Domingo, 25 de junio de 2017

Los vigilantes del espíritu

Sí, como siempre hemos intuido, ya desde años lejanos y a lo largo de nuestra tarea de escritor, la nueva función de los artistas, de los escritores, en el mundo tan convulso y tormentoso en que vivimos, es el de ser los vigilantes del espíritu o, lo que es lo mismo, la de ser los guardianes de la vida del espíritu.

            Pues, como siempre hemos intuido también, no hay escritura posible, en nadie que se sienta creador o escritor, sin una intensa vida espiritual. Si tal vida no existe en quien crea, no hay en él escritura, sino mera redacción. Y escribir no es redactar, nunca es redactar, es otra cosa muy distinta.

            Esto parece entenderlo también de este modo el escritor y poeta polaco, reciente premio “Princesa de Asturias” de las letras, Adam Zagajewski. Sobre él, hace unas semanas, con motivo de haber sido galardonado con el último premio de la crítica de poesía, el poeta Fermín Herrero, con su hondura y sagacidad lectora, indicaba, cuando le preguntaban que quién merecería el premio Nobel de literatura, que precisamente Adam Zagajewski, sobre todo por su prosa.

            En ‘Solidaridad y soledad’, el escritor polaco escribe un breve texto, titulado precisamente “Los guardianes de la vida espiritual” y dedicado al gran escritor inglés contemporáneo George Orwell, autor de la profética y certera distopía de ‘1984’, sobre el que dice: “Orwell fue uno de los más valientes defensores de la verdad, uno de los guardianes de la vida espiritual. Pero al mismo tiempo anunció la aparición de una nueva raza de artistas: los vigilantes del espíritu.”

            Otro de los libros de prosas de Zagajewski es el titulado ‘En defensa del fervor’, en el que, además de hablar de la poesía y de otros temas de gran interés, lo hace nada menos que del ¡flamenco!, todo un honor a una de nuestras más altas tradiciones musicales populares, declarado por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad.            El fervor es un concepto cristiano y, diríamos, particularmente católico; tiene que ver con el entusiasmo, con la inspiración, con la intensidad del ánimo; valores todos ellos que, por ejemplo, encontramos en la bellísima poesía del zamorano Claudio Rodríguez; o, también y de otro modo, en las diez ‘Elegías de Duino’, de Rainer María Rilke, donde el decir poético se hace pensamiento y emoción.            Porque sin fervor (y todos los otros sinónimos que hemos indicado de tal término) no hay tampoco vida del espíritu. Y esa tarea de vigilantes de la vida del espíritu que parece ser la de los artistas y escritores contemporáneos les exige habitar en los territorios del afuera, de los márgenes, que no han de ser confundidos con torres de marfil algunas, sino con una capacidad de mirar, de salvar a través de la palabra y del arte, esos seres, esas realidades que se quedan fuera, ahí, como en la desprotección y el desamparo, como en esa intemperie que no quiere ser atendida por quienes creen que la vida es pisar fuerte, dar codazos, ir dejando derrotados en las cunetas de la historia.

            No, la escritura supone una intensa actividad espiritual, una intensa vida del espíritu, y es desde ella desde donde podemos mirar a los demás como quería el gran Charles Baudelaire: “mon semblable, mon frère”, esto es, mi semejante, mi hermano. Porque los demás son, sí –y de ello da noticia la mejor literatura, la que de verdad merece la pena–, nuestros semejantes, nuestros hermanos.