Lunes, 25 de septiembre de 2017
La Sierra al día

Invitada de honor en Escurial de la Sierra

ESCURIAL DE LA SIERRA | La parroquia local acogió la representación del grupo de teatro Lazarillo de Tormes

Dos años después de visitar este pueblo enclavado en el paraje natural de Las Quilamas, el grupo de teatro Lazarillo de Tormes vuelve de nuevo para celebrar con sus vecinos la inauguración de su Plaza. Su obra de teatro “Teresa, la jardinera de la luz”,ha sido el broche que se han regalado en esta localidad para celebrar el acontecimiento. A pesar del tiempo transcurrido desde su estreno en el 2015, sigue suscitando un interés notable, que se pone de manifiesto al comprobar que muchos espectadores que ya la conocen, quieran volver a verla.

Este maratoniano fin de semana, con actuaciones en la capital salmantina en la jornada del viernes, y Linares de Riofrío en la del sábado, acaba para Lazarillo de Tormes a los pies del Pico Cervero, del que es término Escurial de la Sierra, sin abandonar esta comarca, a la que La Sierra de Francia da nombre, y donde llegó ayer entrando por “la puerta” que es Linares. La emoción que se produce en cada una de las actuaciones es irrepetible, como irrepetible es cada una de ellas, pues tanto actores como público “reincidente” confiesan encontrarse ante algo único porque la reciprocidad de sentimientos entre ambas partes llega a resultar evidente. Así los vecinos de Escurial que asistían a verla de nuevo, creyó encontrarse ante algo distinto de lo recordado.

El texto de la obra, que como es bien sabido elaborara Denis Rafter, es el mismo, escrito en sus comienzos con la colaboración de todos los actores de Lazarillo. Está engarzado con los acontecimientos más señalados de la vida de Teresa de Jesús, donde no faltan datos concretos de la historia, política y sociedad del momento, junto a los pensamientos, palabras, epístolas y poemas de Teresa que nos han llegado y que han permanecido en la memoria popular. Lo mismo sucede con las canciones renacentistas, cuya elección ha sido de lo más acertado. Lo que hace distinta a esta obra de teatro, que en nada se aparta de los datos objetivos y personales que acompañan a la carmelita, es la perspectiva con la que se nos presenta, y que nos hace descubrir una figura que creíamos conocer. Estamos ante una mujer, por encima de todo. Esto hace verosímil lo que sobre ella se dice, porque “la santa” fue un ser humano como cada uno de los que han conocido su historia.

Nada mejor pues, que el altar de una iglesia para contarla. Primer escenario natural para la puesta en escena de representaciones religiosas, que más tarde dejaran también cierto espacio a las profanas, en “Teresa, la jardinera de la luz” se produce una fusión inseparable entre ambas, por lo que de espiritual lleva consigo el personaje, y ante todo por la carga humana que el montaje desprende. Desde los diálogos, que van de lo más cómico a lo más dramático y profundo, pasando por el austero vestuario, propio de la época a la que nos sentimos transportados inmediatamente, el texto nos llega con soltura y nos convierte en testigos mudos de una situación de la que nos parece estamos formando parte. Nuestras propias emociones se proyectan sobre la escena, y la fuerza de tantas vidas que por la iglesia han pasado, parece emanar de las paredes.
Esta fue la idea que impulsó al productor Javier de Prado a contemplar como el mejor de los espacios escénicos para la obra, el que ofrece cualquier altar, y que pone al teatro al alcance de todo el mundo, pues cualquier localidad puede ofrecer su parroquia para convertirla en un teatro gratuito. La singularidad indiscutible de “Teresa, la jardinera de la luz”, proviene pues, de todos estos factores, a los que hay que añadir la calidad interpretativa de Lazarillo de Tormes que mediante bellos cuadros escénicos y una fuerza y credibilidad notable en sus personajes, logran abstraernos de nuestra realidad para situarnos en la del XVI de Teresa.

Aunque perteneciente todavía al Campo Charro, esta localidad salmantina de Escurial se encuentra entre los pueblos apodados “de la sierra”, porque ante ella se extiende la de Las Quilamas con el Pico Cervero como oteador forestal, pues en él se ubica un puesto de vigilancia de incendios. Quizá el nombre de este pico provenga del antiguo nombre de la mitología griega, Cancerbero, que era el perro que guardaba el Hades, es decir el fuego del mismísimo infierno. Cuando dentro de la sencilla iglesia de santa Marina comienza “Teresa, la jardinera de la luz”, los asistentes ven subidos a un púlpito a un dominico empeñado en enviar a nuestra monja a las mismas llamas del infierno previo paso por las de la hoguera inquisitorial. Dos posiciones enfrentadas, la del Pico Cervero y la del religioso subido al púlpito, Con sus contradictorios nombres, dada la finalidad de sus misiones: Un guardián del infierno que cuida la naturaleza del fuego, y un padre de la Iglesia que quiere llevar a una monja devota de Dios a las llamas de la hoguera. Pero como en la Naturaleza que también rodea a Escurial, lleno de robles, encinas y castaños, y otras muchas especies arbóreas, un grupo de hermanas carmelitas, también diferentes pero pertenecientes al conjunto de un mismo bosque, defienden tenazmente todo su entorno que ha crecido a la luz de la jardinera que es Teresa. Ellas son las semillas surgidas con la energía, que por medio de sus palabras consigue reducir a simple humanidad no sólo a su madre, sino también al poder que representa el hombre que las amenaza.
La historia tiene sus raíces en cada lugar y persona a las que llega. Hubo un rey castellano del siglo XIV, Alfonso XI, nacido en estos parajes de Escurial, que en un Tratado de Montería daba Constancia de ellos. No podemos olvidar estas huellas de la Historia que hacen visibles a lugares y gentes que viven su vida orgullosos de su origen. Son otras “plazas” pequeñas que tienen su protagonismo si no caen en el olvido de la memoria de los tiempos. Y no hay mejor eternidad para el hombre que la que permanece en la memoria del hombre, grande y sabia en su debilidad como lo fuera Teresa de Jesús. Dicho con los versos del inolvidable escritor, Félix Grande, también vecino de Escurial, y que dio nombre en sus últimos tiempos a las Escuelas del pueblo: “…pero las palabras grandes y los sentires bellos son, como Dios, eternos y no tendrán fin”.

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