Martes, 26 de septiembre de 2017

Tres monos contra los cenizos

 

     Acabo de oír en la radio de madrugada una afirmación tan lúcida que me he levantado de la cama para contarlo y poner aquí este artículo en lugar del que tenía previsto. Entrevistaban a uno de los propietarios (dos jóvenes cocineros gallegos, primos carnales) del restaurante Nova, de Orense, que ha sido distinguido con una estrella Michelín. El locutor comenta que tuvo mérito abrir un negocio cuando más aguda era la crisis, y el cocinero le contesta que, en efecto, a comienzos de esta década el panorama que pintaba todos los días la televisión era terrible, pero "nos pusimos a trabajar tantas horas que dejamos de ver la tele, y para nosotros se acabó la crisis". Esta afirmación contiene en pocas palabras dos de los fundamentos del éxito, la felicidad, la autorrealización o como quieran llamar ahora al bienestar los nuevos filósofos de todo a cien. El primer fundamento, el trabajo. El segundo, el sentido positivo de la vida. No es preciso pecar de optimismo irracional; basta con huir de las visiones negativas, las malas influencias y el pesimismo. Era lo que propugnaba una rama japonesa del budismo simbolizada por los tres monos de la sabiduría que se tapan los oídos, la boca y los ojos: «No ver el Mal, no escuchar el Mal, no decir el Mal». Por desgracia llevamos muchos años de pesimismo político inducido. Lo podemos constatar a diario; ahora mismo sin ir más lejos, las televisiones ofrecen reportajes de playas atestadas de veraneantes, restaurantes y chiringuitos a rebosar, fiestas tradicionales, conciertos, gente que viaja, pasea, baila, consume y disfruta de paisajes extraordinarios, buen clima y compañías agradables... Y unos minutos más tarde las mismas pantallas de televisión son ocupadas por ciertos cenizos –y no sólo de extrema izquierda– que so pretexto de que hay gente pasándolo muy mal (¿cuándo no la ha habido?) quieren convencernos de que este país es una ruina, el pueblo se arrastra deseperado por el barbecho y, ya que rima, no existen ni el dinero ni el derecho. Y no; no me refiero al viejo aforismo de ojos que no ven corazón que no siente, sino a que conviene huir del negativismo asfixiante para no contaminarse. Porque todo se pega, menos la hermosura.

Ilustración: Esculturas de Hidari Jingorō (siglo XVII) en el santuario Toshogu (Nikko, Japón)