Miércoles, 22 de noviembre de 2017

El tren de la niebla

Escribir de los que no están es, sobre todo, un acto de amor, porque las palabras invocan la majestad sutil de los recuerdos, y uno puede viajar igual que cuando era un chiquillo subido en el carro gris de la memoria rescatando voces y amontonando sombras, salvando miradas que, un día, se disolvieron en el fulgor de una tarde evanescente, una tarde impregnada de una extraña luz: la luz que se sube a espaldas del silencio cuando en el campo oscurecen los caminos y el horizonte se va tornando rojo como un zumo de rosas y nombres derrotados por las banderas insomnes de la historia. Ahora, en este momento, miro a Doroteo y observo en sus ojos esa luz casi violácea. Los pastores sencillos, de alma transparente, todos tienen la misma mirada: un temblor de agua que traspasa las cosas sencillas y materiales convirtiendo en sagrado todo cuanto rozan. En los ojos de algunos pastores duerme un ángel con alas de incienso y lágrimas de nube. Ahora mismo lo hallo en los ojos del pastor que tengo ante mí, mientras me habla de su infancia perdida en el monte, o en mitad de la dehesa, trabajando y pasando miles de calamidades. Su santidad no se halla conectada a la cerúlea liturgia de los rezos, sino al amor que muestra a lo sencillo, a la brisa que bate el cielo de los pájaros levantando siluetas de lluvia, antiguas sombras que, dentro de su corazón, se hacen azules y en mitad del invierno vibran y resplandecen ensanchando el alma apacible del pastor.