Domingo, 17 de diciembre de 2017

Cuando era un juego

El próximo sábado el Parque de los Jesuitas acogerá el torneo 3x3 Street Basket Tour, en lo que se espera sea una fiesta del baloncesto en la ciudad. La iniciativa, emanada de la propia FIBA, contará con el auspicio de la federación nacional, la regional y, en última instancia, de la Delegación Salmantina en colaboración con el Ayuntamiento de Salamanca. Los tres mejores equipos de la categoría absoluta (mayores de 16 años) pasarán a la final de Valladolid, torneo que dará acceso al FIBA Challenge que tendrá lugar en Sibiu, Rumanía, los días 14 y 15 de julio.

 

Y oigan, me parece muy bien. Baloncesto en la calle, premios, sorteos, buen ambiente,… Lo que ocurre es que no se me olvida que estos fastos son también los del funeral de un concepto del juego mucho más ingenuo, organizado por los propios participantes, tan barato que no requería de patrocinios, el que, en un ataque de nostalgia –uno más–, me ha dado por recordar ante la vista de un parque esencialmente vacío en una tarde gris.

 

Al timbrazo le siguió el teléfono. A este el mensaje privado, primero de pago y luego gratuito. A todos ellos el infausto grupo de WhatsApp, herramienta generadora de colectividades de quita y pon, de clubes de los que nunca formaría parte Groucho Marx. Tanto se sofisticó la manera de “quedar” que lo que vino a suceder es que muchos dejaron de jugar. Tanto se expandieron los grupos de “amigos” que el compromiso se volvió débil, fácilmente salvable. Dejó de hacer falta tener treinta y nueve grados de temperatura y unas anginas como bolas de billar para que tu madre te impidiera “bajar” al parque. Empezó a bastar con un “tengo cosas mejores que hacer” o un “no me apetece”, excusas que, por supuesto, no es necesario hacer públicas.

 

Los jóvenes empezaron a confundir felicidad con comodidad, bienestar con pereza. El juego se “interiorizó” y adoptó un envoltorio tecnológico. Las competiciones empezaron a librarse en realidades virtuales, los insultos empezaron a pronunciarse en inglés (hay que joderse, la hostia) y los abrazos… ¿Quién cojones necesita abrazos? Si uno sale a pasear y, por casualidad, se asoma a las vallas de una cancha de fútbol o baloncesto, comprobará fácilmente la existencia de un vacío generacional: hay niños pequeños a diario y tipos más bien talluditos exprimiendo la última juventud de sus piernas los fines de semana.

 

Para los millennials quedan todos estos eventos con música y sorteos anunciados en las redes sociales y difundidos por grupos de WhatsApp que a veces más bien parecen una reunión de complementos de moda –manguitos, coderas, rodilleras, calentadores– o una corrida de toros, en la que lo principal es estar y ser visto. Jornadas patrocinadas que exigen que los participantes se “censen”, que los partidos tengan arbitrajes federados y que las canastas sean reglamentarias. Encuentros que necesitan varias palabras en inglés para explicar lo que antes, en un alarde de simplicidad tal vez rudimentaria llamábamos juego.