Jueves, 24 de agosto de 2017

“Te honraré haciendo lo que más te gustaba”

Juan del Álamo hoy vino a Ledesma y pudo cumplir su promesa. Cuando salía a hombros, se detuvo en el centro del ruedo y brindó de nuevo al cielo
Juan del Álamo brinda al cielo su primer toro. Foto: Arturo Delgadoo

“Te honraré haciendo lo que más te gustaba. Hasta siempre, compañero”. Esta frase escribía Juan del Álamo esta mañana en las redes sociales acompañada de una foto en la que comparte una salida a hombros con Iván Fandiño, un león que ya ruge en el cielo.

Y Juan cumplió su palabra y ha honrado al compañero caído haciendo lo que más le gustaba, aquello por lo que dio la vida: toreando. La ha cumplido esta tarde en la Plaza de Toros de Ledesma, cuando apenas habían pasado 24 horas desde el percance que ha vestido de luto a todo el toreo.

Entre medias, Juan se vino desde Francia a Salamanca con el alma rota. Hoy él y los hombres de su cuadrilla lucían luto. También Saúl Jiménez Fortes, que hace dos años se quedaba a dos milímetros de la muerte en Vitigudino. Dos milímetros, solo eso. Todo eso.

Me imagino el diálogo con sus trajes de luces dispuestos sobre las sillas de todos los que hoy los han vestido, como guerreros de siglos ante sus cotas de malla antes de la batalla. Esa soledad. Ese silencio. La imagen del amigo, del compañero, lidiando su último toro.

Juan del Álamo vino a Ledesma a cumplir su promesa. Después de tocar este mayo el cielo de Madrid, brindó al cielo. Hoy, el día después. Este día en que los tendidos enmudecieron en un minuto que dolía como una navaja cortando el aire; este día en que el abrazo entre mi comadre Mónica y yo fue más abrazo, y más aún las lágrimas que escapaban sin querer cuando comenzaba el paseíllo anunciando que la vida sigue, que el toreo está forjado de días después, de mirar hacia adelante y al cielo para honrar a quienes han dado su propia vida persiguiendo un sueño. Esa es también su grandeza.

Juan del Álamo venía con el alma rota y se rompió aún más con sus dos toros, los dos únicos de la tarde, toreando con el corazón, con las tripas, con los cinco sentidos como si de ayer a hoy hubiese madurado una galaxia, tan firme, tan entero, tan hombre, mostrando el momento de plenitud que vive, sometiendo a su primero por abajo para rebajar la violencia que traía al final de la embestida y aprovechando las excelentes condiciones de su segundo por ambos pitones, cuajando una faena que mantuvo su intensidad de principio a fin.

No sé qué le diría Saúl a Iván en el brindis del primero de su lote, cuando alzó sus ojos verdes al cielo y le susurró promesas a su montera. Después, tanto a él como a Ginés Marín la condición de sus toros, sin transmisión ni ganas de pelea, apenas les dio opciones, aunque Saúl lo intentó en cercanías pero aquello era luchar contra los elementos. Marín, por su parte, quedó prácticamente inédito con un lote imposible por falto de raza y de movilidad.

Era, quizá, lo de menos, aunque todos esperábamos más. Supongo que hoy, el día después, el mero hecho de vestirse de luces, el mero hecho de llevar sobre los hombros la certeza de que la muerte siempre planea frente al toro les hacía crecer ante nuestros ojos. Qué duro, qué difícil, pero también qué privilegio el de aquellos hombres que deciden cada día su destino.

Juan del Álamo hoy vino a Ledesma y pudo cumplir su promesa. Cuando salía a hombros, se detuvo en el centro del ruedo y brindó de nuevo al cielo. “Te honraré haciendo lo que más te gustaba”.