Jueves, 19 de octubre de 2017

'Tesoro escondido'. San Martín, una iglesia abrazada por la ciudad.

     La iglesia de San Martín de Tours, en Salamanca, conocida en su día como San Martín del Mercado o San Martín de la Plaza es un tesoro escondido en muchos sentidos. Su misma existencia, milagrosa, es en sí una parábola del Evangelio, porque tiene una riqueza espiritual, artística, histórica y cultural, que es milagro haya podido llegar hasta nosotros, con tantas iglesias que han desaparecido en nuestra ciudad. No hay más que darse un garbeo por el interior del recinto amurallado que fue y contar las plazas y placitas, en cuyo subsuelo están los fundamentos de templos desaparecidos por su mismo número excesivo, por la pobreza inmisericorde que asoló la ciudad en siglos pasados aunque recientes, por el recalentamiento ideológico que postulaba la necesaria separación entre la Iglesia y el Estado, pero que, en el camino, arrampló con buena parte del patrimonio mobiliario e inmobiliario, y, para colmo de males, por la mala fortuna de la explosión del polvorín de San Vicente, cosa acostumbrada en tiempo de guerra.

     Es una parábola del Evangelio porque está abrazada por la ciudad, físicamente rodeada de intereses económicos y políticos por todas partes, menos por el cielo y quiere decir que, contra viento y marea, contra pobreza y sobreabundancia, ha logrado sobrevivir porque ha sembrado Fe y Evangelio desde su fundación por el conde Martín Fernández, líder de Los Toreses, en 1103hasta nuestros días. Cosas del Evangelio de Jesucristo, que no se identifica con ninguna cultura –no en vano nació perseguido y así permaneció durante los siglos fundantes-, pero se encarna en todas y las transforma y, en el camino, “se deja pelos en la gatera”, unas veces por exceso de imitación de la cultura dominante y otras por empeño cegato de confrontación con ella. La relación entre la Fe y la Cultura a veces parece una tragedia en muchos actos. Dentro y fuera de los muros de San Martín se puede asistir a varios; basta con contemplar los adornos, la ocultación que se ha hecho de algunos de ellos, los vacíos existentes, las exageraciones arriesgadas y no siempre afortunadas, el atrevimiento de mezclar estilos artísticos no pocas veces contrapuestos.

     Los amantes del “Arte puro”, si es que ello existe, tal vez hubieran preferido que San Martín fuera una iglesita coquetamente románica, equilibrada, serena y aislada en medio de la Gran Plaza de la Europa cristiana, como lo fue antaño la nuestra. Pero no es así. Por suerte, el Arte Moderno y actual viene en nuestro auxilio para hacernos caer en la cuenta de que la Suprema Belleza es compatible con el Sufrimiento más injusto y que su contemplación no nos lleva al mero disfrute pasivo, sino a comprometernos en seguir insuflando Vida y Fe, que el contraste aparatoso pide que nos definamos y tomemos posición en favor de los valores evangélicos que nuestros antepasados quisieron plasmar. La lucha de la Fe por hacerse Arte encarnándose y transformando las Culturas es una historia apasionante, muchas de cuyas etapas siguen vivas en el templo de San Martín, esperando que las juzguemos, a la par que ellas nos juzgan y nos azuzan: ¿seremos capaces en el siglo XXI de seguir haciendo Arte a partir de nuestra Fe? ¿Y cómo nos juzgarán a nosotros en el futuro?

     El próximo domingo, día 25, a las 6 de la tarde, y el lunes día 26 a las 20,30, con temor y temblor y con ilusión y trabajo acumulado durante muchos meses –nueve es un buen número para un buen parto-, el grupo de “Fe y Arte” expondrá mediante un video y con la presencia de todos sus componentes, el trabajo llevado a cabo durante todo el curso intentando hacernos cargo de esta preciosa herencia, que es, a la par, un impulso para continuar conservando, cuidando y haciendo arte mientras vivimos la fe cristiana, también heredada y aceptada personalmente, con todas nuestras capacidades a su servicio.

     La construcción de San Martín y su mantenimiento durante más de ocho siglos no ha sido cosa solo de clérigos; los feligreses, los adinerados y las autoridades de todas las épocas se fueron implicando en ello. Esperemos que esta sinergia entre Obispado, Unidad Pastoral, parroquia (sacerdotes y fieles, todos a una), personas agraciadas por la diosa Fortuna –mecenas particulares y empresas corporativas-, Fundaciones con vocación de cuidar y potenciar el Patrimonio y autoridades políticas municipales, autonómicas y nacionales siga produciéndose por el bien de este templo torturadamente maravilloso, tesoro todavía escondido, aunque esté abrazado por la ciudad.

Antonio Matilla, co-párroco de San Martín.