Miércoles, 26 de julio de 2017

Rilke en la peluquería

Rilke, escritor

Lo narra Carl Jacob Burckhardt (1891-1974), en un delicioso texto, titulado “Una mañana entre libros”. El hecho ocurrió una mañana de invierno de 1924 en la ciudad de París.

            Rainer María Rilke, el escritor checo-alemán, uno de los más decisivos poetas contemporáneos, fue a una peluquería parisina –recordemos que, durante un tiempo, fue el secretario del gran escultor Auguste Rodin–, cerca de la Madeleine, a hacerse rasurar a barba.

            Cuando entró a tal establecimiento Carl J. Burckhardt a que le lavaran la cabeza, escuchó una discusión. Uno de los peluqueros, con gran vehemencia, decía:                 “–¡Caballero, eso lo dice cualquiera!”, a lo que añadía en su creciente exasperación: “¡si hasta ha pedido loción Houbigant!”.

            Rainer María Rilke había olvidado la cartera, en el hotel cercano en el que se alojaba entonces, el hotel Foyot. Les dijo a los peluqueros que iba al hotel a buscarla y regresaba enseguida para pagarles. Asegurándoles: “–Llamen ustedes, les prometo que soy… el poeta Rainer María Rilke”. A lo que contestó el peluquero que llevaba la voz solista: “–¡Eso lo puede decir cualquiera, no lo conocemos de nada!”.

            Burckhardt, que conocía bien a Rilke, apaciguó la situación, al indicar: “–¡Yo me hago cargo de la factura!”. Una vez que Burckhardt terminó de que le lavaran la cabeza en el establecimiento, recorrieron juntos diversos ámbitos de París, en un itinerario que los llevó del Palais Royal al patio del Louvre, para derivar hacia los puestos de libros de la orilla izquierda del Sena (los bien conocidos buquinistas), terminando en una librería de lance, regentada por un viejo librero, Augustin, en la que van dando un repaso a ediciones antiguas –de las que el librero poseía ejemplares– de poetas y escritores franceses, que van desfilando, a modo de rosario, –Ronsard, Racine, La Fontaine (de cuyas fábulas se hacen preciosas observaciones), para derivar en el escritor germánico Hebel.

            Es un breve el de Burckhardt (de apenas cincuenta páginas), en el que se nos va un valiosísimo testimonio sobre una mañana en la vida del gran Rainer María Rilke, en el que se nos espigan sutilísimas y geniales observaciones del poeta checo-alemán sobre libros, autores, sobre Europa, y en el que, también, advertimos la radical anonimia social en la que vive el creador contemporáneo, en una sociedad, como la contemporánea europea, que ha vuelto la espalda a la cultura y que está volcada hacia el interés y el beneficio, tendencia que hoy ha llegado a su extremo.

            Al hablar Burckhardt de la “ingenuidad de lo racional” –en el ámbito de la conversación que va sosteniendo con Rilke, mientras caminan–, el poeta replica: “Me gusta esa idea, y querría profundizar en ella; creo que eso es exactamente lo que me produce una especie de felicidad cuando vivo en esta ciudad; y quizá consista en eso uno de los valores europeos más altos. Ya lo tuvieron los griegos. Pero qué frágiles son y qué amenazados están esos valores.”

            Rilke ya percibe, en 1924, que los más grandes valores europeos son muy frágiles y están muy amenazados. Como hoy. Porque el proyecto civilizador de Europa, que cuenta en Rilke con una de las figuras contemporáneas más emblemáticas, está siendo minado también desde dentro de la propia Europa, a la que, desgraciadamente, estamos dejando muy baja de defensas.