Sábado, 18 de noviembre de 2017

Hydria

La foto, de 2006, me la mandó Pablo E. Martín, mi hermano.

 

Un abrazo para Suso y familia. Y para todos los que fuimos/seremos parte de la familia de Hydria.

La vez que más cerca he estado de ser profeta en mi tierra –más allá de vivir en las estanterías de algunos amigos y de que poemas míos salgan, con música, en los conciertos de Godaiva– fue cuando, tras publicar mi primer libro, aquí en México, Suso lo puso en el escaparate de Hydria… Y lo tuvo en la librería, por supuesto.

Por la facilidad de comunicarnos que hay ahora, mi hermano me mandó una nota el lunes por la que supe que Hydria tenía 38 años, más joven que yo, y que ahí se va a quedar… En la edad, digo, porque la nota avisaba que empezaba la “Liquidación por cierre”.

No sé si sea signo de los tiempos, o de la edad, o culpa del e-book; parece que ir a una librería, de las que tenían librero y no dependiente, no es algo muy atractivo en estos tiempos.

No voy a llorar por ello, pero sí a ponerme nostálgico, porque me da la gana y porque quienes ahora imponen criterios tarde o temprano llegarán a la nostalgia y, al paso que van, no sé qué van a tener que recordar si mucho de lo de hoy son remakes de anteayer.

No sé si cierra por la crisis o por la edad de jubilación, pero la noticia me llevó a las épocas universitarias, a finales de los 80, cuando casi casi las librerías eran como equipos de fútbol; unos eran más de Portonaris, otros de Víctor Jara, otros de Hydria… Había algunos de Plaza, pocos de Cervantes –la frase “mira a ver si en Cervantes” era común entre nosotros cuando no encontrábamos algo en “nuestra” librería–.

Pilar y yo llegamos juntos a Hydria, con alegría y por Alegría; amiga que nos presentó a Suso, su vozarrón y sus descuentos (éramos estudiantes, coño, había que mirar la peseta, entonces era la peseta). Se volvió sitio de visita, de charla, de gasto.

Desde que vivimos en México, era visita obligatoria cuando vamos a Salamanca…

La vi crecer, cambiar, adaptarse. Hacerse mayor pareciendo más joven; la última vez hasta me tomé algo en una presentación.

Nunca pensé que fuera la última vez.

Hoy despido a Hydria y la veo como metáfora de mi Salamanca: un montón de recuerdos debajo de unas piedras que, aunque sé que han aguantado milenios, se van volviendo ajenas.

Cuando vuelva a Salamanca, cada vez tendré menos sitios a los que ir; los paseos serán sin rumbo fijo y cada vez más llenos de “aquí estaba…” y recordando momentos, personas, tiempos, porque los lugares ya no serán los mismos.

Me gusta recordar, por lo que esa melancolía es parte del paisaje y, como, yo soy el que se fue, hay que aceptar el cambio como ley de vida.

Va de vuelta el abrazo de papel. Hasta siempre.

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