Martes, 26 de septiembre de 2017

Del olvido

Sostiene Ernesto que con los años, y la tenacidad arrumbadora del paso del tiempo, los recuerdos parecen caérsele de la memoria, como si le huyeran o dieran en olvido. Cuando le digo que me lo explique con más detalle, murmura un no sé qué de una repentina inadvertencia, de un desvanecerse de los conocimientos, tal que se le deshilacharan o se hubieran puesto remotos. No es que se me vaya el santo al cielo –me explica-, no he llegado todavía a esa inocencia, ni que me eche los problemas a las espaldas ¡qué más quisiera yo! Es que, de repente,  me he vuelto flaco de memoria, como si los pensamientos anduviesen perdidos en un laberíntico lugar al que no tengo acceso. En una conversación, por banal que sea, cuando sale una cita, o una precisión, o un nombre, y yo sé que lo sé…, o que lo sabía, últimamente no le da la gana venírseme a la cabeza y me veo buscando entre los renglones de la duda. Éste no hablar de corrido que pone en un desván brumoso lo aprendido durante años, al principio me fatigaba lo indecible, aunque ahora me voy acostumbrando a que en demasiadas ocasiones se me acerque a la punta de la lengua pero, con una repentina timidez, no se atreva a salir y se refugie en la ignorancia. Para los enjuiciadores y lenguaraces, ésos de la “sana envidia” –advierte-, no es un borrón y cuenta nueva diaria, no estaría mal, sino más bien un raer de la memoria que en ocasiones me hace perder el hilo, aunque podría ser que tampoco importara mucho lo que esté diciendo –termina justificando los lapsus del olvido.