Viernes, 24 de noviembre de 2017

Nuestra primavera no morirá

Manifiesto leído en el Centro de Día de Cáritas Diocesana de Salamanca con motivo de la celebración del Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas

Fue a finales de los años 70. Yo era por entonces muy joven y una imagen en una revista cultural me impactó y aún guardo su recuerdo. Dos jóvenes con los pelos muy largos, como yo los soñaba para mí, escribían en una pared de un barrio del París posrevolucionario del mayo de 1968: ‘Nos han robado un sueño’. Además de la frase, en la foto se mostraba un barrio triste, sucio, pobre. Indagué con voraz curiosidad qué quería decir la frase y la foto y descubrí que los sueño de luz, justicia, mejoras sociales y morales que perseguían cambiar el pensamiento dominante hacia el bien común con ideas de paz, solidaridad, amor, habían sido barrios y cambiados por actitudes egoístas y violentas. Uno de los instrumentos inoculado en aquella juventud idealista y generosa fueron las drogas, que sirvieron para adormecer deseos  y sueños. Cundió la desgana y el individualismo, acallando ideas y proyectos, y floreció el silencio y la desolación. Fueron tiempos tristes, sucios, como aquella calle de París. Adiós a las metas luminosas, sólo quedaron míticos recuerdos de lo que pudo ser y no fue.

Seguí siendo joven en los años 80 de España. Otra aventura para cambiar la realidad y otra vez las drogas arrasaron amigos luminosos y barrios alegres y solidarios. Fue un tiempo de despedidas muy dolorosas, árboles creciendo fueron talados con voraz saña por la más siniestra de la falsa libertad. Encontré defensores interesados, silencios cómplices, acusadores implacables, mientras se aceptaba el dolor con resignación.

Por todo ello, hoy estar aquí, en el Centro de Día de Cáritas, gritando ‘No a las drogas’ me hace sentir que soy amigo de aquellos jóvenes melenudos que gritaban ‘Nos han robado un sueño’. Yo como ellos, y tantos, creemos que hay que decirlo y seguir soñando, porque sin drogas el mundo es más justo, más solidario, más creativo, más inocente, más abrazable y, sobre todo, más libre.

Enarbolar la bandera del No a las drogas es comprometernos, ayudarnos, compartirnos desde la necesaria integridad de hombres, mujeres, seres vivos, evitando el dolor, la marginación. Igualarnos con los otros, creciendo en el empeño de la justicia, con abrazos posibles e imposibles, sabiendo la dificultad del camino, enfrentarnos al todo que nos ofrece la sociedad del despilfarro con un poquito de amor, que sabemos, a ciencia cierta, que siempre nos ofrece flores perfumando para siempre todas las vidas. Las nuestras también.

Recuerdo en aquellos año haber leído en alguna pared ‘Nuestra primavera no morirá, la hemos regado con nuestros corazones’. Así por siempre, sin miedos, con la fuerza generosa de los que miran al pasado como una escuela de infantil inocencia que todo lo puede. ¡Venceremos! Nuestro niño, ese que vive siempre en los bolsillos de la vida, sigue siendo rebelde. ¡No a las drogas y su interesada banda!

Gerardo Cambronero