Viernes, 20 de julio de 2018

Arder

No es mala fecha ésta del rescoldo de la hoguera del solsticio, para acercar a la memoria la brutal metáfora del mundo que la pasada semana se asomaba a las primeras planas y los titulares, viendo arder un edificio de viviendas en Londres o quemarse inclementemente las aldeas de Portugal, sabiendo que en ambos sucesos aumentaba progresivamente el número de víctimas, y que ha tenido la escalofriante virtud de enfrentarnos no sólo con las variadas y homicidas negligencias que al parecer causaron ambos incendios, sino con la imagen ya casi ni metafórica de la hoguera que desde hace años asola una realidad donde la vida podía compensarse, todavía, con la ilusión del futuro. Porque la destrucción de los referentes y proyectos vitales de las sociedades, la quema de derechos, proyectos, seguridades, confianzas y sueños, devastados por la interminable codicia de los mercaderes, ha incendiado valores tales como la esperanza y reducido a cenizas el sentido humanitario y el altruismo; certezas que se ven reflejadas diariamente en el aumento de la desconfianza, la insolidaridad, el individualismo y las peores instancias de competitividades que incluyen el desprecio al perdedor como laurel de la victoria. Hoguera de la lealtad. Hoguera de la bondad. Han ardido en muy poco tiempo los más caros valores del corazón de los pueblos, las certezas en la solidez y la confianza en la palabra. Incendiado el ánimo de asomarse al porvenir, arderá poco a poco la existencia del mismo. Ya ni rescoldo de aquél mirar unidos al mañana común, que se ha convertido en angustia de cada uno por raquíticos espacios de supervivencia. Porque la molicie política y la desatención social hacia la educación y la enseñanza, hacia los derechos del trabajo, hacia la honradez y la generosidad, han generado masas de analfabetos sociales ardiendo en la molicie de la imitación; generaciones de jóvenes caprichosos buscando parecerse a la vacía imagen del escaparate que arde en la fogata de lo consabido; intransigentes, estúpidos, mirones abrebocas apenas parte ya de una realidad de plusvalías, que ya está pasando factura a la probidad profesional, el buen hacer, la competencia intelectual y hasta el sentido de igualdad. Quedan, sí, restos de la hoguera de un mundo que ayer nomás nos esperaba; queda, sí, el lamento; y queda, siempre, la indiferencia.