Lunes, 11 de diciembre de 2017

El espíritu de la Transición

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Se cumplen 40 años de las primeras elecciones generales después de 41 años y 4 meses de las anteriores, celebradas en febrero de 1936, que antecedieron al golpe de estado de Mola, Sanjurjo y Franco, la guerra civil y la larga dictadura franquista. El Parlamento que surgió de esos comicios se encargó de elaborar y aprobar la Constitución de 1978; una Norma Fundamental del estilo de la de los países democráticos más avanzados del mundo y heredera, en muchos de sus preceptos, de la Constitución republicana de 1931. Los medios de comunicación programan en estos días informativos especiales y reportajes para conmemorar aquéllos años de la Transición, aquéllos tiempos de ilusión ciudadana por la llegada de las libertades democráticas.

Uno de esos informativos especiales pudimos verlo en Televisión Española el pasado sábado en su programa Informe Semanal. En él entrevistaron a varios personajes pertenecientes a la política, la cultura, el deporte o el cine y todos definieron con una palabra ese fructífero periodo de la historia de España. Palabras como éxito, ilusión, justicia, libertad, democracia, consenso, concordia, ética o igualdad brotaron de personajes tan conocidos como Alfonso Guerra, Mariano Rajoy, Albert Rivera, Pablo Iglesias, Roca Junyent, María Dueñas, Carlos Lesmes, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, José María García o José María Fidalgo, entre otros. Me resultó paradójico que José María Aznar (ex presidente del gobierno) pronunciara la palabra “juntos” para definir aquél periodo y que destacara la colaboración de todas las fuerzas políticas y los ciudadanos. La paradoja la dibujó el mismo Aznar en aquéllos años de la transición donde él mismo se situaba más cerca del falangismo Joseantoniano que de los partidos conservadores europeos de la época en los que gustaba reflejarse a Fraga Iribarne.

La prueba más irrefutable de estas afirmaciones la constituye la colección de artículos que Aznar escribió en el periódico La Nueva Rioja en el año 1979. En ellos criticaba duramente a los parlamentarios de UCD (partido que apoyó a los gobiernos de Adolfo Suárez) y del PSOE (principal partido de la oposición) porque, según él, llegaban a acuerdos a espaldas del Parlamento y los ciudadanos. En uno de sus artículos, titulado “El Parlamento, hazmerreír de nuestra democracia” (25-07-1979), manifestaba que la Constitución fue el “primer atentado parlamentario” debido a que fue pactada sólo entre los dos principales partidos (UCD y PSOE), a espaldas del parlamento. Igual calificativo le dedicó a las negociaciones para el Estatuto Vasco, realizado también a espaldas del parlamento. En otros artículos ensalzaba la figura de Franco y criticaba duramente el Estado de las Autonomías regulado en la Constitución Española. Pues bien, Aznar en sus intervenciones en el programa Informe Semanal apoyó, sin fisuras, el consenso alcanzado para la aprobación de la Constitución . Todo el mundo tiene derecho a cambiar, por supuesto, pero Aznar tenía que haber sido sincero y honesto y reconocer que en aquéllos tiempos no estaba de acuerdo con el cambio emprendido por la sociedad española y las fuerzas políticas democráticas.

Pasados 40 años desde esas primeras elecciones de las que salieron las Cortes Constituyentes, el Parlamento y el gobierno actual se enfrentan a nuevos retos y desafíos, que deben afrontar con firmeza, pero siempre respetando los principios y valores que presiden el sistema democrático. Los males de la democracia deben resolverse con más democracia y no atrincherándose en posiciones numantinas como están haciendo el gobierno de Rajoy y la Generalitat con el asunto del hipotético referéndum en el que se decidiera si Cataluña sigue formando parte de España o desea independizarse. Este desafío se debe resolver con altura de miras, generosidad, diálogo y consenso por ambas partes, como se hizo con cuestiones más espinosas y controvertidas en la época de la Transición.

El espíritu de la Transición exige que las partes en conflicto lleguen a acuerdos, en los que “todos” son absolutamente necesarios. Digo esto porque desde algunas posiciones políticas (PP y Ciudadanos y en algunos casos también el PSOE) descartan para el diálogo y el consenso a otras formaciones minoritarias, etiquetándolas de separatistas y no contando con ellas para el ejercicio de la acción política.  Declaraciones como las que ha hecho Albert Rivera en las que manifiesta que con Bildu y Ezquerra Republicana de Cataluña no se puede hablar (en ningún caso), “porque quieren romper España”, no contribuyen a rebajar la tensión y, en cambio, socavan los girones de la convivencia. Es cierto que estos partidos son nacionalistas y, en cierta medida, para su estrategia política les conviene un enfrentamiento con los partidos de ámbito estatal, pero tampoco es menos cierto que en el ejercicio de su acción política también aflora su alma social de apoyo a las políticas de bienestar. Los partidos mayoritarios, en lugar de estigmatizarlos y de intentar apartarlos de la circulación, deberían tenerlos más en cuenta, atraerlos para que se impliquen en la gestión política que exige la ciudadanía. Quizá esto contribuyera a que relegaran el “infantilismo nacionalista” a un segundo plano. Estoy seguro que se convencerían de que promover la independencia de las regiones (como es el caso de Cataluña) es una pretensión irracional y decimonónica que no conduce al progreso de los pueblos sino al enfrentamiento entre los mismos.

Se tienen que convencer que el nacionalismo del S XXI no puede ir más allá de la lucha por el respeto de las identidades de los pueblos, de la diversidad de la sociedad, pero dentro de estados unidos cuyo principal objetivo es la armonía, la concordia, la mirada al futuro uniendo todas las manos. Por otro lado, tampoco el nacionalismo estatal debe ser excluyente con los que se sientan menos cómodos dentro de las fronteras de un determinado estado. Y esto lo hace mucho el PP cuando se quiere apropiar de símbolos, estandartes y banderas que son de todos, no sólo de ellos, porque el mensaje que quieren transmitir es que sólo ellos son España y los demás, los que se sienten menos cómodos portando esos símbolos, la anti España y hay que arrinconarlos y excluirlos. Curiosamente, algunos de estos “patriotas” son investigados por participar en la creación de sociedades offshore en paraísos fiscales para ocultar patrimonio y eludir del pago de impuestos.