Miércoles, 26 de julio de 2017

Alma mía gentil

En una librería de Lima, hace unas semanas, pude encontrar un excelente libro, que no me compré. Uno tiene esa tendencia a ver una librería y, sin pensar siquiera, entrar en ella del todo entregado. Qué tendrán las librerías. Pues las buenas tienen libros, aunque sea en liquidación por lo mal que está el mercado. Yo me aculpo por la parte que me toca ya que hice méritos para que me tengan prohibido entrar en ellas, por lo menos en las situadas en un radio razonable… No, no es que me diera por la cleptomanía librera, ni por la violencia gramatical –ni de género, ni de número, ni siquiera de aoristo, que es una de las refinadas-, sino que eso de llegar periódicamente con dos bolsas de libros como si fueran una de patatas y otra de cebollas no caía bien a la administradora de mis bienes, materiales e inmateriales, y me puso una orden de alejamiento. No de ella, sino de las librerías. Sin necesidad de poner por medio a la jurisdicción. Es como Montoro: la que controla mi vida y mi hacienda. A más pequeña escala y con menos medios, pero con gran efectividad. Ya digo, aquí estoy con mi pulsera puesta, que vibra como loca en cuanto me acerco a menos de cincuenta metros de los puestos de libros. Nada de pasar por la Plaza el día 23 de abril, nada de ir a la liquidación de Hydria, motivo de luto y de llanto perenne. Por eso, en cuanto llego a Lima y huelo a librería, no hay quien me pare.

Pero se ve que aún me quedan algunos átomos de racionalidad en activo, y aun entrando en las librerías donde no llega la jurisdicción de mi controladora, uno ve que el libro, por hermoso que sea, está publicado en Madrid, allá en la calle Valderrodrigo, y que con toda probabilidad cuesta el doble de lo debido, por los fletes de transporte, por las tasas aduaneras, y porque el librero peruano ha hecho el criterioso esfuerzo de traerlo a San Isidro, lo cual es lo que tiene más mérito, y no sé qué precio alcanza, pero demuestra un gran valor.  Este último motivo es el que me lanza hacia la aventura: a sacar la tarjeta mágica y acércame, libro en ristre, hacia la gentil dependienta, que con una paciente y leve sonrisa incaica me está esperando junto a la caja registradora. No pesan menos, sin embargo, los argumentos previos. La vida no es tan sencilla y la toma de decisiones no es tan automática para los dubitativos. Así que es preciso traer a colación aquella vieja máxima de que “no se te ocurra comprar libros españoles fuera de España”, como tenaz contrapeso a aquella tendencia inicial e irrefrenable. Por eso me cambié al estante de libros limeños y compré alguna que otra maravilla, que ahora en Salamanca bien podemos considerar de importación.

Los devaneos del cuore son, sin embargo, bastante más complicados. Tener la librería al lado del hotel no ayuda. Y que me hayan organizado las clases de modo alterno: día de clase, día libre, es una descarada invitación al vals. Una de dos, la dependienta debe empezar a hacerse ilusiones, o con mayor razón a sentirse mosqueada, ya que mis visitas van haciéndose habituales, no comprando siempre porque tampoco es cuestión de que amplíen, con toda la razón, el ámbito geográfico de la prohibición que me acecha. Con esas pretensiones de moderación, me dirijo al lugar donde está el libro. Lo ojeo, leo al azar algunas páginas, me cambio de pasillo para comprobar hasta dónde llega el poder de atracción de esta belleza publicada y veo que si fuera uranio estaría condenado ya a una muerte lenta. Me hago el fuerte y resisto como un perro viejo. Triunfo y salgo a la calle arbolada con esa mezcla de triunfo de la voluntad y desesperación del alma. Rendido, en fin. Con la convicción invencible de que quiero ese libro, y que lo quiero ahora. Con mi Pepita Grilla virtual detrás de mi oreja, que con su inconfundible acento zamorano me está repitiendo secamente: “Deja el libro en paz, que no llegamos a fin de mes”.

Y de este modo tan sutil e inesperado, uno que iba a hablar de poesía portuguesa, se ha encontrado con la más prosaica realidad.