Viernes, 28 de julio de 2017

Las buenas familias

Ser de buena familia es un cargo de mucha responsabilidad. Sobre todo, en una ciudad pequeña como la nuestra, en la que hay que aparentar lo que no se tiene y se considera que debe ser de imprescindible posesión. Eso dará lugar a malabarismos y estrategias, algunas de dudosa legalidad, pero que dejan al pater familias, responsable de la buena fama del grupo familiar, con una conciencia impoluta y con sentimiento miope de ser un machote.

Miren: a mí mismo me ocurrió que un conspicuo representante de esta tan dignísima grey me llamó para una estrambótica entrevista. Ocurría que el yerno de este -digamos que- señor quería divorciarse de la hija, lo cual era una afrenta de las de no poderse admitir. Debió pensar este hombre que un servidor era sujeto informado, por lo que quiso invitarme a un café para profundizar en su sesuda investigación. Me interrogó directamente sobre si de verdad había otra moza o si solamente eran canitas al aire, que éstas últimas él parecía conocerlas bien y, como no podría ser de otra manera, las sabía disculpar.

El que abajo suscribe le respondió que las confidencias dejan de serlo en cuanto se divulgan, pero que en este caso no tenía inconveniente en confirmarle que de la información de que disponía no se deducía ni adulterio ni cuernos. Él, entre sus limitadas opciones, entonces se quedó con la otra alternativa: la de que irse de putas de vez en cuando es admisible sin dificultad, y entiéndase “putas” en su acepción más amplia. Pero en su psicorrigidez indiscutible ni se le pasó por la cabeza que el marido de su hija pudiera estar harto de las tonterías de esa buena familia en su conjunto, y en particular de la destacada representante que vivía con el incauto sospechoso, que es lo que en mi modesta opinión en realidad ocurría.

Hay cosas que el ser de buena familia no garantiza, como el no ser corto de luces. Existe gente que, aunque lleve oropeles, no está para sutilezas. Qué se le va a hacer si la cosa no tiene remedio.

Como no lo tiene aquél que en su obsesión se las apañó para acceder a los mensajes del hijo político, para tratar de confirmar lo que en sus celos incontrolables la hija sospechaba. Y quiso sacar punta a una foto que allí encontró, en la que apareció el joven susodicho, a pecho descubierto, pero sin mayores lucimientos. El caso es que la destinataria de esta imagen gráfica dicen que era otra persona ajena a tan buen círculo familiar, y eso fue justo lo que enconó a ese suegro metido tan de lleno en su papel. Llamó al yerno a capítulo y le dijo que qué era eso que “circulaba por Internet”. Lo que era queda ya explicado en algunas líneas anteriores, pero aquí uno lo está escribiendo como ejemplo de cortedad de luces.

Como pueden ustedes adivinar, si alguna duda le quedaba al muchacho, se le disiparon todas. Qué hace el suegro quedando con él para mostrarle una foto de su propio busto, que él en una broma inocente había enviado a una buena amiga. Como es obvio, de esa encerrona había que huir más rápido que deprisa.

Pero hete aquí que hay divorcios que no se pueden admitir, pues la que debe quedar siempre por encima es la buena familia. Da lo mismo la verdad, ese es sólo un pequeño obstáculo que se puede obviar con mentiras, y estas están justificadas si son para mantener el orden y la magnífica fachada de esta familia ideal.

Lo de buena familia no lo digo yo, que no soy de la tierra. Este es término que ya me encontré en cuanto llegué hace muchos años. Eso sí, voy dudando del buen criterio de distinción acerca de quién integra tan fantástico grupo. Pero debo añadir que no se trata sólo de una apreciación de la calle, de una idea brumosa y colectiva, pues no hace tanto que leí su reconocimiento pleno en los mismísimos papeles oficiales, en los cuales se justificaba la atribución de dudosos privilegios -de los que ya otro día hablaremos-, justamente en la muy fundamentada razón de que la solicitante formaba parte, según el muy subjetivo entender de la autora del documento, de una buena familia.