Viernes, 23 de junio de 2017

Morirse de asco

La desatención, el desprecio, la marginación y el ninguneo a que está sometida en España la investigación científica y la Ciencia misma por parte de la administración pública, alcanza tal nivel de desconsideración, que podría hasta calificarse de criminal el comportamiento de muchos responsables de organismos públicos, y en general de los dirigentes políticos del país, hacia una de las piedras angulares de la convivencia y el desarrollo sociales cual es la investigación científica –por extensión, el conocimiento-, reducidas progresivamente las partidas económicas de los presupuestos públicos por el intolerable desprecio e ignorancia -y la inocultable incapacidad- demostradas en la atención a la ciencia y la investigación científica por quienes desde hace años ostentan un poder político que a todas luces, a pesar de sus mayorías electorales, no merecen.

La fuerza y el nivel de la investigación científica de un país, que debe ser suficientemente atendida presupuestaria y socialmente por los organismos públicos en cualquier estado que se respete y tenga en orden lógico sus prioridades, ha sido progresivamente despreciada, arrinconada, debilitada, adelgazada y marginada en España, por unas políticas de rastrero posibilismo economicista de corto plazo e interés electoral, lo que ha hecho descender gravemente el puesto, no sólo ordinal sino de prestigio, que la ciencia española llegó a ocupar hasta hace no más una década, situando la investigación y desarrollo científicos de España, en la actualidad, como mero comparsa de los últimos avances del conocimiento científico, los desarrollos industriales punteros o la experimentación médica avanzada, obligando a muchos científicos de reconocido prestigio e importantes logros, españoles o que trabajaban en España, a emigrar a latitudes –a veces no tan lejanas- donde la ignorancia, la estupidez y la negligencia no estén ocupando los sillones ministeriales.

Si ya nuestro país es lamentablemente conocido como ese chusco lugar de borrachera, donde la incultura institucional, la beatería paralizante, la manipulación de la historia, la tauromaquia, la corrupción política, el amiguismo, el nepotismo, la envidia, la mala educación, el machismo, la insolidaridad, el ruido o el gregarismo consumista y otras lacras del prestigio campan a sus anchas, no es menos doloroso el lamento que la comunidad científica internacional experimenta al ver cómo proyectos punteros cuyo desarrollo en España hace años auguraba avances científicos de importancia universal (especialmente en los campos de la biomedicina, la física, los nuevos materiales o la investigación genética), se han visto paralizados, anulados, disueltos o ya irrealizables –salvo proyectos privados empresariales o el donativo voluntario y pedigüeño en colectas, ‘días de lucha contra...', banderitas, huchas, jornadas de sensibilización y otras instancias de la pueril beneficencia del limosneo-, como consecuencia del maltrato institucional y legislativo dado, en primer lugar, a los trabajadores públicos de la ciencia (investigadores, doctorandos,’ postdocs’,  residentes, especialistas de laboratorio  y personal de todo tipo), además de la drástica reducción injustificada de presupuestos públicos,  que ha dado al traste no sólo con un sinnúmero de proyectos de investigación científica, innovación y desarrollo, sino con un prestigio que a la ciencia española, después de años de oscuridad dictatorial y muros de desprecio, con ímprobo esfuerzo tanto le costó alcanzar.

La certeza de que el futuro será menos luminoso que el presente, no sólo se adquiere observando el desesperante nivel de inconsciencia con que somos capaces de creer que avanzamos, sino que se constata más claramente en la falta de respeto con que la comunidad se abofetea y deforma sus espejos. La incultura, el gregarismo, el individualismo egoísta, la desatención o la indiferencia en todo lo sólido y capital, han sido los venablos que han desangrado el porvenir. Negarse al conocimiento, que es zancadillear la investigación y el desarrollo científicos es, también, una buena forma de morirse de asco.