Sábado, 21 de octubre de 2017
Alba de Tormes al día

Felipe Pérez, alfarería a flor de piel

ALBA DE TORMES | A sus 79 años representa la dedicación y esfuerzo del alfarero tras toda una vida ligada a la profesión del barro
Felipe Pérez durante una demostración de alfarería

Los avances tecnológicos, cambios en la forma de vivir, descubrimiento de nuevos materiales y un sinfín de circunstancias más, han propiciado la progresiva desaparición de algunos de los más antiguos oficios desempeñados por el ser humano desde que el hombre es hombre.

El arte de elaborar objetos de barro, oficio que ha permitido al hombre a lo largo de la historia crear todo tipo de enseres y utensilios domésticos, forma parte del origen ancestral de Alba de Tormes desde el minuto cero.

La villa ducal ha sido históricamente un pueblo dedicado al barro; material con el que los grandes artesanos albenses han manifestado todo tipo de expresiones creativas en sus modulaciones, hasta el punto de hacer de la alfarería una seña de identidad única y propia de la cultura albense.

En la historia de esos artesanos alfareros albenses está el apellido Pérez. Y en la actualidad, a ese apellido le acompaña el nombre de Felipe, que a sus 79 años de edad conforma la tercera y última generación de artesanos alfareros de su familia. “Conmigo acaba la tradición alfarera de mi familia. El primero fue mi abuelo, tras él mi padre y el último yo. Mis hijos han decidido no continuar con esta labor y yo prefiero no inculcársela a mis nietos”, afirma Felipe Pérez, tercera generación de alfareros albenses, en cuyos ojos pesa el trabajo y dedicación de toda una vida en el alfar.

Más de medio siglo con el barro

Más de medio siglo, concretamente la friolera de sesenta y cinco años, llevan las manos de Felipe Pérez moldeando el barro y creando expresiones artísticas totalmente diferentes una de otra. Confiesa que su primer contacto con el torno fue a los doce años y que su primer día de trabajo le dejo totalmente agotado. Pero el cansancio no fue motivo suficiente para alejarle del alfar.

“Gracias a que mi padre me enseñó, la labor alfarera me empezó a gustar desde bien pequeño. En este oficio no teníamos un duro, pero tampoco pasábamos hambre”, señala Felipe refiriéndose a la época de posguerra, momento en el que comenzó a realizar sus primeros trabajos en la profesión.

Autodidacta

“Comencé realizando los trabajos más simples, ayudado y guiado por mi padre (también llamado Felipe Pérez). Sin embargo, a los diecisiete años, con mi hermano haciendo la mili y mi padre enfermo, me tocó aprender por mi mismo con el método del aprendizaje por error y ensayo”, señala Pérez. Sin embargo, el paso de los años no solo han hecho mella en Felipe, sino que también han introducido todo tipo de cambios en el desempeño de la labor alfarera.

“La alfarería, en estos tiempos que corren, está mucho más mecanizada. Basta con señalar el ejemplo de que antes, cuando tenías que cocer el barro con leña, te tocaba meter toda la leña en el horno, con el consiguiente trabajo y esfuerzo que ello demandaba, mientras que ahora todo se realiza con los hornos. De la misma manera, te exponías a que sí el horno no funcionaba de la manera correcta, perdías toda la partida del producto”, confiesa tajante un Felipe para quien la mecanización de la profesión alfarera ha conllevado una menor carga de trabajo.

Con el proceso de extracción del barro pasa lo mismo. Hasta hace diez años, nuestro protagonista lo extraía él mismo en la zona de los coladeros de Alba de Tormes. Pero con el paso del tiempo, la carga laboriosa que ello conlleva se le antoja imposible. Como él mismo afirma, “me sale más rentable comprar el barro ya preparado”.

Trabajos por encargo

Ya sea con barro extraído por él mismo con sus manos o con barro comprado, lo que es indudable es que cualquiera de las piezas (cazuelas, botijos, tinajas, barreños, platos, cántaros, jarras, etc.) que salen del alfar de Felipe Pérez es única y exclusiva.

Ya jubilado, se dedica a trabajar por encargo y a realizar demostraciones a excursiones de turistas, escolares o cualquier persona que se precie a pasar a por su alfar. Todo ello para que la profesión alfarera no caiga en el olvido, porque como reza una quintilla enmarcada en su lugar de trabajo, la alfarería es un “oficio noble y bizarro, entre todos el primero, pues en las artes del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro”.