Jueves, 17 de agosto de 2017

Barcelona 92 contado a los que no lo vivieron (II)

 

UNA FLECHA DE FUEGO PARA ABRIR LA FUNCIÓN

Las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos concitan millones de espectadores en todo el mundo, sentados ante la televisión como yo aquel sábado 25 de julio de 1992. Era mi primera ceremonia y, aunque he visto fragmentos de alguna otra después, de la barcelonesa no perdí detalle. Vuela la Patrulla Águila, suenan los himnos catalán, español y olímpico, se baila sardana y se levantan castells, no falta el folclore andaluz incluso a caballo, tampoco las tamborradas aragonesas ni las bandas valencianas, y la Fura del Baus va vertebrando todo. Cantan Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras, Teresa Berganza y Montserrat Caballé. El entonces Príncipe Felipe enarbola la bandera española y la infanta Elena no contiene el llanto. Se jura fidelidad al espíritu olímpico, se iza la bandera de los cinco aros, y antes de que los fuegos artificiales pongan la guinda, el fuego de Olimpia, el que había desembarcado en Ampurias cinco semanas antes y recorrido España (se echó de menos su paso por Salamanca), pasa, con asistencia de Epi, de la antorcha al pebetero a través de la flecha certera de un arquero paralímpico, Antonio Rebollo. Aterrizara o no en el lugar exacto, el caso es que nos lo pareció y fue una genial manera de iluminar Montjuic y dar comienzo a la función.

 

Rebollo dio la señal y, como cada cuatro veranos, millones de personas nos interesamos, de repente, por el lanzamiento de jabalina, los ejercicios en barras asimétricas o el levantamiento de halteras. A cada generación le ocurre en un momento y a mí me sobrevino, sin haber cumplido los diez años, cuando los Juegos los acogía mi país. Cinco lustros más tarde aún no tengo nada claro qué circunstancias llevan a un árbitro de hockey sobre hierba a señalar penalty-corner o a un juez de judo a determinar ippon, waza-ari o yuko, que el koka ya nos lo quitaron sin tenerlo aprendido. Más dudas aún me suscitan las centésimas de la gimnasia o la sincronizada, que eso sí que es cuestión de fe.

 

Por eso, cuando el verano no es olímpico, cuando todavía faltan tres para Tokio 2020, que incluso se nos presenta en intempestivo horario matinal, se echa aún más de menos la magia de Barcelona, las tardes maratonianas de partidos, carreras, regatas, repescas, rondas, relevos, combates… y las competiciones y repeticiones nocturnas que refrescaban el cálido tránsito de julio a agosto en 1992. El día de San Lorenzo fue trágico porque ya no desayunabas, comías, merendabas y cenabas en la misma mesa que María Escario.