Viernes, 22 de septiembre de 2017

Cuncta fessa Todo el sistema estaba cansado

 

Son preguntas que muchas veces en la historia se han hecho los observadores de la realidad. Miras a un lado y te dices: ¿Cómo tal personaje ha llegado tan alto? Y mirando algo más allá: ¿Qué ha pasado para que un/a mal/a concejal/a suba hasta el sillón de esa alcaldía? Y repasando un nombramiento: Con ese perfil personal y profesional, ¿cómo es posible que se haya alzado hasta el primer puesto? Y repasando novedades: Conociendo su valor político, ¿qué increíbles circunstancias se unieron para que gentes de medio gas hayan subido tan alto y a tanta velocidad? Y muchas preguntas así. Y pueden hacerse en todos los campos desde la Política hasta la Banca, desde la Iglesia hasta el Fútbol, desde el Arte hasta la Universidad y etcétera. Viejas preguntas.

 

Tácito fue, y es, un historiador fino y crítico que va más allá de la apariencia de los hechos. Estamos en el año 27 a.C. y Augusto acaba de recibir ese título y queda convertido en el primer emperador romano; él, Octavio, un medio advenedizo sin perfil ni prestancia alguna. Sólo cuenta a su favor que es el sobrino preferido de su tío, el César asesinado. Por eso Tácito se pregunta en la primera línea de sus Anales (1, 1) cómo un personajillo así ha podido llegar a la cima del poder romano…

Y responde: (O. C. Augustus), qui cuncta discordiis civilibus fessa nomine principis sub imperium accepit… (la cursiva es mía):  y resume con rigor los avatares del hundimiento de la República desde que César pasa el arroyo del Rubicón (el 11. I. 49  a. C.) y se juega a los dados (¡alea iacta est!; lo dijo en griego: ¡ανερριφθω κυβος! ) el control de Roma. En cierta ocasión Rosa Montero hacía una reflexión muy interesante aplicando el “cuncta… fessa” (“todos están cansados”, traduce, o interpreta, ella, masculinizando el neutro latino) a la situación actual. Tan interesantes son estas dos palabras que cualquier buscador de Internet ofrece para ellas más de 30.000 entradas, aun sabiendo lo relativas que son esas cifras.

Sin corregir a nadie y menos a Rosa Montero, añado yo que Tácito, ajustado y lúcido como quizás nadie en su campo, se pregunta (¡sin osar decirlo, claro!) cómo es posible que se llegara al extremo de que todo el poder del Estado romano viniera a las manos de ese chiquilicuatre de Octavio.  Y en dos líneas marca los escalones hasta el precipicio: Julio César, Pompeyo, Craso, Antonio, Lépido y… Octavio. El hundimiento estaba anunciado. Y no lo salva el populismo (nunca mejor dicho que aquí) de Julio César ni el de Antonio; y tampoco lo detiene el poder patricio y tradicional de Pompeyo ni el de Lépido ni los grupos antisistema conjurados con Catilina y menos aún los restos de la derecha conservadora que había capitaneado el asesinado Cicerón. Y menos aún el fulgor pasajero del poder económico de Craso con el interesado apoyo de los ricos de la Roma de siempre. “Cuncta fessa” (¡neutro plural!), todo y todos estaban cansados: la gente y los soldados, los escritores y los sacerdotes, los políticos y los gestores de la administración; el mismo sistema republicano estaba agotado. Era como la llamada fatiga del cemento, que si llega se arruina todo. Y eso pasó con la república romana. Y no lo contradice la buena suerte que Augusto trajo por muchos años al Imperio.

Todo (“cuncta”) estaba ya probado en tan sólo 22 años (del 49 al 27 a.C.) con alianzas y traiciones, con palabras vanas y altas promesas, con giros a la izquierda y con saltos a la derecha, con golpes de estado y con fiebres democráticas, con aclamaciones y con defenestraciones, con juicios y condenas, hasta con guerras civiles por medio… donde el pueblo romano muere y sufre y se arruina sin que a él le vaya nada en esos envites bélicos, imperiales o republicanos. Y así, remata Tácito, “cansado y agotado todo el sistema por las discordias civiles”  vino a parar todo el poder a las manos de Octavio. Y el que era sólo “octavius” (el ordinal algo sugiere, como siempre) acaba siendo Cayo Julio César Octaviano Augusto. Ahí es nada, el primer Emperador.

Y donde dice “emperador” puede ponerse presidente, director, senador, fiscal, o simple concejal o párroco o jefe de partido o cosas así… Habrá otras razones pero da la impresión de que hoy también estamos todos ya bastante cansados y están también cansados el sistema mismo que nos sostiene y las administraciones que nos lo gestionan.

Efectivamente, se nos nota, estamos fatigados. Cuncta fessa, según Táctio, también hoy. Cansados de política y de partidismos, de intereses y de corrupción, de ambiciones y luchas internas, de medianías y de incapacidades, de compraventa de casi todo y de posverdades para medrar y cien mil cosas más que nos agobian diariamente con su peso. En estas circunstancias cualquier corredor bien colocado asciende a los primeros puestos en volandas de cansados, indignados y hartos de todo tipo, clase y condición. Ley de vida desde siempre.

Demasiado cansancio acumulado… para que no sea peligroso. La historia se repite.