Sábado, 18 de noviembre de 2017

El bicho

- “Parece un mosquito, ¿no?” 

  • - “Sólo se ve como un punto negro dentro de la bolita, pero no se distingue”. 
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Antes de marearme -para cumplir la palabra dada en la antesala del quirófano- me sumé a las pesquisas del enfermero y la cirujana: “¿Es un bicho?” La doctora me explicó que lo mandarían a analizar para que nos sacaran de dudas, pero que se temía un informe en el que se hiciera constar la expresión “artrópodo”. “Es el equivalente al virus en bichos”, me aclaró. Y le dije que había llegado mi hora, la hora del mareo: pies arriba, oxígeno que te crió y la anestesista cogiéndome la mano para comunicarme que las constantes vitales estaban correctas, que no me preocupase, que el ritmo cardiaco era perfecto, que la saturación de oxígeno iba fenomenal, que además aún no había arrancado a sudar y que le pasaba a mucha gente, que tranquilo, que sólo faltaban un par de puntos para terminar, que estaban acostumbrados a ver a la gente desnuda apenas cubierta por una bata abierta por detrás que acentuaba la falta de dignidad.

Tres meses antes pasaba unos días en la selva hondureña de La Mosquitia. Salía de allí en una avioneta para coger después una furgoneta. Atravesé el país centroamericano de oeste a este por toda la costa Atlántica. Hice parar al conductor. Un bicho me estaba comiendo. El picor era insoportable. Me bajé y me quité los pantalones. No me importó que hubiera un grupo de adolescentes garífunas haciendo sus deberes en la terraza de un chiringuito playero en Triunfo de la Cruz. Tenía las piernas cubiertas de ronchones. Sólo de cintura para abajo. No encontré al culpable. Me eché bien de amoniaco y aguanté como pude hasta llegar a San Pedro Sula. Allí la doctora voluntaria, que atendía el dispensario de la misión, me dijo que parecía obra de un chinche. Me dio antiestamínico por vía oral y yo me eché la crema antibiótica del botiquín por la mañana y por la noche. Así durante una semana hasta que casi todo volvió a la normalidad coincidiendo con mi vuelta a España. Y digo casi todo porque una de las ronchas se convirtió en un pequeño quiste. Como una lenteja bajo la piel que cambiaba de color dependiendo del día. 

Seguí haciendo mi vida. Visionando, escribiendo guiones, tomando café de máquina, llevando a las niñas al parque, preparando el siguiente viaje… y al ir a por el botiquín para Sudáfrica, le comento a la enfermera de la empresa, de pasada, la historia del comezón hondureño. Me pide que se lo enseñe, que me baje los pantalones allí mismo y le muestre el muslo. “Llama ahora mismo a los de tropicales, al Carlos III”. Le prometí hacerlo a la vuelta del viaje a Sudáfrica. Y lo cumplí. Me miraron, me dijeron que no era nada pero que convenía quitarlo y que, de paso, me hiciese una analítica porque ya eran muchos años por esos andurriales y demasiada suerte la mía. Y que me mandaban a cirugía de “derma” para darme uno o dos puntos. La cirujana me dijo posteriormente que serían cuatro o cinco. Y aquí estoy, sentado con el zurcido al aire, escribiendo el último guión de Honduras y el tercero de Sudáfrica, esperando a que me quiten los puntos, sin conocer mi próximo destino y deseando leer el informe del artrópodo. O del bicho. Contento porque es verano y tenemos algo de lo que hablar.