Sábado, 23 de septiembre de 2017
Bracamonte al día

Aquel encuentro con Alfonso Navalón y Wences Moreno

Hace 24 años, el ventrílocuo peñarandino y el crítico taurino coincidían en Alba de Tormes bajo el interés de quien narra la historia de este encuentro

Han pasado veinticuatro años desde aquella primavera de 1993 que acompañé a Alfonso Navalón hasta Alba de Tormes para cumplir el sueño de entrevistar a Wences Moreno, al señor Wences –así se anunciaba en las mejores carteleras del mundo-, el extraordinario artista peñarandino de relevancia mundial. Previamente quedo con el genial crítico en La Fuente de San Esteban y en su viejo Rover, que estaba lleno de abollones y al que sonaban todas las tripas, nos presentamos en la villa ducal. La mañana estaba soleada y aún faltaban varios años para la irrupción de la telefonía móvil y la magia de internet, por lo que hubo que llamar la noche antes al genial ventrílocuo para confirmar el lugar y la hora. Como hacía con todas las visitas los citaba en el hotel Benedictino, el establecimiento donde fijó su residencia desde que eligió a Alba de Tormes para el descanso en sus regresos de América. Allí nos recibió y tras dar un abrazo a Navalón enseguida estrechó su mano, huesuda y blanquecina, con la mía.

Del señor Wences llamaba la atención su agilidad, impropia de quien iba a cumplir el siglo de existencia, al igual que la lucidez mental y alegría con la que afrontaba cada jornada, algo patente nada más salir a la calle y responder a los gestos de cariño que le tributan los albenses; al igual que la chavalería, que apeada de cualquier timidez le sugieren que les haga un truco. Nadie diría que entonces ya había cumplido los 97 años, pero sobre todo uno tenía la sensación de estar al lado de un hombre de otro mundo, de alguien que rompía con el tópico del charro de siempre, incluso de los viejos indianos que regresaban y parecían los protagonistas de las antiguas películas en blanco y negro. Vestido de manera elegante, con un pantalón a cuadros que hacía juego con una americana y unos zapatos de charol blanco, el señor Wences cautivaba por su rica conversación y estar pendiente de todo lo que ocurría en Salamanca, “aunque con casi una semana de retraso me llega todos los días ‘El Adelanto’ y así sé todo lo que ocurre”. Con Alfonso Navalón habla de toros y uno enseguida advierte que el ventrílocuo es un enorme aficionado, por lo que me atrevo a preguntarle por la cuestión: “De niño descubrí en Salamanca mi pasión por los toros; de entonces poca gente sabe que mi primer trabajo fue el de pintor y la mayoría de los números de la plaza de La Glorieta las he pintado yo. Allí, en La Glorieta, descubrí a Gallito, al gran Joselito, el más colosal que vieron mis ojos y después he sido muy amigo de muchos toreros; ahora lo soy de Santiago Martín ‘El Viti’ a quien tanto quiero; de Jumillano –lo vi triunfar en México-; de Victoriano Posada, con quien me carteó frecuentemente y de mi gran amigo Flores Blázquez, cuya amistad se afianza al ser de un pueblo cercano a Peñaranda y conocerse las familias. Tampoco me olvido de Ordóñez, de Camino y de Andrés Vázquez con su forma de lidiar”.

La charla era admirable y, en esos momentos, uno no tenía constancia de que esa sería una de las últimas entrevistas realizadas por el genio. La de alguien que siempre vuelve al abrazo de su querida tierra, “llegué a Alba de Tormes por sugerencia del torero Flores Blázquez. Él es sabedor de mi afición a la pesca y a la tranquilidad que necesito. A esa soledad necesaria para relajarme. Coincidiendo que él pasaba aquí una temporada ante sus compromisos de mayor responsabilidad vine a visitarle y me prendé tanto de este sitio que ya decidí establecerme en él. Desde entonces nunca fallo y en este pueblo me siento muy querido y además tengo muchas amistades. También voy a Salamanca con frecuencia y me hospedo en el Gran Hotel, donde tengo reservada una habitación”.

“En Salamanca encuentro la paz y me identifico con toda ella”

El señor Wences es un sinfín de anécdotas, a cual más graciosa, “en 1934 me fui a actuar a Argentina y en el regreso, encontrándome en Puerto Rico esperando para tomar un barco, observo a un individuo que no deja de mirarme, pensaba que se trataba de un policía. Al rato se me acerca y me pregunta en perfecto castellano si soy artista y se lo afirmo. Entonces el hombre, que era promotor artístico, me ofrece ir a actuar a Norteamérica y le digo que si, brindándome la oportunidad de debutar en el barrio de Harlem y así pude ganar mi fama abriéndome las puertas de los mejores escenarios. Dos años después estalló la Guerra Civil en España y, aunque en esa época actué en Londres –donde el embajador, que era el Duque de Alba me reguló el pasaporte, que estaba sellado por la República- y París, ya me planteé que no volvería a España hasta que tuviera suficiente dinero y popularidad. Lo hice en 1948, después de haber actuado para varios presidentes de los EEUU y gozar de máxima fama; entonces me traje un Chevrolet que casi no entraba por las calles de Peñaranda. Cuando lo aparqué al lado de nuestra casa se organizó una auténtica algarabía de gente que venía a saludarme, lo que causó sorpresa a un forastero que preguntó a una vecina si aquel acontecimiento era alguna boda y esta le dijo: “No, es que ha venido el hijo de la señora Josefa, que dicen vive en América y se ha hecho muy famoso porque habla con el estómago”; el forastero, tras observar un rato, contestó, “pobre hombre, con lo joven y guapo que es y hablar así, ¡qué desgracia!”.

A América llegó en 1934 y en España se conocía de sobra su nombre, “empecé aquí en Salamanca y actué en muchos pueblos; luego en las ferias de septiembre lo hice en ocasiones con mi hermano Felipe, que era también un excelente ventrílocuo; después en 1924 empecé en el circo Price y trabajé al lado de las principales estrellas de entonces, siempre buscando más, porque el éxito de un artista es la capacidad y la constancia, sin dormirte nunca, porque entonces te quitan el sitio. Jamás puedes aburrir al público, de hecho mi éxito es la innovación, que es la que lleva la sorpresa al público. Por esa razón las mejores televisiones de América se rifan mi presencia y no dejan de dirigirse a mi representante, cargo que desempeña mi mujer, Natalie Cover”. (Wences Moreno se casó por primera vez con Esperanza Martín, con la que tuvo dos hijos. El progenitor es un importante arquitecto establecido en Chile; la otra hija murió a temprana edad. Un afamado familiar suyo es el también ventrílocuo José Luis Moreno, hijo de una hermana).

Salamanca es su tierra y no se harta de presumir de ella, “es mi querencia, mi raíz, el sitio donde nacieron mis sueños. Todos los días hablo de Salamanca y al marchar ya pienso en el regreso, pero claro debo volver para trabajar y ganar un poco más de lo que gasto, que es mucho. En Salamanca encuentro la paz y me identifico con toda ella, con la Plaza Mayor, la Catedral, sus calles alegres; mi Peñaranda o la Alba de mi retiro”. El señor Wences destila salmantinismo y cautiva en el momento que, junto a Alfonso Navalón, se pone a recitar poemas de Gabriel y Galán. ‘Mi vaquerillo’, ‘el embargo’, ‘el ama’, “para mi Gabriel y Galán es Salamanca y quien mejor la plasmó. Lo siento muy dentro de mí y en todos mis viajes siempre acudo un día al cementerio de Guijo de Granadilla para llevarle flores a su tumba. Le guardo una inmensa gratitud por lo mucho que me ha enseñado su poesía y es que, además, al leerla me devuelve a los años de mi niñez”.

Navalón y Wences son amigos desde hacía casi medio siglo. Ambos recuerdan como prendió la llama justamente desde que el genial crítico era estudiante de Derecho y respiraba aires de libertad gracias a la tuna y también a los toros. Su amistad nace una noche mientras rondaba y descubre en la Plaza Mayor la fina silueta del señor Wences marchando hacía él para saludarlo y tribularle su admiración, a la vez que en señal de respeto y admiración le puso la capa para invitarlo a ir con ellos, algo que aceptó el grandioso ventrílocuo.

“En América alterno mi residencia entre Nueva York y Los Ángeles”

Horas después al despedirse y sabedor de la afición taurina del genial artista le indicó que el día siguiente iba a torear a la ganadería del Marqués de Bayamo –por tierras de Sancti Spíritus- y sería un placer que lo acompañase. Wences Moreno no solo aceptó, sino que fueron en su vehículo americano despertando la admiración por cuantos lugares pasaban y además de disfrutar de una gran tarde, al finalizar Navalón lo llevó a su casa familiar de Fuentes de Oñoro para conocer a su familia. En el hogar, mientras la madre pedía disculpas por no tener nada preparado, el señor Wences no dejó de piropear la exquisita matanza familiar, que a su decir nunca comió ninguna semejante, algo que siempre le recordaba a Alfonso en los encuentros entre ambos.

La charla es deliciosa y el gran Wences Moreno habla de dinero, “es que yo he sido muy gastoso y por eso siempre he tenido que preocuparme para que en las épocas de menos producción artística no tener problemas, ni tampoco privaciones. Por eso monté el mejor bar de Estoril y le puse el nombre Gallito, en honor a Joselito, que ha sido mi torero. A ese bar iba mucho don Juan de Borbón en la época del exilio en Estoril y siempre que acudía pasaba largos ratos con él; también soy amigo de su hijo, el Rey Juan Carlos. Cuando estoy en América alterno mi residencia entre Nueva York y Los Ángeles, donde también poseo otra mansión y varias inversiones. Cuando me preguntan si quiero jubilarme siempre digo que lo estoy, porque trabajo en lo quiero y los días que me apetece”.

Tras pasear por el dédalo monumental de las calles de Alba de Tormes, bajar hasta los aledaños del puente dejando atrás la inacabada basílica y varios figones que tienen el reclamo de sus exquisitos peces fritos, desandamos el camino y al rato alcanzamos las puertas del hotel Benedictino, allí el gran Wences Moreno nos acerca hasta el cuarto donde guarda sus cosas de pesca y resulta alucinante descubrir aquellas cañas, carretes, boyas… que se traía de América y aquí parecían de ciencia ficción.

Alucinados aún ante aquel lujoso material deportivo salimos a la calle y, bajo los soles de la primavera, se sella la despedida con el gran Wences Moreno, con el señor Wences, con un abrazo antes de tirarse a su cuarto. Nosotros subimos al viejo Rover de Navalón para regresar y al dejar atrás Alba de Tormes uno tiene la sensación de haber vivido unas páginas para el recuerdo en la carrera profesional. Después el tiempo lo corroboró.

Por Paco Cañamero