distinta dotación genética que el resto de la Humanidad, tal que hubiesen venido de otro planeta, Tan satisfechos están de sí mismos, (es sabido que no se besan porque “no se llegan”), que viven haciendo un esfuerzo sobrehumano con ese derroche de belleza, inteligencia, fuerza bruta, don de gentes y laboriosidad que hizo Dios con ellos. Sí, reconoce alguno en la intimidad, el Supremo Hacedor se cegó con nosotros para mostrar al mundo su grandiosidad y magnificencia.