Viernes, 28 de julio de 2017

Nuestro ser en el mundo

Estar al frente de una Experiencia Educativa (una asignatura) en la Universidad Veracruzana (UV), México, implica un conjunto de usos y costumbres en diálogo con la tradición y la vanguardia. No representa una práctica aislada en el tiempo y el espacio; no es como una isla en el océano, ni como un oasis en el desierto. En definitiva, no se trata de una cosa fácil.

Hay filosofías que encomian el punto medio entre dos polos. En esa zona intermedia está la clave para entrar en el ejercicio afortunado de toda profesión. El guitarrista —dicen estas filosofías—, no debe tensar en extremo las cuerdas de su instrumento, ni debe aflojarlas demasiado, para producir sonidos limpios. El atleta no debe atar las agujetas de su calzado con excesiva fuerza, ni debe dejarlas flojas, para conseguir un equilibrio entre la comodidad y la funcionalidad.

También he visto que llevan estos ejemplos a escenarios de empresas de largo aliento, donde el sujeto debe administrar correctamente sus energías. Todo esto suena coherente. Tiene su lógica. Apela al sentido común. Sin embargo, deja de incidir en un rasgo único en la construcción de una identidad y un nombre propio: el éxito entre los seres humanos está cifrado en llevar a nuevos horizontes la puesta en escena de las diversas profesiones, y eso no se puede conseguir sin un compromiso y un esfuerzo auténticos.

En «El oscuro hermano gemelo» (dedicado a Enrique Vila-Matas), del libro Ícaro, Sergio Pitol habla de Tonio Kröger, la novela de juventud de Thomas Mann: «La consideraba como una apología de la soledad del escritor, de su necesaria segregación del mundo para cumplir la tarea a que una voluntad superior lo destinaba: “Se debe morir para la vida si se pretende ser cabalmente creador”. [...] Pero el divorcio entre vida y creación que Kröger plantea forma sólo la fase inicial de la novela; el resultado de ese aprendizaje privilegia la solución opuesta: la reconciliación del artista con la vida.» Más adelante, Pitol llama la atención sobre unas reflexiones de vejez del propio Thomas Mann: «Sus páginas autobiográficas muestran el asombro ante su popularidad; la calidez con que se ve tratado por familiares, amigos y aun por extraños le parece no avenirse con la reclusión que le ha sido necesaria para cumplir su tarea.» Es decir, como lo ha dicho desde siempre la sabiduría popular: «Si quiere azul celeste, que le cueste.»

Desde mi punto de vista, la Historia ha dado sobrados ejemplos de esta actitud ante la vida, de esta búsqueda de perfección entendida como el diseño de una nueva realidad. Me parece que resulta suficiente con nombrar a un Alejandro Magno, o a un Cervantes, o, acercándonos en el tiempo y el espacio, al mismo Sergio Pitol. Estas coordenadas enmarcan el sino de la labor docente.

El profesor también muere a la vida para ser cabalmente un profesor, aunque tal actitud por partes iguales lo reconcilia con el mundo y lo reviste de estima ante su colegio académico, familiares, amigos y aun extraños. Una profesora de la Facultad de Letras Españolas de la UV me dijo hace poco: «Juan Ángel, yo me desvelo mucho, más de la cuenta, por la preparación de mis clases.» No recuerdo qué le respondí, pero sí tengo presente lo que pasó por mi cabeza: Lo creo, profesora: en mi generación, todos hablaban maravillas de Ud.