Jueves, 14 de diciembre de 2017

La de Amancio

Dar y recibir a veces se confunden. Hay quien da como inversión y quien recibe como donación. No es fácil deslindar estos dos verbos que parecieran contrarios y complementarios. Tanto que son la misma acción desde dos puntos de vista enfrentados. El plano y el contraplano de una única secuencia. Porque para que alguien dé tiene que haber alguien que reciba y viceversa. Pero no. Siempre hay matices. Y trampas.

Puede resultar raro y muy enrevesado, pero hay donaciones que no son sino inversiones. Regalos envenenados que hacemos con la mano izquierda esforzándonos muy mucho para que se entere bien la derecha y, sobre todo, utilizando ese acto generoso no como un fin en sí mismo, sino como un medio que sirva a mis propio fines. Es entonces cuando el dar se pervierte. Porque no es en realidad una donación desinteresada que busca el bien del que recibe como fin último, sino que en realidad estoy disfrazando y convirtiendo algo bueno y gratuito para otro en un instrumento, en un medio, para mi propio fin. Y eso está muy feo. Porque el fin nunca justifica los medios. Y porque aunque el medio sea tan estupendo como luchar contra el cáncer, no puedo instrumentalizarlo para pagar menos impuestos que es, en realidad, mi propio fin. O sea, que no estoy dando sino recibiendo. Que no estoy siendo altruista sino un negociante que invierte en su propio beneficio utilizando para ello un medio tan miserable y populista como el de donar unos millones de euros para acabar con la enfermedad más temida del mundo occidental. ¿Quién se va a oponer a eso? ¿Quién va a negarse a que se done dinero por una causa tan noble? ¿Quién va a pensar en los millones que escaqueas al fisco -aunque sean diez veces más que los que donas- si además inviertes en una campaña para desacreditar a los que desenmascaran que no estás dando sino recibiendo? Pues eso, la de Amancio. Amancio Ortega, uno de los hombres más ricos del planeta que encubre su falta de solidaridad real con acciones filantrópicas llamativas contra las que está muy feo protestar. Porque quiénes somos los sanos para negarle a los enfermos una posibilidad real de poderse curar. Es como pedirle a un periodista que cuente la verdad a sabiendas de que si lo hace sus hijas tendrán un padre en paro con el que pasarán muchas horas de su mano en las colas de Cáritas.

Porque dar, ya digo, a veces se puede confundir con recibir. Porque cuando uno escucha puede dar más que cuando uno habla. Cuando uno lee puede dar más que cuando escribe. Cuando uno recibe unos millones de euros para luchar contra el cáncer puede estar dando hasta diez veces más a ese español ejemplar que actúa como empresario haciéndose pasar por filántropo excepcional.